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5 Jul 2020 - 2:40 p. m.

Yo Confieso: Usted nunca ha sido un santo, padre-Capítulo 15

Imagen de Yo Confieso, cuyo capítulo 15 estará abierto a todo el público desde el domingo 5 de julio a las diez de la mañana.
Imagen de Yo Confieso, cuyo capítulo 15 estará abierto a todo el público desde el domingo 5 de julio a las diez de la mañana.
Foto: Ilustración: Éder Leandro Rodríguez

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Capítulo 15

Usted nunca ha sido un santo, padre

Cuando desperté, envuelto en yesos y vendas, conectado a una máquina, pinchado por dos agujas, en una habitación oscura que podía ser de cualquier lugar que yo no conocía, vi a la señora Sandoval recostada en un sofá, con una cartera beige muy amplia entre sus brazos, dormida, y más allá, el maletín donde yo había guardado sus secretos y tantos otros secretos. Incluso, los que me había dado Tomás antes de entrar a la reunión de las plumas. Tomé agua de un vaso que seguro ella había dejado sobre una mesita de noche, y la observé. Aproveché que nadie me miraba para darle rienda suelta a mi imaginación, mientras recorría con mis ojos sus zapatos de tacón, sus piernas, y subía hasta su vientre, por encima y por debajo de su falda, y seguía hasta sus labios, casi como aquella primera vez en la clínica del Country. Por momentos se movía, como si soñara con algo que la perturbaba. Luego volvía a un estado de supuesta placidez. De tanto en tanto, escuchaba algún carro distante pasar y el lejano ladrido de un perro, y de tanto en tanto, miraba por la ranura inferior de la puerta del cuarto donde me habían metido en busca de una sombra que pasara. Pasadas mis inspecciones iniciales, me concentré en mi cuerpo, en si algo me dolía, en si algo me faltaba. Tensé los músculos que alguna vez había tensado. Cabeza, cuello, pecho, brazos, abdomen, piernas, pies. Cerré un ojo, después el otro. Abrí la boca, abrí los dedos de mis manos, los cerré. Los apreté, igual que los dedos de los pies. Moví los pies, traté de flexionar las piernas. Me estiré, despacio pero con fuerza, y entre movimiento y movimiento, descubrí que tenía una pierna y un pie enyesados y el pecho vendado. Cerré los ojos para recordar. Sin embargo, las únicas imágenes que se me aparecían eran de Lucrecia Sandoval, en una calle y parada frente a mí. Nada más. Me toqué la cabeza, la frente, las mejillas, la boca, el cuello. Más allá de unos hematomas, no tenía ni vendas ni heridas ni nada. Igual, supuse que me había golpeado muy duro, y que no recordaba nada, o casi nada, precisamente por las contusiones. Me había salvado de algo, aunque no supiera de qué. Respiré con profundidad. Lentamente. Una, dos, cinco, diez veces. Mentalmente, comencé a hacerme preguntas y a responder. Mi nombre, Andrés Eugenio Santacruz. Mi oficio, sacerdote. La ciudad en la que vivía, Bogotá. Lugar de nacimiento, María la baja, Bolívar. El año en el que estábamos, 1987. Miré a la señora Sandoval y repasé su nombre, y segundos después, algunas escenas con ella, lugares donde la había visto: la puerta de una casa, que debía ser su casa. Una clínica. El banco de una calle. Una cafetería. Un salón con una mesa de por medio. Calles, caminar con ella, hablar. Otro salón, éste, con gente, y otras calles, y de nuevo, alguna charla. La recordé, siempre vestida de falda, o de vestido, con tacones, las piernas expuestas, largas, torneadas, ni muy blancas ni muy oscuras, con medias veladas muy finas, y recordándola, evoqué al padre Benito, y con él, las plumas, y con las plumas, a Tomás, su oxidado y marmotudo Renault 4, y al padre Anastasio, y con ellos, a don Roberto, el cuarto secreto del seminario y la sala de la reunión trascendental y una vez más las plumas, cinco plumas, Rodrigo, y los números que había dentro, y el accidente de los universitarios, el periódico, la casa de la señora que me llevó, el cenicero con el que la golpeé en la cabeza, y otra vez al padre Benito. Y la muerte de los estudiantes, y Lucrecia Sandoval recalcándome esas muertes, aclarándome que yo no era ningún santo, que jamás lo había sido.

Capítulo 15 de la Audionovela Yo Confieso, titulado Usted nunca ha sido un santo, padre. Lucrecia Sandoval y el padre Andrés se enfrentan, a solas y en un paraje muy alejado de la ciudad.

L.S. (Eco) “Usted nunca ha sido un santo, y los dos lo sabemos muy bien”.

Todo volvió en un dos por tres, y todo fue angustia, culpa, pavor. No quise seguir metido en mis recuerdos, así que llamé a la señora Sandoval, primero, en voz muy baja. Luego, un poco más duro. Por fin, se despertó, dio media vuelta, se alisó la falda, se revisó, por decirlo así, y me dijo que había creído que de esta no iba a salir.

L.S. “Nos metió un susto tremendo, padre”, me confesó. Le creí, además.

P.A. “¿Nos?”, le pregunté.

L.S. “Hombre, sí, Nos, al padre Benito, a Tomás, al padre Anastasio, incluso a Rodrigo y a mí”, aclaró.

P.A. “Por lo de los números de las estilográficas, imagino”.

L.S. “En parte por eso, en parte por usted, aunque lo dude. Ya no me cree definitivamente nada”.

P.A. “¿Y dónde estoy?”, le pregunté.

L.S. “Está seguro, de eso, por lo menos, no puede tener ninguna duda. Yo lo estoy cuidando”, afirmó, segura, serena, y se levantó, se aproximó a mi cama, se inclinó y me tocó con el revés de su mano derecha la frente. Dijo que no tenía fiebre.

L.S. “Por fin bajó la fiebre, padre. Llegó a estar en 41 grados, pero creo que usted ni se dio cuenta”, me explicó.

P.A. “¿Y cuánto tiempo llevó acá?, le pregunté”.

L.S. “Nueve días acá, y otros cinco en la clínica San Ignacio, en la sala de cuidados intensivos”, me informó.

P.A. “¿Y esta es la casa de quién? ¿Y dónde están sus amigos, o compañeros, o quienes quiera que sean?”

L.S. “Ya irá sabiendo, padre, yo le iré contando todo, pero por ahora tiene que guardar reposo, como dijo el médico, y tomarse todos los medicamentos muy juicioso”.

P.A. “Para que esté bien y al fin pueda descifrar los números de la pluma, ¿no es así? Ya voy recordando, señora, ya voy recordando”

L.S. Ay, padre, padre Andrés Eugenio Santacruz, ¿hasta cuándo va a estar así de prevenido conmigo?”

P.A. “Supongo que hasta que usted, us-te-des, me den razones para dejar de estarlo”.

La situación no había cambiado mucho. Mis únicos poderes, pensaba, eran las hojas de los documentos que me había robado de la sacristía del seminario, las que me habían dado Tomás y don Roberto y suponía que aún estaban en mi maletín, con llave, y más que nada, mi capacidad para leer los números de la última pluma. Esos eran mis poderes reales. Eso creía en aquel entonces. Luego sabría por qué tanta gente me buscaba, por qué era tan importante. Pero en aquel instante, en aquel cuarto alejado del mundanal ruido, supuse que mi accidente lo había aplazado todo, y que los días para que la señora Sandoval y sus compañeros hicieran lo que iban a hacer estaban contados. El primer paso eran los números. Eso también era evidente.

P.A. “Dígame, señora Sandoval”, comencé a preguntarle.

L.S. “¿Sí?”

P.A. “Dos cosas: Uno: ¿Usted tiene mi maletín? Y dos: ¿Qué me garantiza a mí que cuando les diga cuáles son los números de la pluma ustedes me van a dejar ir así como así, o sea, que no harán nada conmigo?”

L.S. “Primero, aunque lo dude, jaja, tengo su maletín y sus cosas, todo a salvo. Y bueno, pues qué le digo, que lo dejemos ir dependerá de lo que usted decida”.

P.A. “¿Acerca de qué?”, le pregunté otra vez.

L.S. “De nosotros, padre, o sobre nosotros”, me dijo.

P.A. “No la entiendo, discúlpeme, pero no la entiendo”.

L.S. “Algo debe saber de nosotros, o algo le deben haber contado, o por lo menos, como mínimo, algo debe haber pensado sobre quiénes somos, qué hacemos y para qué”.

P.A. “Pero es que lo que yo piense acá tiene muy poco interés en la historia general”.

L.S. “Se equivoca, padre. Lo que usted piense es precisamente lo que importa en este asunto. Es tal vez lo que más importa, de eso dependen muchas cosas, muchas decisiones, tanto nuestras como suyas. Por eso le pregunté qué sabe, qué ha pensado”.

P.A. “Pues mire, señora Sandoval, la verdad es que de tanta carrera y tanto ajetreo, no es que haya pensado mucho en usted, o en ustedes, imagino que usted me comprende”.

L.S. “En parte, padre, en parte, porque ni yo ni nadie le va a creer eso de que se haya llenado de documentos y de pruebas y que no haya pensado nada”.

Cuando la señora Sandoval se veía obligada a decir algo contra la norma, algo que la contrariaba, subía unas décimas el tono de la voz, arrastraba más sus erres y cerraba los ojos a media asta. Así fue la primera vez que hablamos, en la sala de urgencias de aquella clínica a la que me llevó el padre Benito, y así fue luego, en aquel cuartucho frío como de interrogatorio de la Cía en la que nos sentamos frente a frente para no llegar a ninguna conclusión. Por aquel entonces, no me había dado cuenta de sus gestos, pero cuando me dijo lo de los documentos y las pruebas, los capté, más allá de que solo fuera una suposición, o una casualidad. Igual, que se molestara jugaba a mi favor. No sabía por qué, y menos, para qué, pero eso creía. Desde niño había escuchado a los mayores, muy mayores, decir que quien perdía los estribos, perdía el juicio y el juego, y por eso mismo, con el correr de los años me volví cada vez más obsesivo con respecto a mi control. Si algo me molestaba, pensaba de inmediato en que tenía una cámara frente a mí que me estaba grabando y luego me decía, mentalmente, recuerda que eres mortal, y lo repetía una y otra y otra vez. Recuerda que eres mortal. Si iba a morir, no valía la pena hacer un espectáculo que socavara mi imagen. Lo más probable era que la señora Sandoval también tuviera sus trucos para no perder los estribos, sin embargo, no podía controlar sus cambios de tono, sus erres y su mirada entrecerrada, o no era consciente de ello. Quise preguntarle por qué se había alterado, pero luego concluí que no tenía mucho caso. Prefería que me contara aquello que, según ella, yo conocía.

P.A. “Las historias desde adentro y en primera persona son más creíbles que los rumores, ¿no le parece?”, le dije como para que se largara de una vez a hablar.

L.S. “En todo caso, por principio, pueden y deben ser más honestas”.

P.A. “Tengo todo el tiempo del mundo para escucharla”.

l.S. “Sólo espero que cuando termine, usted haya tomado una decisión”

P.A. “Sería lo ideal”.

L.S. “Pues bien… ¿Le molesta que fume?”, me preguntó en el súmmum de la decencia.

P.A. “No, supongo que no hay problema, a mí también me gustaría un cigarrillo ahora”, le dije.

L.S. “Primero le diré que mis padres, mis verdaderos padres, pues de los que le hablé antes eran mis segundos padres, por decirlo así, fallecieron en un accidente cuando yo era muy niña. Tenía once años. Eso fue lo que me dijeron. Como supondrá, eran mi vida, y yo la de ellos. Aunque en aquel tiempo no sabía nada de la vida ni de lo que vendría después, por supuesto, sí sé que sus enseñanzas terminaron por marcarme a fuego. ¿Cuáles? Todas, pero esencialmente, el respeto por los seres humanos, en todo el sentido de ese respeto.

P.A: “Sí, supongo, mucho respeto por los seres humanos, como el que usted ha tenido hacia mí”.

L.S. “Haré de cuenta que no dijo nada, padre… Y continúo. Algún día mi padre me dijo que si había que dar la vida por alguien necesitado, se daba la vida. Hasta ese extremo pensaba él que los demás eran importantes. Lo que mi padre me decía iba acompañado por actos de una generosidad infinita. Los fines de semana, por ejemplo, me llevaba a las zonas marginadas de la ciudad, donde daba clases de historia para los mayores y les enseñaba a leer y a escribir a los niños, pero no como en la escuela, no. Él los hacía vivir lo que leían y escribían. Los convencía de que ahí estaba toda la magia del mundo, de que no serían nadie y no dejarían huella si no escribían sus historias. Entonces, eran historias de juegos, de rivalidades tontas, fantasías, cosas infantiles, pero para él, lo importante, lo esencial, era que se acostumbraran a contar lo que vivían, y sobre todo, a escribirlo. Conmigo hacía lo mismo, valga la aclaración. Ni él ni mi madre, Marvel Londoño, querían que yo fuera una niña más de aquellas que jugaban a las muñecas y a la cocina y esas cosas, pues tenían muy en claro que los juegos de infancia determinaban a las personas. Las empezaban a definir. Luego de que fallecieran, tres años más tarde, cuando me adoptaron mis nuevos padres, que en realidad eran unos tíos, me encontré varias cosas de mis padres, unas no muy santas, por decirlo así, y otras realmente imborrables, como un texto escrito a máquina de mi padre que hablaba de las cosas mínimas y que cargo conmigo desde aquellos tiempos.

Decía:

Voz de Ernesto Sandoval: “Hablemos de lo mínimo para comprender lo máximo. Recuperemos lo mínimo, porque fue lo mínimo lo que nos hizo ser quienes fuimos, quienes somos. Fue una imagen, la frase de un libro, la melodía de una canción, el titular de un periódico, el color de una película, los dibujos de un libro de cuentos, la voz rasgada de algún cantante lo que nos impactó y nos llevó a buscar y a encontrar, a descubrir de dónde surgía aquello, qué era. Luego quisimos saber más, y mientras más sabíamos, más queríamos saber y más nos introducíamos en ese camino. Todos los destinos, todos los rumbos, las decisiones, comenzaron con un primer paso.

Lucrecia Sandoval: “Por eso quiero hablar de lo mínimo. Recordar esas dos o tres imágenes de mi infancia que la encerraron y definieron. El primer día en la escuela, por ejemplo, y los pantalones cortos de entonces, la madrugada, la puerta cerrada, el miedo a lo desconocido, la lejanía del calor, del hogar, de lo querido, y los nuevos habitantes de ese enigmático mundo, tan miedosos como yo, tan huraños por ese mismo miedo. Y el primer viaje, el primer despertar en otro lugar, el primer juguete de Navidad. Quiero hablar de lo pequeño, de aquellas pequeñas cosas de las que cantaba Serrat que me fueron marcando un camino por recorrer. De lo mínimo, lo tantas veces ignorado, lo desechado. Lo mínimo fue una canción de Bob Dylan, que me hizo buscar otras canciones y mil más, y fue una foto de algunos hippies con su pelo largo, que me llevó a querer copiarlos. Lo mínimo fue la imagen de un hombre atormentado en una novela del siglo XIX, y en alguna película francesa, fueron los silencios que tanto decían, aquellos silencios profundos que me hicieron aprender a buscar silencios. Lo mínimo, luego, fue una frase, Todo es humano, demasiado humano, de un filósofo al que sólo le entendí esa frase, o quise entenderla a mi manera, y lo mínimo fue la primera plana de un periódico que mostraba al Che con su boina negra y una estrella.

E.S. “Lo mínimo, en fin, fue una mujer que me miró mínimamente en un café, y lo mínimo fue haber estado en ese café, haberme quedado, para que al salir ella me dijera que los poemas, las novelas y los ensayos también comienzan con una primera palabra, como las vidas”.

Apenas acabó de leer el texto de su padre, la señora Sandoval hizo un repaso somero por la hoja, casi rota de tantos dobleces, amarilla, con alguna mancha de tiempo y de dolor, y susurró el último párrafo, con los ojos a media asta,

L.S. “Lo mínimo, en fin, fue una mujer que me miró mínimamente en un café, y lo mínimo fue haber estado en ese café, haberme quedado, para que al salir ella me dijera que los poemas, las novelas y los ensayos también comienzan con una primera palabra, como las vidas”.

Luego dobló en ocho pedazos la hoja y la guardó en un bolsillo con cremallera de su cartera. Me miró, con la misma mirada que tenía, como si estuviera pensando en otras cosas, y se preguntó, preguntándome, quién habría sido la mujer de aquel café.

L.S. “Porque de seguro no fue mi mamá, o por lo menos, no fue la mamá que yo conocí”.

P.A. “Una mamá antes de su mamá”,

Dije yo, medio irónico, muy orgulloso de mi juego de palabras, inocente, provocando con esas palabras un torrente desbordado de lágrimas contenidas en la señora Sandoval, que sacó un pañuelo y se las secó, y que enterró su cabeza lo más escondida posible entre las manos. Sollozaba. Musitaba palabras, o sílabas, y seguía sollozando. Yo si acaso lograba entender que decía mamá. Intentaba decir mamá y el aliento, la voz, las fuerzas, se le iban, hasta que se calmó. Tomó aire dos, tres, cinco veces, y dijo,

L.S. “Una mamá antes de mi mamá”.

P.A. “¿Puedo saber por qué le afectó tanto esa frase?”

L.S. “Ya lo sabrá, padre, bien que lo sabrá. Todo a su tiempo. Y disculpe mi reacción”.

P.A. “No hoy por qué, siga, yo la sigo escuchando”.

L.S. “Entre las cosas que hallé con el texto había una foto en la que aparecían mis padres con una pareja de tíos y una mujer a quien no pude reconocer en primera instancia. Su rostro siguió persiguiéndome durante un buen tiempo, digámoslo así, y pasados unos años, a los 18, decidí empezar a investigar. Viajé, indagué, y un día, por fin, una señora en Santa Marta, a la que había llegado por otra señora, me contó que aquella mujer se llamaba María Elvira Mendieta, y que había sido novia y esposa de mi padre, pero que había muerto el día del parto de su primer hijo. La foto la había tomado ella en un paseo por Bocas de Ceniza, y me aclaró que precisamente en ese paseo se habían conocido mis padres. Es decir que en la foto estaban las dos esposas de mi papá.

Señora Santa Marta: “Luego de la tragedia, el señor Sandoval se casó de nuevo con su señora madre, mi niña, y cuidaron del niño del primer matrimonio de él, y ellos tuvieron a su vez una niña”.

L.S. “Tal vez la mujer del café del texto de mi padre fue María Elvira Mendieta, o tal vez fue otra. Creo que jamás podré averiguarlo. Lo cierto fue que la misma tarde en la que la señora de Santa Marta me contó aquella historia, empecé a buscar con absoluta ansiedad al hijo de mi padre. En esa búsqueda me dieron mil tipos de información distintas. Que había fallecido siendo muy niño, que lo habían enviado al exterior, que estaba en un seminario, que se había ido al monte y era parte importante de un grupo de guerrillas, que hacía parte de un bando paramilitar. En fin. Tardé años en mis pesquisas. Casi que podría asegurar que fue aquella investigación la que determinó mi vida. Lo que iría a hacer con mi vida. Esto. Porque mire, padre Andrés, uno acaba por ser lo que ha sido la mayor parte de su vida. Se acostumbra uno tanto al hacer y al hacer lo mismo, y al pensar en lo mismo, que le agarra el gusto, y fuera de eso, aprende a hacerlo, aprende sus trucos. No sé si me explique bien. Tampoco digo que así sea con todas las personas. Usted, por ejemplo, ya que hablamos del tema, ¿por qué se dedicó al sacerdocio?”

La pregunta de la señora Sandoval me tomó a contramano. Me sobresalté. Pensé que era una de esas tretas que había aprendido en el hacer, como ella misma decía. Luego bajé la guardia. Supuse que en realidad quería saber. Sin embargo, yo no quería que ella supiera toda la verdad. Para ser franco, no quería que nadie supiera toda la verdad, aquella de la alquimia y de la dirección que le di al tipejo misterioso que terminó con un crimen. Por eso me inventé la otra verdad, que también era cierta. En parte, pero cierta. La típica del llamado de Dios, del trabajar por la humanidad, que adosaba con el Ave María de Haendel para darle credibilidad. Y eso fue lo que le respondí a Lucrecia Sandoval.

P.A. “Mi llamado, señora Sandoval, llegó con el Ave María de Haendel, que me abrió las puertas de la fe, del credo, del ir más allá y comprender que tenía una misión importante en la vida”.

L.S. “Palabras, padre Andrés Eugenio Santacruz, palabras, tan solo palabras, como decía una canción”.

Canción: “Palabras, palabras, palabras, tan solo palabras… " (Silvana di Lorenzo)

P.A. “Palabras que son de verdad, y la verdad, mi señora”.

L.S. “Yo sé de usted más de lo que usted cree, padre, pero eso lo comprenderá a cabalidad cuando escuche toda mi historia”.

De nuevo entré en pánico, igual que cuando me dijo que yo no era tan santo como aparentaba, que nunca había sido un santo. Era obvio que yo no tenía ni idea de lo que ella sabía sobre mí. Podía ser lo de la alquimia, lo del crimen, y también podía ser un invento, una manera de intimidarme. O un invento de otros que se había regado por ahí. De cualquier forma, logró intimidarme. Jamás supe si ella se dio cuenta, pero cuando me dijo que sabía más de mí de lo que yo creía, sentí un profundo escalofrío y comencé a sudar. Metí los brazos bajo las cobijas y cerré los ojos para tratar de engañarla y quise decirle que siguiera, que la seguía escuchando, pero si hablaba la voz me iba a delatar. Respiré. Conté con los dedos de las manos hasta diez, hasta veinte. Abrí los ojos y vi a la señora Sandoval. Sonreía y con su sonrisa me decía que no intentara engañarla, que ella lo sabía todo, o eso fue lo que yo percibí. Para no tener que hablar, saqué una de mis manos de las cobijas y le hice señas de que continuara con su relato.

L.S. “¿Quiere otro cigarrillo, padre?”, me preguntó con tono de profunda amabilidad, muy dueña de toda la situación. Muy dueña de la vida entera, diría.

Le dije que no con la cabeza. Entonces me preguntó si quería café. Y sí. Quería. Me moría por un café. O incluso, por un whisky. Le respondí que sí, que bueno, con un hilo de voz como machucada a punta de martillazos, por el café y porque si se iba, podría recuperar mi compostura. Se puso de pie y siguió sonriendo. Se acercó a mi cama. Me tocó la frente.

L.S. “Está sudoroso, padre. Voy a traerle también unas compresas de agua fría a ver si se le pasa la calentura”, dijo, sonriente, igual de segura que antes.

Era el momento indicado para huir. Para seguir huyendo, pero no podía. No podía casi ni inclinarme. La señora Sandoval lo sabía. Por eso se había ido tranquila por el café y las compresas y me había dejado a solas, apretujando entre las manos las sábanas sudorosas, desesperado, convenciéndome cada vez más de que ella conocía mi pasado. Mientras la esperaba, o esperaba un milagro, reviví la escena esencial de mis días de alquimista, la escena esencial de mi vida y de mi destino, mejor dicho, y volví al papel que tuve que descifrar, con una hora y un lugar y el nombre o la parte del nombre del tipo que estaba escrito en una de esas frases: Donaldo S, Doni. Por más de que lo intenté, no logré descubrir las letras borrosas que había luego de la S. Sin embargo, al tuerto lleno de billetes que me contrató le importó bien poco. Me dijo que así estaba bien y agarró el papel en el que yo había transcrito los datos. Que ya tenía la información que necesitaba, añadió. Dejó un fajo de plata agarrado con un caucho y se fue. Yo me quedé mirando el pedazo de papel original que me había entregado, y lo guardé en cualquier cajón. A los dos días supe que a ese Doni lo habían masacrado, y luego, incinerado. La crónica, roja, y más que roja, sangrante, decía que se lo habían llevado a un basurero y que lo habían hecho caminar y caminar, hasta que lo rociaron con gasolina y le echaron un fósforo encima. Cuando leí la noticia por primera vez, me sentí en el infierno y probé lo que era el infierno. Oí el Ave María de Haendel miles de veces, y juré que jamás iba a volver a descifrar nada, que me iba a convertir en un santo y me iba a poner a las órdenes del señor. Aquel juramento se transformó en una obsesión que me llevó a olvidar los detalles de mis acciones y los hechos que habían sido publicados. Necesitaba otra vida y un propósito para mantener mi mente y mi cuerpo ocupados. No quería pensar. No quería recordar. Así transcurrieron muchos años, seis, siete, hasta aquella tarde en aquel cuarto y en aquella cama, cuando no pude evitar pensar, y más que pensar, recordar. Antes de que regresara la señora Sandoval con el café y las compresas, empecé a atar cabos, y uní la historia que me había relatado ella con mi historia y concluí sin mayores pruebas que aquel señor incinerado en el basurero era su padre. Que Doni era su padre. Por eso, apenas entró y dispuso de las cosas que traía en una mesita, le pregunté cuál era su nombre.

L.S. “Padre, está empapado”, me cambió de tema. “Vamos a tener que cambiar el tendido y usted va a tener que ponerse otra pijama. Descanse, si me hace el favor, que lo necesitamos entero”.

P.A. “Sí, está bien, no es nada, no se alarme, tengo calor, eso es todo. Si abre la ventana un poco se me pasa, y con el café, el café caliente abre los poros y refresca, ¿sabe?”

L.S. “No, nada de calma, usted está muy mal, venga, inclínese un poco y empezamos con las compresas, que ya llegará el momento para que lo sepa todo, todooooo, y para que recuerde, que eso es lo que más me interesa, que recuerde”, me dijo, como una advertencia, y apretó los dientes y miró a través de mí, como si yo no existiera.

Me hizo inclinar. Me ayudó sujetándome la espalda con una de sus manos. Con la otra, empapó la compresa, una toalla pequeña en agua fría, y me la pasó por la frente, por el rostro y el cuello y bajó un poco hasta el pecho. Me sentí aliviado, y más que aliviado, enamorado, si el amor era aquello que había sentido en el bar con Tartufo, cuando Vanessa y su baile y las cervezas. Reviví. Mis músculos se apretaron. Quise que ella siguiera bajando. Que me restregara con la toalla por todo el cuerpo. Pensé en decirle, pero la voz no me salía. Tenía la garganta reseca. Sin que ella viera, me mordí los labios, y sin que yo lo pudiera controlar, gemí. Estaba al borde de una explosión. Ella lo sabía. Por eso, dejó a un lado la toalla y empezó a recorrerme con los dedos, sin decir nada, sin mirarme. El cuello, el rostro, el pecho. Supuse que para una mujer como ella, un cura significaba mucho más que bendiciones, crucifijos y biblias. Entonces se detuvo, clavó sus ojos de almendra en los míos, se inclinó hacia adelante y fue acercando su boca, y era su boca a tres centímetros de mi boca, y luego a dos, y luego a uno. Yo cerré los ojos, como un imbécil de 15 años, llevado por todo el amor del universo y más, y levanté la cara para recibir el beso, para extraviarme en el beso que lo iba a consumar todo… Pero seguí de largo. No había ni labios ni boca ni amor ni beso ni mujer ni señora ni Lucrecia ni Sandoval. Nada. Aire y solo aire. Hice cara de imbécil, de imbécil enamorado y despreciado. Humillado. Brinqué, salté del amor al odio, de la felicidad a la rabia, y de la rabia al orgullo herido, y la escuché, tuve que escucharla cuando dijo,

L.S. “Imagino que usted sabe hace bastante que pasión en realidad significa padecer, padre”. Luego me miró a los ojos, y sonrió. Sonrió con maldad y malicia, atragantándose de venganza, esa sí, consumada, o empezando a consumarse. Se mordió con suavidad los labios y se sentó en la silla de antes, retándome con su mirada. Respiró con fuerza. Cruzó las piernas, también con fuerza, y abrió sus malditos labios como si me fuera a responder cuál era el nombre de su padre, o eso pensé yo en ese momento.

Libreto original

Fernando Araújo Vélez

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