Un director en el zapato

Políticamente incorrecto, provocador y explorador de los rincones más oscuros de la existencia humana, Lars von Trier es uno de los cineastas más influyentes de nuestros tiempos. Su nuevo filme es una épica historia que gira alrededor de la adicción al sexo.

La cinta ‘Ninfomanía’, de Lars von Trier, estuvo pensada inicialmente como una obra de cinco horas y media. / Fotos: Christian Geisnaes

“El cine debe ser como una piedra en el zapato”, es una de las (no pocas) máximas de un cineasta danés que nació hace 57 años como Lars Trier en una familia atea, pero que le agregó el “von” a su apellido por los chistes que le hacían sus profesores en la universidad, burlándose de su arrogancia y pose de noble. Su frase no es una expresión vacía y retórica pues su filmografía, declaraciones y posturas cinematográficas han construido a un personaje riguroso, agridulce, metódico, cruel, revolucionario, instigador, soberbio y que explora a fondo los rincones más oscuros de la existencia humana. Von Trier pone en primer plano aquello que la sociedad no quiere ver, desde la injusticia social hasta la hipocresía de Estados Unidos, desde los pecados de Europa hasta la crueldad de la esclavitud, o desde la misoginia y la depresión hasta la adicción al sexo, eje central de su más reciente película, Ninfomanía, que se estrena este fin de semana en Colombia.

Genio indomable, con las letras F, U, C y K (fuck, “jódanse” en inglés) tatuadas en los nudillos, nunca se ha medido en sus provocaciones. En 2009 recibió un antipremio de parte del jurado ecuménico de Cannes, encargado de celebrar los buenos valores humanos y espirituales en el cine, por la visión misógina de Anticristo. Dos años después, en el mismo festival, fue declarado persona no grata por el certamen francés luego de dar unas declaraciones en una rueda de prensa donde afirmaba entender el proceder de Hitler, a pesar de que horas más tarde se disculpara, aclarara que no era nazi ni antisemita y explicara que estaba bromeando. Desde entonces decidió dejar de dar entrevistas.

Estados Unidos, país que no conoce por su fobia a volar en avión, es otra de sus némesis. En el año 2000 Von Trier estrenó Bailarina en la oscuridad, que contaba la trágica historia de una madre soltera (interpretada por la cantante islandesa Björk) en el estado de Washington. La sociedad estadounidense criticó el hecho de que hiciera una película sobre un lugar que no conocía. El danés replicó afirmando que los directores de Hollywood han hecho lo mismo sobre partes del mundo a las que jamás han ido, y además decidió grabar la trilogía de Estados Unidos —compuesta por Dogville (2003), Manderlay (2005) y la inconclusa Wasington—, en la que explora los pecados de ese país y su hipocresía. “Puedo decir que lo único que mata cualquier debate es una enfermedad estadounidense llamada corrección política, que es el miedo a hablar. La corrección política asesina el debate”, afirmó el director en una rueda de prensa de 2005 posterior al estreno de Manderlay.

Durante las últimas dos décadas, su nombre se ha instaurado como uno de los más influyentes de la cinematografía mundial, reconocido no sólo por sus admiradores o la crítica, sino por sus propios colegas. Quentin Tarantino ha afirmado que el guión de Dogville (2003) es una de las mejores piezas jamás escritas, mientras que Martin Scorsese incluyó a Rompiendo las olas (1996) en la lista de sus diez favoritas de la década de los 90. Su figura caprichosa pocas veces se ha visto limitada. En 1992 fundó su propia productora, Zentropa, que le aseguró total control creativo y financiero sobre sus producciones y con la que creó una serie de filmes pornográficos. En 1995, junto a su hermano creativo, Thomas Vinterberg (en carrera a los Óscar por mejor película extranjera con La cacería), creó uno de los últimos manifiestos cinematográficos más revolucionarios: Dogma95. Inspirado por la Nueva Ola francesa, era un decálogo de reglas que difuminaron la frontera entre documental y ficción y que además eliminaban la figura egocéntrica del director.

A pesar de este célebre voto de castidad y austeridad cinematográfica, Von Trier no se ha encasillado y cada filme exhibe un sello narrativo diferente, demostrando que es capaz de exprimir y utilizar todas las herramientas del lenguaje fílmico, sacándole máximo provecho a las actuaciones, el diseño sonoro e incluso los efectos especiales. Dentro de sus constantes está la tendencia a usar protagonistas femeninas para sus historias y la de agrupar sus títulos en trilogías temáticas. La más reciente, a la que pertenecen Anticristo, Melancolía y Ninfomanía, es la de la depresión, y en ella el director exorcizó la tristeza crónica que atravesaba y que trasladó a sus personajes.

Ninfomanía fue pensada como una obra de cinco horas y media, pero ya que esta duración no se prestaba para el circuito comercial, tuvo que dividirse en dos partes de dos horas cada una, con algunos planos detallados de genitales editados. La primera de ellas va antecedida de un texto que aclara, con un dejo de arrogancia, que es una versión aprobada por Von Trier pero no la que quería entregar. Sin embargo, el capítulo que hoy se exhibe en carteleras no deja de ser una contundente obra maestra, que supera el trivial escándalo por sus escenas de sexo y desnudos, y trasciende hasta ser un profundo retrato de una mujer y su adicción. Una adicción que, de no ser por Von Trier, ya no hay que mencionar en voz baja.

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