Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Hace 20 años, un joven nacido en Buenaventura salió rumbo a Francia con deseos de estudiar economía y así ayudar a los pescadores de su pueblo. Mientras asistía a las clases de la facultad de ciencias económicas de la Sorbona, cantaba en el metro de París aquellas melodías tropicales que le recordaban su tierra. Pero al poco tiempo Yuri Bedoya, hoy conocido en el mundo de la salsa como Yuri Buenaventura, dejó atrás los conceptos del capitalismo para conectarse con el mensaje de los pescadores y no con sus necesidades.
Buenaventura está nuevamente en Colombia, y llegó con deseos de popularizar su trabajo y a la vez nutrirse de los ritmos autóctonos. Como músico, ha recorrido el mundo con su orquesta, compuesta por colegas también bonaverenses, y ha enriquecido su concepto de la música. Sin embargo, regresar al país ha significado un reencuentro con sus raíces y también un aprendizaje musical.
Es mediodía y Yuri Buenaventura está sentado en una pequeña mesa a la entrada de un restaurante del barrio La Macarena, de Bogotá. En medio de los murmullos de los demás comensales, al fondo se escuchan Mi América, Salsa dura, Oro negro, entre otros temas que hacen parte de su discografía. Mientras lleva el compás de las melodías con el pie derecho, recuerda sus viajes por Canadá, África, La Polinesia, Martinica.... y a la vez, dice sentir un vacío por no conocer a fondo la música colombiana.
De su casa, de Colombia, conoce el Pacífico y la salsa, pero dialogar con músicos como Tostao le tocan una fibra de nostalgia que tenía en el corazón y que no había identificado. “Creía que era algo mío, como una incapacidad de interactuar, pero era un vacío musical de la casa. Yo he comparado esto como tener una madrastra que lo quiere a uno mucho y una mamá que uno no ve. Mi madrastra es Europa, me quiere, me ha criado como músico, pero no he tenido esa relación con mi mamá, que ha sido culpa mía porque me fui. Regresar es como un nuevo abrazo con mi país”.
Músico desde la cuna
En la Isla de Cascajal, donde se ubica el puerto de Buenaventura, se levantan dos montañas, La Loma y Viento Libre, allí nació Yuri Bedoya y creció escuchando y bailando ritmos de raíces musicales africanas. Pero también acompañaba sus días de pesca y las tardes en las calles de su barrio con la salsa neoyorkina. Con estas influencias culturales partió hacia Francia, donde contagió, inicialmente a los parisinos, de estos ritmos que no tienen fronteras.
“Los límites de la música los han creado los humanos. Mi música no tiene fronteras. Yo he hecho tango con músicos de Piazzolla, rap con los Orishas, salsa con los árabes, folclor con la gente de mi región. Las fronteras de la música no son como las de los países”, afirma Buenaventura mientras sigue llevando el compás de su música.
Aunque para efectos comerciales la industria musical agrupe salsa, merengue, reggaeton, champeta y demás ritmos en el género tropical, para Buenaventura no existe tal clasificación, por ello tampoco nombra su música como ‘salsa’. Él se considera un cantante popular, de su pueblo, que transmite un mensaje. Trabajar bajo esta premisa le ha dado anécdotas tan interesantes como aleccionadoras, como aquella vez que cantó en el palacio donde le habían dado refugio político a Mobutu, el dictador que dio la orden de desaparecer a Patrice Lumumba, el primer ministro del Congo belga.
“Mi concierto iniciaba con un homenaje a Lumumba, y momentos previos al comienzo de la presentación me acerqué al Rey y le dije que iba a interpretar una canción que llevaba el nombre del ministro y él me dijo: ‘usted está invitado a cantar su música, no se preocupe’, de inmediato entendí que él estaba enviando un mensaje de apertura democrática a los otros presidentes africanos que estaban presentes. Uno llega con un mensaje salsero, pero a la vez con un mensaje humanista de integración”.
Efervescente al hacer música, pero distante al escucharla, Buenaventura se considera un músico ‘malpensante’, en el sentido de que está en contra de una perspectiva comercial frente al sonido. “Uno puede ser malpensante si cuestiona lo que está pasando en la música. Por ejemplo, cuando habla de la zona bananera de Urabá a través de la canción Banano de Urabá, que nos recuerda la historia de esa región. Soy un malpensante porque trato de cuestionarme y lo expreso a través de mi música”.
Si bien, su música no ha tenido una acogida mediática en Colombia, sí son masivas sus presentaciones fuera del país, a las que lleva mensajes positivos. En otra oportunidad, desde el público le gritaron “coca”, entonces detuvo la música, tomó el micrófono y dijo a los asistentes: “Colombia es un país de 44 millones de habitantes, muchos hacemos un trabajo serio y yo vengo aquí a traer un mensaje distinto”. Por esta razón también regresó al país, para pedir el aval del pueblo colombiano y seguir siendo un embajador musical.