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“Zar Dunuldo”, obra de Gernot Kamecke: el arte que revive cuando la humanidad está en crisis

Pies de fotos

Por Ivonne Alonso-Mondragón / Especial para El Espectador

25 de julio de 2026 - 10:00 a. m.
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El escritor alemán Gernot Kamecke durante la reciente presentación de su libro en Casa Tomada, en Bogotá. / Cortesía

Portada de “Zar Dunuldo”, la obra teatral de Gernot Kamecke, publicada por Quillango Editores. / Cortesía

DESTACADO

Mi comedia es una pieza de arte. No trata de ninguna situación política real, ni de Estados Unidos, ni de Colombia, ni de otro país. Dunuldo es una figura trascendental que en su mundo está más cerca de Ubú que de Donald Trump.

Obra publicada por Quillango Editores

Entrevista con el escritor alemán, radicado en Colombia, Gernot Kamecke, autor de “Zar Dunuldo”, comedia teatral sobre un poder político usurpador concentrado en una persona incapaz de gobernar un Estado.

El escritor alemán Gernot Kamecke durante la reciente presentación de su libro en Casa Tomada, en Bogotá.
Foto: Cortesía

El año 1896 fue un momento bisagra: conectaba la revolución industrial con las promesas del siglo XX, que estaba a punto de comenzar. Fue el año de los primeros Juegos Olímpicos modernos, el mismo en que se descubrieron los rayos X y en que se frenó el imperialismo italiano en África, garantizando la independencia de Etiopía. También fue el año en que Theodor Herzl publicó el manifiesto que sentó las bases del sionismo e impulsó la creación de un Estado nacional para el pueblo judío.

Y como si hubiera tenido una bola de cristal en donde vio los tiempos que hoy vivimos –aunque no, no se necesita de magia para entender los mecanismos profundos del poder que se repiten históricamente–, ese mismo año Alfred Jarry estrenó en el Théatre de L’Œuvre en París su famosa comedia Ubú Rey. En aquel tiempo, como lo es ahora, esa obra de teatro fue una lectura audaz de lo grotesco que puede alcanzar el discurso político de los Estados modernos.

La tradición satírica, sin embargo, no se agota en Jarry. Su potencia crítica reaparece, bajo nuevas formas, en contextos históricos distintos. Desde allí llegamos a Colombia o, más precisamente, a un alemán que vive en Colombia. Gernot Kamecke publicó este año Zar Dunuldo, una comedia en cinco actos que se sitúa entre la sátira política y el teatro filosófico. Kamecke, académico, traductor y escritor, se lanzó a este extraño mundo del teatro inspirado por una lectura de la pieza de Jarry, que ha “traducido y traído a la actualidad”, y que enfoca la figura arquetípica del usurpador político.

El usurpador ejemplar de Jarry es el capitán del ejército polaco Ubú: un hombre fuerte, corrupto y vengativo, incapaz de gobernar a la vista de todos. En la obra de Kamecke, esta figura se llama Dunuldo, zar de Canadá. Su pieza no es solo una lectura literaria, sino también una lectura del mundo: una lectura sublimada de la tiranía, de la arrogancia humana y de la ambición sin límites. Desde esa lectura de la tiranía como forma histórica y estética surge la primera pregunta. (Lea un ensayo de Gernot Kamecke sobre la guerra en Ucrania).

Gernot, en 2025 escribiste un artículo sobre los primeros 100 días del gobierno de Trump, en el que analizabas la marcada voluntad de destrucción de las instituciones democráticas que demuestra la administración actual de Estados Unidos, así como las lógicas de poder fascistas y antidemocráticas que se alzan cada vez más en el mundo. A modo de prefacio, recordabas ese proverbio turco que dice: “cuando el payaso toma el palacio, no se convierte en rey, sino el palacio en circo”. Tu artículo inicia con una comparación entre el Ubú Rey literario y el nuevo líder del norte global. ¿Por qué esa comparación 129 años después?

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Los 129 años son solo una cifra, que indica, más o menos, la extensión de la época moderna, desde finales del siglo XIX hasta nuestros días, en la cual esperábamos haber alcanzado una situación política global basada en la racionalidad y el sentido común. Particularmente después de la Segunda Guerra Mundial, pensábamos haber erradicado de las culturas occidentales la idea de la tiranía fascista o, por lo menos, haber experimentado las consecuencias nefastas de su lógica política, que siempre conduce a la guerra. El fascismo, en el sentido original de la palabra, designa a un grupo de personas que llega a usurpar el poder político de un Estado y lo mantiene mediante medidas dictatoriales o despóticas: a través de una jerarquía económica, una escisión social, un enemigo designado como chivo expiatorio, una policía secreta ideologizada, una atmósfera general de tensión y de miedo, etc. La figura moderna más destacada del fascismo fue Adolf Hitler, en la Alemania de los años treinta y cuarenta, cuya derrota, al final de la Segunda Guerra Mundial, fundó la razón política y el sistema estatal moderno en Occidente. Por esta razón, los acontecimientos políticos de Estados Unidos, ocurridos desde 2025, nos han sorprendido tanto.

¿Cómo es posible que, en el siglo XXI, después de tantas experiencias políticas basadas en el progreso social, la mayor democracia del mundo occidental emprenda una gran marcha hacia atrás, hacia la premodernidad, creando un tipo de oligarquía corrupta, brutal y ostentosa, sin vergüenza de mostrar lo que es?

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En el artículo que mencionas, traté de analizar los decretos presidenciales de los primeros 100 días del gobierno de Trump II: el recorte de USAID, el desmantelamiento de los ministerios de Salud y Educación, la desacreditación de las grandes universidades e instituciones científicas independientes, el enfrentamiento diplomático con los aliados internacionales y la persecución de comunidades negras y racializadas, feministas, musulmanas, LGBTI, entre otras. Para expresar mi sorpresa, buscaba una palabra, un adjetivo capaz de reunir lo cómico y lo asombroso de la nueva situación. Y encontré en mi memoria literaria lejana la palabra “ubuesco”: la cualidad del padre Ubú, que proviene de la comedia de Jarry, escrita en 1896, y que satiriza la figura trascendental de un poder político usurpador concentrado en una persona obviamente incapaz de gobernar un Estado.

Portada de “Zar Dunuldo”, la obra teatral de Gernot Kamecke, publicada por Quillango Editores.
Foto: Cortesía de la editorial

Tu obra de teatro empieza a gestarse, de alguna manera, después de ese artículo que escribiste: Zar Dunuldo es una relectura y una reescritura de Ubú Rey, así como Ubú Rey lo fue —aunque en tono de sátira— de Edipo Rey, de Sófocles, o de Macbeth, de Shakespeare. Más allá del tono, todas esas obras, incluida la tuya, nos ponen de cara a las lógicas de la cultura del poder; son obras que hacen que sus personajes tiranos, grotescos y arribistas resulten innobles, insoportables e imperdonables, porque en algo se parecen a muchos seres humanos de la vida política real. ¿Cómo ocurrió en ti ese diálogo entre lo literario y, sobre todo, entre una realidad mundial y esa vigencia que adquiere el arte cuando la humanidad está en crisis?

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Cuando terminé el artículo, que planteaba la tesis de que algo “ubuesco” ha ocurrido en el mundo occidental, retomé la obra de Jarry, que había estudiado en Francia hacía muchos años, para distraerme un poco de los hechos actuales. ¿Es posible que lo absurdo se presente de manera más impactante en la realidad misma que en la ficción utópica? ¿Qué diría Jarry, el gran maestro del teatro absurdo y de la comedia política moderna? Entonces, en la relectura, lo encontré otra vez, con otros ojos, y me impactó aún más que en aquella época: el Padre Ubú, ex capitán de dragones, descuidado, cobarde y malvado, convencido por su ambiciosa esposa, la Madre Ubú, de dar un golpe de Estado. Con la ayuda del capitán Bordura, envenena al rey de Polonia, se apodera del trono y, una vez en el poder, instaura un régimen corrupto. Se dedica a expropiar nobles, magistrados y financieros para confiscar sus riquezas, y abruma al pueblo con impuestos y aranceles absurdos e inagotables. Al final, se necesita el esfuerzo del mundo entero para deshacerse del déspota corrupto que a través de su política se convirtió el hombre más rico de su país. A pesar de las diferencias, especialmente acerca del final de la historia, todavía abierta, hay una similitud evidente entre el déspota polaco, ficticio, del siglo XIX y el otro, estadounidense, real, del siglo XXI que demuestra, a mi entender, dos cosas.

Por un lado, se confirma la longevidad trascendental de la figura del usurpador político: temible y, al mismo tiempo, ridículo por su incapacidad de ver el mundo tal como es. Esta figura existe desde la Antigüedad y sigue existiendo más allá de todas las ilustraciones racionales y bienintencionadas de la modernidad. Por otro lado, percibí cierto cambio en el papel artístico de la comedia o de la literatura satírica, que siempre, también desde la Antigüedad, había buscado el efecto de distanciación a través de la exposición de lo ridículo. Hoy en día, esa exposición ya no sirve tanto para producir distancia. Por el contrario, lo absurdo parece formar parte integral de los discursos políticos que enfrenta la sociedad. Mucha gente ya no ve lo absurdo, o no le interesa, porque todos los discursos políticos le parecen igualmente absurdos. De esta falta de filosofía política contemporánea resulta un gran problema social. Vivimos en una época en la cual la brutalidad abierta, no camuflada, y la provocación del peor comportamiento de cada uno parecen formar parte de una ética general, si es que todavía hay ética; si es que todavía nos preguntamos qué sería lo mejor para una sociedad o una nación, y no solo para un grupo o una familia.

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Tú has sido traductor gran parte de tu vida y, sabemos, que la traducción en sí es un reto y un ejercicio creativo también -no solo técnico-. ¿Zar Dunuldo cómo fue escrita y traducida? Lo pregunto porque como un alemán viviendo en Colombia te comunicas principalmente en español, pero el alemán está presente, tu francés también, el inglés igual; y tu obra que fue muy recientemente publicada ya tiene versiones en otros idiomas, y han sido traducciones hechas por ti mismo.

En primer lugar hay que insistir en el hecho de que ‘solo’ se trata de una traducción, como tú dices, la cual transpuse al entorno del siglo XXI. Mi relación intertextual con Ubú Rey se destaca por su estrechez. Todos los personajes y casi todas las escenas ya existen, en cierto sentido, en la pieza de Jarry. Con la particularidad de que el entorno y el contexto de la sátira, o sea la usurpación política por un farsante, ya no son las presunciones de la nobleza decadente del siglo XIX, en Europa del Este, sino, entre otras cosas, las redes sociales, la inteligencia artificial, el calentamiento climático y la implicación de las empresas TEC en las armas autónomas de la guerra moderna. Respecto a esta técnica de trasposición literaria, me inspiré de la comedia El incidente de Antioquía de Alain Badiou. Esta obra, un poco como la mía, consiste en una ‘traducción’ de la pieza La Ville de Paul Claudel, escrita en 1905 y que trata de la Comuna de París, transfiriéndola a los Movimientos sociales de mayo del 68.

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Empecé con la versión alemana de Zar Dunuldo, que se llama Zar Dunold. Después escribí la versión española a partir del texto original y la versión alemana. Al final escribí una versión francesa a partir de las versiones alemana y española, en la cual me confronté otra vez con el texto original de Jarry. La diferencia entre los lenguajes implica una cierta variabilidad en la técnica de crear los efectos cómicos, particularmente en las alusiones, los neologismos y los juegos de palabras. El nombre de Dunuldo, por ejemplo, que tiene su connotación actual obvia, mantiene su identidad artística por las dos ‘U’ que lleva, como en el nombre de Ubú. En alemán, el nombre del usurpador es ‘Dunold’ que alude al sonido de la palabra ‘Unhold’ (duende, demonio), y en francés, ‘Dunuld’ suena a ‘du nul’ (lo nulo) como la ‘d’ final apenas se pronuncia. En su conjunto, a través de las diferencias técnicas, los idiomas demuestran que el género de la comedia trágica o absurda sí puede jugar un papel interesante en el análisis crítico de la política. Por lo menos en teoría, si hay gente que se interesa por ella. Todavía existe un tipo de comedia que conecta la posibilidad del teatro con un contexto que, en su manera histórica distinta, ya conocieron Jarry, Molière, Shakespeare y Sófocles. Su tema es una especie de arquetipo del usurpador político, que, a pesar de su incapacidad de ser líder de una sociedad, manda en ella, sostenido por un grupo de personas con intereses particulares, hasta que la sociedad caiga en decadencia.

Cuéntanos sobre el proceso de escritura: ¿qué ha significado escribir teatro lejos de Alemania? ¿Cómo tu experiencia de vida en Colombia ha generado miradas propias sobre las dinámicas artísticas latinoamericanas, pero también sobre las dinámicas del poder en América Latina? Lo pregunto porque es indiscutible que las condiciones de realidad europeas —en la política, en la economía, en el arte— son distintas de las que hemos vivido en el sur global.

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Admito que puede ser una particularidad alemana, la de buscar, aunque sea artísticamente, alguna razón filosófica razonable por detrás de las políticas que existen. Es tal vez porque en Alemania tenemos una experiencia histórica marcada del gran problema de la democracia, antigua y moderna, que consiste en el hecho de que puede ser elegido democráticamente un líder que tiene la misión de destruirla. Esto ocurre a menudo en situaciones de decadencia democrática, cuyos síntomas más corrientes son los siguientes: una situación económica en dificultad, una división social marcada entre polos ideológicos opuestos, un desinterés general en la política y, cuando el ‘hombre fuerte’ haya sido elegido, unos cambios bruscos de política interior y exterior. Lo preocupante y, al mismo tiempo, lo ridículo, que provoca el trabajo artístico, es que la historia casi se repite, cada vez que ocurra.

Un hombre fuerte y carismático llega al poder sostenido por partes importantes de la sociedad, que por alguna razón están descontentos con la situación política anterior y ponen su esperanza en este nuevo líder. Sin embargo, pronto empiezan las confrontaciones entre los intereses comunitarios. El principio contradictorio de una dictadura (abierta o camuflada) consiste en el hecho, de que es principalmente imposible que un hombre o un grupo de hombres o mujeres pueda decidir sobre todas las situaciones en una sociedad moderna. En esto, por cierto, consiste también el problema de los Estados comunistas. Después de cierto tiempo, como la dictadura no puede funcionar, empieza a tomar medidas en contra de su propia sociedad. Y el déspota, incapaz por definición de hacer una buena política, busca razones transcendentales, religiosas, por ejemplo, para mantener su credibilidad y usa el temor de la gente para justificar sus errores más obvios. A mi modo de ver, el papel histórico de la comedia es hacer visibles esas incapacidades propias de los déspotas. Por esta razón el teatro tiene un papel crítico en el análisis político de cada uno. Si hoy en día la exposición de lo ridículo casi ya no sirve para la distanciación, como dije antes, la comedia nos provoca también a nosotros. ¿Cómo percibimos el teatro de este mundo y cómo reaccionamos como espectadores interpelados?

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Para terminar, Colombia atraviesa un momento político tensionante: polarización, violencia política y violencia mediática. Con Zar Dunuldo vemos que el absurdo del mundo está más cerca de lo que pensamos. Antes —tanto en la realidad como en el arte— los tiranos parecían imponerse por solemnidad; hoy parece gobernar el espectáculo y el exceso. ¿Crees que la política se volvió más teatral que ideológica?

Hoy en día, el discurso político tiene algo de teatral casi por necesidad. No es una casualidad que tantos líderes políticos modernos hayan sido actores de televisión, comediantes o cantantes en sus carreras anteriores. Tienen un talento necesario, aunque sea sofista. Hay que ‘vender’ la política, hay que buscar el apoyo del pueblo para proyectos que, más que de vez en cuando, se dirigen contra el interés del pueblo. La dificultad consiste en distinguir los casos en qué unas medidas severas, antipopulares, estén justificadas por una razón de interés común, de los casos en que no estén justificadas y donde un déspota imponga lo que le dé la gana para servir a sus propios intereses. La comedia moderna expone la inepcia intrínseca, no solamente del usurpador, enceguecido por su interés, sino también de un cuerpo político que acepta que una gritería ideológica insensata puede, de hecho, venderse como programa político.

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Sin embargo, desde el oficio del dramaturgo no quiero imponerme como instancia moral que juzgue el contenido de los discursos políticos actuales. Mi comedia es una pieza de arte. No trata de ninguna situación política real, ni de Estados Unidos, ni de Colombia, ni de otro país. Dunuldo es una figura trascendental que en su mundo está más cerca de Ubú que de Donald Trump. En este contexto, por cierto, veo una analogía entre el teatro y el oficio de la traducción que es parte importante de mis trabajos de acercamiento entre la teoría y la práctica del pensamiento. La buena traducción se logra cuando el traductor haya desparecido, y el lector, comunicando directamente con lo ajeno, ya no se de cuenta de que está leyendo una traducción. De manera similar, el papel de la comedia es el de confrontar al lector o al oyente (o al votante) directamente con las escenas del mundo político que nos conciernen a todos y todas.

* Gernot Kamecke: “Zar Dunuldo”. Comedia en cinco actos. Traducido y traído a la actualidad por un amigo de Alfred Jarry. Bogotá (Quillango Editores) 2026. Resumen: Dunuldo, una estrella de televisión vengativa es incitada por su ambiciosa esposa Melquidania a tomar el control del gobierno de un gran país democrático: el Canadá. Con la ayuda del sospechoso capitán Fracas-Musgos y un ejército de máquinas embrutecedoras, logra tomar el poder del Estado. Dunuldo se proclama zar y en poco tiempo se convierte en un gobernante despótico que considera todo el país como su propiedad personal. Su gobierno arbitrario y su política errática provocan el caos en los mercados financieros y el empobrecimiento de la población. En consecuencia, las Naciones Unidas se ven obligadas a intervenir contra el déspota, cada vez más desquiciado. Al final, Dunuldo y Melquidania flotan sin rumbo en el mar, hacia un futuro indeciso.

Por Por Ivonne Alonso-Mondragón / Especial para El Espectador

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