Su madre le aconsejaba que despegara los pies del suelo, que se alzara hacia el sol. Su padre decía que los blancos no iban a soportar su rebeldía durante mucho tiempo, que la colgarían antes de que alcanzara la edad adulta. La niña sería una mujer de chispa incandescente, sin complejos: “Siempre hay alguien junto a mí recordándome que soy nieta de esclavos. Esto no logra suscitar depresión dentro de mí. La esclavitud se quedó en el pasado hace sesenta años. La operación fue exitosa y el paciente se está recuperando bien, gracias. La terrible lucha que me llevó de ser una potencial esclava a ser estadounidense dijo: ¡En sus marcas! La reconstrucción dijo: ¡Listos! Y la generación anterior dijo: ¡Fuera!”.
Se llamaba Zora Neale Hurston (Estados Unidos, 1891-1960). Era la quinta hija de Lucy Ann Potts y John Hurston, una maestra de escuela y un predicador baptista, agricultor y carpintero. Fue antropóloga, folklorista, una de las escritoras negras más importantes de la primera mitad del siglo XX y una de las figuras más destacadas del Renacimiento de Harlem —un movimiento creado en 1920 por artistas afroamericanos residentes en el barrio neoyorquino—. En 1936, después de registrar el folklor del sur de Florida, recibió una beca de investigación Guggenheim para estudiar las costumbres religiosas de Jamaica y Haití. En el libro Dile a mi caballo (1938) agrupó las experiencias acumuladas durante su estancia en el Caribe. La editorial La Mirada Salvaje reúne, y traduce por primera vez al español, dos ensayos de este libro en una edición de bolsillo titulada La cacería del jabalí.
“Si van a Jamaica no dejen de visitar a los cimarrones en Accompong. Actualmente están bajo el mando del coronel Rowe, un hombre inteligente y alegre. Pero les advierto de una vez, no se vayan a montar en su estrábica y panzona mula”. Las aventuras de Zora Neale en el Caribe están impregnadas de humor, poesía y misticismo africano. La antropóloga quería saber cómo era la vida de los esclavos libertos y ver sus danzas y ceremonias en su contexto natural. Buscaba, sobre todo, manifestaciones auténticas. No quería abandonar Accompong sin probar el cerdo al estilo jamaicano, el jerked pig. Los cimarrones le dijeron que ellos no criaban cerdos: cazaban jabalíes. Le advirtieron que para lanzarse a la caza del animal era preciso organizar un grupo de hombres y reunir una jauría de perros. Necesitaban lanzas recién afiladas, armas de fuego, utensilios de cocina y provisiones para varios días. Los jabalíes habitaban terrenos de difícil acceso. Son animales muy astutos, capaces de oler el peligro a varios metros de distancia. Aunque las mujeres del pueblo no participaban en la persecución, Zora estaba decidida. Preparó un hatillo con algunos objetos de cuidado personal, una libreta de apuntes y su cámara Kodak. Después de emprender la captura del jabalí junto a los cimarrones, pensó en tomar el camino de vuelta al pueblo. Pero ya era demasiado tarde.
En Haití descubrió que, cada martes y sábado, las mujeres evitaban rozar la piel de cualquier hombre elegido por Erzulie Freda, diosa pagana del amor. Cientos de camas, vestidas con sábanas blancas y perfumadas, aguardaban su visita. Los haitianos decían que la diosa del vudú era una mujer joven, celosa y de belleza inquietante. “No se ha dedicado tanto cuidado y talento a las canciones de ninguna otra deidad como a la música para el culto de Erzulie Freda”, escribió la antropóloga en sus memorias.
Los personajes creados por Zora Neale hablaban con los acentos de las comunidades negras del Caribe y Estados Unidos. Algunos de sus contemporáneos afroamericanos consideraban que esta prosa era inferior y denigrante. El escritor Richard Wright afirmó que Sus ojos miraban a Dios (1937), su obra más laureada, era un “espectáculo juglaresco que hacía a los blancos reír”. En 1936, el poeta y folklorista Sterling Brown dijo que sus historias “no eran lo suficientemente amargas, que no representaban el lado más áspero de la vida de los negros del Sur”. La infancia de Zora Neale transcurrió en Eatonville (Florida), la primera comunidad negra que se integró al gobierno federal de Estados Unidos y que entonces era gobernada por afroamericanos. Zora no fue educada en la sumisión, sólo fue consciente de su negritud cuando salió de Eatonville. Sin embargo, esto no le supuso ningún trauma: “A veces siento que me discriminan —escribió en su artículo How It Feels to Be a Colored Me— pero no me molesta, simplemente me sorprende. ¿Cómo puede alguien negarse a sí mismo el placer de mi compañía? Es algo que no comprendo”.
En 1973, la escritora Alice Walker, autora de El color púrpura, leyó Sus ojos miraban a Dios. Sintió que había leído uno de los libros más importantes de su vida —las escritoras Toni Morrison, Edwige Danticat y Zadie Smith han expresado impresiones similares—. Fue tal el entusiasmo de Walker que decidió encontrar cualquier rastro que Zora Neale hubiera dejado en el mundo. Viajó con su amiga Charlotte Hunt al estado de Florida. Para obtener información sobre ella, se presentó como sobrina de la escritora. Zora Neale murió en la pobreza. Había fallecido en Fort Pierce a los 69 años, a causa de un derrame cerebral. Sus restos reposaban en una tumba sin nombre, descuidada y totalmente arropada por una maraña de vegetación salvaje. Sus libros no se imprimían desde 1950. El historiador Henry Louis Gates Jr. se preguntaba: “¿Cómo puede la beneficiaria de dos Guggenheim y autora de cuatro novelas, una docena de cuentos, dos musicales, dos libros sobre la mitología negra, docenas de ensayos y una autobiografía premiada, ‘desaparecer’ para sus lectores durante tres décadas completas?”. Walker rescató su legado del olvido —su obra fue reeditada y recibida por el público con auténtico furor—. Le compró flores y una lápida gris con el epitafio: “Zora Neale Hurston. Un genio del Sur”.
Tenía 13 años cuando su madre murió. A partir de entonces se enfrentó a una serie de dificultades. Decía que fue “pasada de mano en mano como un penique”. A los 26 años no había terminado la secundaria. Mintió sobre su edad; fingió tener 10 años menos para poder ingresar en una escuela pública. Años más tarde, mientras estudiaba en la Universidad Howard (Washington D.C.), trabajó como peluquera y manicurista. Era atractiva, de actitud resuelta, mirada vivaz y labios carnosos. Buscaba la realidad siguiendo su propio camino, a su ritmo y bajo sus propias reglas.
Cuando escuchaba notas de jazz, Zora Neale sentía que su cuerpo se pintaba de colores, que vibraba como un tambor de guerra. Se convertía en una criatura salvaje que bailaba y gritaba por dentro, que corría por la selva poseída por un impulso depredador: “Quiero sacrificar algo, provocarle dolor, darle muerte, ¿a qué?, no lo sé”. La música dejaba de sonar y ella regresaba de su trance, jadeante, como una fiera que arrastraba el peso de su propio cuerpo sobre el asfalto de la civilización, con la sangre todavía caliente.
* Los fragmentos de “How It Feels To Be a Colored Me” fueron traducidos por Lydia González Meza y Gómez Farías.