Maradona el conspirador político

Del futbolista leyenda se ha hablado mucho, pero no del jugador sinuoso cercano a las mieles del poder.

Diego Armando Maradona y Piedad Córdoba durante la rueda de prensa que dieron en el Hotel Marriot. EFE

El calificativo de “conspirador” para definir uno de los matices de la personalidad de Diego Armando Maradona se lo oí al gran escritor mexicano Juan Villoro. Habíamos hablado del futbolista hecho mito, pero me interesó más su punto de vista cuando resaltó al “gran liberador de emociones”, casi siempre más negativas que positivas, y al manipulador de “tesis conspiratorias” fuera de la cancha. Ese es el Maradona que vino esta semana a Bogotá, el personaje en “sus años declinantes”, valiéndome de palabras de Gay Talese, el cronista estadounidense experto en perfilar a las leyendas del deporte justo cuando deben abandonar los estadios y volver al asfalto de la vida cotidiana: el gran boxeador Joe Louis puesto contra las cuerdas por su esposa en El rey en su madurez, el beisbolista Joe DiMaggio como pescador en San Francisco en La temporada silenciosa de un héroe. Íconos del deporte contemporáneo inmersos en los males de los demás mortales.

En su libro Dios es redondo Villoro se refiere a esa etapa: “El mayor desafío psicológico del futbolista es la distancia que separa la cancha del resto del mundo”. Y en su opinión, “Diego fue de una humildad ejemplar en la isla del césped; fuera de ella, estalló como una dramática supernova”. Amerita detenerse, ya no en sus probados méritos futbolísticos, ni en su adicción a las drogas, sino en cómo descubrió que la política podía ser su nuevo campo de juego.

Lo primero es su personalidad. Tras su retiro en 1997, “no aspiró a una resignada forma del más allá deportivo: abrir un restaurante argentino”, opina Villoro. Tampoco al bajo perfil tipo DiMaggio. No. Maradona y el recato son antónimos. Buena parte de sus ahora voluminosos 1,62 metros de estatura le hacen honor a un ego colosal sin una pizca de lo “increíblemente ingenuo” que, según Talese, era el Joe Louis que en 1960 aceptó hacer relaciones públicas para Fidel Castro porque pensaba que “es mucho mejor para el pueblo cubano que la United Fruit Company”. En cambio sí tiene algo de la sagacidad política de Mohamed Alí, que también se acercó al dictador, paseó con él en limusina por la isla comunista y compartió tabacos Cohiba, como los que Diego llegó fumando el miércoles cuando la dirigente política Piedad Córdoba lo recibió en medio de su ignorancia futbolística, pero con la alegría de contar con el personaje que le hacía falta para su movida política con el proceso de paz como trasfondo. Y Diego lo aceptó: “Soy una pieza más”.

Para hacer un viaje a los vaivenes de la condición humana hay muy pocos personajes como este por su narcisismo, su franqueza y, en especial, por esas declaraciones impulsivas, políticamente incorrectas que lo proyectaron, para bien o para mal, como protagonista político en América Latina. ¿Cuál es el origen de esa faceta maradoniana? Es similar a la del campeón Alí, el negro bocón y sin derechos civiles de Louisville que obsesionó al escritor Norman Mailer, porque el niño prodigio de Villa Fiorito también creció entre carencias, marginado. “Yo pasé mucha hambre de chico”, dijo el jueves en la rueda de prensa en el Hotel Marriot. La explicación de su indignación creciente capitalizada por donde va como “hombre de masas”. Alí se negó a combatir en Vietnam y se transformó en símbolo contra el racismo, Maradona por convicción se hizo discípulo del Che Guevara, se lo tatuó en el brazo, se declaró abanderado de los “ninguneados” de la América Latina de Eduardo Galeano, se matriculó, sin medir implicaciones, en la izquierda y se apoyó en su “mano de Dios” para hablar hasta de los derechos argentinos sobre las islas Malvinas.

Villoro piensa que para aproximarse a esa mente partidista hay que visualizar a “sus confusos ídolos cívicos”: más que el peronismo, el guevarismo que ratificó en Bogotá luciendo una gorra con el rostro del Che junto a la de él, Fidel Castro, Carlos Saúl Menem y el movimiento justicialista. Su alma política se aferró al castrismo desde que Cuba se convirtió en el paliativo ideal para sus adicciones y, a cambio, condena el bloqueo norteamericano, asegura que la historia de América Latina está mal contada porque esa revolución no ha sido valorada. Después se refugia en una suite con aire acondicionado o se va a jugar golf.

¿Es un militante genuino cuando habla de política en Cuba, cuando respalda el socialismo del siglo XXI instituido por Chávez en Venezuela, cuando invita a Piedad Córdoba a su programa De Zurda, en Telesur, para hablar de justicia social, cuando viene a Bogotá para ser “el Diego de la paz”, aunque en cada aparición mediática de esta semana estuvo más preocupado por mostrar en gorra, camiseta, chaqueta, pantalón, la marca Puma? Responde Villoro: “El hombre que necesita un jet privado para contradecir la historia oficial difícilmente puede ser calificado de izquierdista, y, sin embargo, en Diego hay una faceta rebelde, anárquica, que lo aparta de los divos y lo acerca a la fanaticada. El Pelusa es un guevarista tribal. Colóquenlo en un chalet de lujo y parecerá que está ahí de campamento”. Él dijo en el Marriot que por la paz y contra el hambre también ha ido y seguirá yendo a hacer partidos benéficos a África. Sin embargo, su sentido humanitario no se parece al de estrellas como el marfileño Didier Drogba, humanitario por excelencia y gestor de la paz tambaleante de su país, arriesgando incluso su vida, alejado de las cámaras cuando de este tipo de convicción se trata.

Durante la rueda de prensa, detrás de Maradona y de Piedad Córdoba, que lucía una chaqueta del movimiento Poder Ciudadano, estaban las pantallas de Telesur que le paga por lo que Villoro llama un “folletín de excesos”. El Pelusa descubrió hace más de una década que la televisión es su más efectiva tribuna política. Otro punto de referencia, evadiendo la eterna discusión de si fue mejor 10 que Pelé, es que las actitudes políticas del argentino son la antítesis del brasileño: “El ídolo dócil, manipulado por el sistema, incapaz de levantar la voz”, así descrito en Dios es redondo. Pelé fue ministro mientras Maradona jamás ha aceptado un puesto público y lo pensó mucho antes de equivocarse ejerciendo el derecho a ser vicepresidente de su amado club Boca Juniors.

¿Quién imaginaba a Maradona como ficha política transnacional? Ni siquiera Villoro, porque en sus escritos apenas le otorga “la compensatoria posteridad de los escándalos noticiosos: sus declaraciones locas, sus tratamientos contra la droga, su imagen terrible y cautivadora”. Y, sinuoso, se sale con la suya como si tuviera el balón bajo la zurda, regateando entre lo que le dejó el fútbol, su imagen de valla publicitaria y los favores del mundo del poder. Sin superar los vicios de la desmesura, con igual o más potencial autodestructivo, sigue alimentando su leyenda. Una de las mayores cualidades de este hombre, destaca Villoro, es que cuenta con el “recurso favorito de los dioses: la resurrección”. A pesar de que muchos lo ven como un ser elemental, es evidente que entiende mejor que muchos el mundo globalizado y la manera de utilizarlo en favor de su nombre como marca comercial, al tiempo que hace política por acción u omisión.

En febrero de 2014 se declaró “soldado” chavista vestido con una camisa roja que tenía cocidas una bandera venezolana sobre un hombro y una argentina sobre el otro. Y en el pecho le habían bordado, a la izquierda, “Maduro presidente” y, a la altura del corazón, “Chávez Comandante” y “Cristina K 2015”.

Su amigo del Mundial México 86, Jorge Valdano, visualizó con cierta envidia: “Se escucha a Maradona como si también opinara con el pie izquierdo”. Así no lo admita en sus libros, Diego tiene la mayoría de “los once poderes del líder” que pregona Valdano. Saltan a la vista en el documental que le hizo en 2008 Emir Kusturica en América y Europa. Odiado o amado, lucha contra la presión de los años y batalla para alimentar su mito. Villoro advierte que “todo es posible para Diego” gracias a la “contagiosa locura del fútbol”. Gústenos o no, se ganó un lugar en la historia. A Mohamed Alí lo ubican en pedestal junto a Martin Luther King y Malcom X. Cuando muera Maradona, ¿con quién compartirá purgatorio político?

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