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Los mil átomos de Dalí

Genio narcisista, el pintor reconoció en el arte un arma para retratar sus diversos rostros.

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Juan David Torres Duarte
18 de enero de 2014 - 09:00 p. m.
Salvador Dalí en Port Lligat (Cadaqués, su lugar de nacimiento), en noviembre de 1957. / Leemage
Salvador Dalí en Port Lligat (Cadaqués, su lugar de nacimiento), en noviembre de 1957. / Leemage
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Salvador Dalí murió mucho antes de su fecha de muerte. Encerrado en la torre Galatea —una fortificación robusta en Figueras, España, de torres esquineras anchas y de ladrillo rojizo, coronadas por sendos huevos de piedra—, o de tiempo en tiempo en el castillo de Púbol, de él nombrado por real decreto marqués y señor, se alejó de todos y de todo. Por eso, cuando murió, para muchos de sus conocidos fue un reencuentro; fueron niños y abuelas, los primeros con curiosidad morbosa a ver a un muerto y las segundas para contar a la posteridad que sus nietos vieron al gran pintor de Figueras. Encontraron en una de las cámaras de la torre la tumba de tapa abierta y dentro de ella, en sosegada quietud, a un hombre de rostro brilloso, embalsamado, cuyos bigotes fueron recortados y peinados en el modo en que solía peinarlos: con las puntas enrolladas y curvas y en dirección al cielo.

Ese Dalí viejo, pálido, no era Dalí. Dalí cada vez fue menos Dalí.

El 23 de enero de 1989 las calles y comercios contiguos a la torre y, más allá, a su casa natal, estaban cubiertos por cintas negras en señal de duelo. Allí Dalí había nacido y había sido bautizado; allí recibió la hostia en su primera comunión y allí murió a los 84 años escuchando Tristán e Isolda de Wagner mientras el corazón se le detenía de un golpe. En la vitrina de uno de los comercios, sus dueños fijaron un aviso: “Cerrado por respeto a la memoria de nuestro ilustre conciudadano Salvador Dalí”. Entre panes ceñidos con cintas oscuras, había huevos con un bigote pintado: las puntas enrolladas y curvas y en dirección al cielo.

Huevos aquí, en la vitrina, y huevos más allá, en la torre. Dalí solía decir que sus primeros recuerdos eran intrauterinos: que recordaba lo que su madre vio mientras él nadaba en líquido amniótico. Decía que su más temprano recuerdo era un par de huevos sobre una mesa. Un par de huevos frágiles como cuantos aparecen en Metamorfosis de Narciso, uno de sus cuadros de 1937, y que refieren la mera vida y su debilidad. La vida era débil y la muerte, terrible, decía. Decía también que su genio no moriría y que él, Dalí, que hablaba en tercera persona de sí mismo y que solía untarse azúcar de dátil en la boca y la cara para que se le acercaran las moscas mientras pintaba, viviría por siempre.

—No creo, en general, en la muerte —dijo en una entrevista con Mike Wallace en abril de 1958—. En mi muerte, en la muerte de Dalí, no creo en absoluto.

—Pero usted le teme a la muerte —dijo Wallace.

—Sí, la muerte es terrible —Dalí marcó con fuerza la erre.

—Usted no cree en la muerte, pero le teme —dijo Wallace.

—Sí, exactamente.

Hace un silencio corto. Tiene el bigote como de costumbre, está vestido de saco de paño y corbata de moño delgado, encerrado en un chaleco claro y con un bastón de punta barroca en la mano derecha. De repente, Dalí parece sentir la necesidad de argumentar, de justificar esa aparente contradicción: no creer en la muerte, pero temerle.

—Porque Dalí —dijo— es contradictorio y paradójico.

En principio, Salvador Dalí quiso ser más Dalí y menos Salvador. Nueve meses antes de su nacimiento, un hermano suyo, también llamado Salvador, murió de meningitis. Sus padres lo bautizaron así en honor al Dalí muerto; Salvador Dalí, el pintor, vivió parte de su niñez con el pensamiento terco de que era un reflejo de esa muerte, de que era la resurrección de su hermano. Quiso ser cocinero, primero, y después quiso ser Napoleón; sus ambiciones fueron en aumento, y ya cuando tenía más de 20 años y había aprendido a pintar por intención de su madre, que vio talento en sus dibujos, quiso ser sólo Dalí. Dalí quiso ser Dalí, y esa era su máxima aspiración.

“Los pintores somos muy burros, en general —dijo en entrevista con la Televisión Española—. Y si yo fuera menos inteligente, pintaría mucho mejor”. A los 19 años, Dalí ingresó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Se vestía con gabardina y polainas y tenía modos antiquísimos; pintaba cuadros cubistas, aunque sabía poco del cubismo y a Picasso no lo conoció en persona sino mucho tiempo después. Era también ya el genio narcisista que sería después: el día de su examen final hubo de exponer sobre Rafael. Entonces alegó que no podía ser examinado, que sabía más que los jurados, que eran tres, y que su conocimiento sobre Rafael era mucho mayor que el suyo. Fue expulsado, sin diploma, del mismo modo en que sería expulsado de casa por su padre: por la potencia (o prepotencia, quizá) de su alegado genio.

Porque Dalí era en realidad múltiples y variopintos hombres: el artista que retrataba el tiempo en la dimensión más onírica, emparentada con el inconsciente y la ligereza del tiempo y los átomos y que creó ready-mades y joyería y libretos para cine, y el ícono excéntrico que decía amar el dinero —aunque nunca tuviera una moneda en el bolsillo—, la debilidad y el lujo. El genio que cuando fue expulsado del surrealismo dijo que él mismo era el surrealismo y el matemático que encontraba la armonía universal en el cuerno de un rinoceronte. El pintor que idolatraba a Velásquez, Vermeer y Rafael y que es declarada influencia del arte pop y abstracto, y el anárquico y monárquico, aunque fueran caras contrarias, que decía al dictador rumano Ceausescu que el cetro le sentaba bien. El niño en quien pervivía el mito de Guillermo Tell y siempre sentía una “manzana sobre su cabeza” a punto de ser atravesada, y el Dalí que mientras más se conocía era menos él mismo: “Cada vez soy más antidaliniano. A medida que me admiro más, encuentro que soy una real catástrofe”. El Dalí que gritó “¡Olé!” cuando se enteró de que Federico García Lorca, su gran amigo, había sido fusilado, y el Dalí que, cincuenta años después, se regodeaba de que aquél estuviera enamorado de él y se entristecía hondamente por su muerte. “Cada mañana, tras despertarme, experimento un supremo placer: ser Salvador Dalí”.

 

 

jtorres@elespectador.com

@acayaqui

Por Juan David Torres Duarte

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