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La han comparado con Madame Bovary. No lectores ingenuos ni poco leídos. A Lisbeth Salander, la heroína sueca de la trilogía de novelas 'Millennium' de Stieg Larsson, el mismo Mario Vargas Llosa le dio, como a Bovary, carácter de eterna. ¡Bienvenida a la inmortalidad de la ficción, Lisbeth Salander!, sentenció el Nobel en una de sus columnas en el diario El País.
Lo que no podía presupuestar Vargas Llosa es que esta mujer que alardea de su valentía con una trasgresora estética que él caracterizó como “horadada de colguijos, tatuada, de pelos puercoespín, cuya arma letal no es una espada ni un revólver sino un ordenador con el que puede convertirse en Dios —bueno, en Diosa—”, rompería las fronteras de la literatura para convertirse, gracias al cine, en un ícono de la moda y, más allá, volverse la encarnación de una nueva feminidad.
Lisbeth Salander es una justiciera. Es una mujer que ante la inoperancia de las instituciones se echa sobre su espalda —tatuada con un dragón— la erradicación de esos malvados que violentan y aporrean a las mujeres. Ella es atrevida y desafiante, como muchas heroínas que se crean en los cómics y alcanzan la fama en el cine, pero ésta, que ha sido creada en el oscuro mundo literario de Larsson, tiene menos afán de resaltar sus caderas y dejar que el escote le deje mostrar el sostén. Es más bien una chica que, en la medida en la que desgarra el mundo del poder y la corrupción, se enfrenta una y otra vez a la idea y los roles de la heroína. Se hace así comparable más bien a la necia ciberpunk Molly Millions de la novela Neuromante, de William Gibson, o a la Chica Tanque (Tank Girl), del cómic de los noventa creado por Jamie Hewlett y Alan Martin.
Es bisexual, su cuerpo es andrógino y su pelo asimétrico —a veces lo peina con desorden, a veces lo ordena en una cresta—. Recuerda los aires rebeldes de los punks de Londres de finales de los años 70. Su indumentaria de cuero la delata como una hábil motociclista, a la vez que deja entrever referencias del uso más erótico de este material, hermanándola con una dominatriz. Su apariencia no es más que una traducción perfecta de un convulso mundo interior, quebrantado por los abusos de su padre y sus mentores, a los que ha tenido que sobrevivir sola. Su imagen es su armadura, su defensa, su coraza. Sus conocimientos informáticos, su arma inmaterial, letal.
Esa chica, que podría ser una marginal, ha llenado de inspiración a diseñadores y marcas de ropa lo suficientemente astutos para percatarse de esa comunión, casi culto, que ha despertado la esquelética hacker. “Creo que la razón por la que tiene tanta resonancia por estos días es que la mayoría de la gente, en algún momento de su vida, tiene la sensación de ser aplastada por los poderosos, de ser una extraña, o de ser oprimida. Las personas se vinculan con eso, y cuando ven lo que le ocurre a ella sienten afinidad con el personaje. Desean ver que pueda salir adelante”, explica la actriz Rooney Mara, quien interpreta a Salander en la versión estadounidense del primer libro de Steig Larsson, La chica del dragón tatuado, dirigida por David Fincher.
Las recientes semanas de la moda de Londres y Nueva York dejaron claro el imperio de esta nueva belleza. Calvin Klein, Alexander McQueen y Ann Demeulemeester llenaron la pasarela de un mandato del negro, de pelos geométricos y cortos, de correas, cuero, amarres, pieles, de texturas raídas y toscas, maquillajes pálidos y opacos. Lo propio también hizo la popular marca sueca H&M, que convocó a la diseñadora de vestuario de la película, encargada de crear el look de Salander, a que diseñara una colección para la marca. “Su guardarropa de tonos oscuros incluye chaquetas de motociclista, botas de combate, tacones altos, cinturones con púas, brazaletes de cuero, anchos aretes expansores y camisetas con declaraciones provocativas (a menudo en sueco), con cada prenda lavada, frotada, blanqueada y restregada para dar la esencia de uso pesado. Y después son esenciales las capuchas”, asegura Trish Summerville, quien extrapoló muchos de estos elementos a una colección de pantalones ceñidos y lanas raídas.
“Lisbeth Salander, la valiente heroína que creó Stieg Larsson, es uno de los personajes más originales que encontraremos durante un buen tiempo: una chiquilla con aspecto de Audrey Hepburn con tatuajes y piercings… Es la víctima vulnerable que se convirtió en vigilante y demostró ser tan incandescentemente talentosa como cualquier guerrera de videojuego”, escribió en el New York Times la crítica Michiko Kakutani.
Pero que en los estrenos de cine y en las ferias del libro aparezca mujercitas citando en su vestuario y su actitud a la difícil Lisbeth deja ver mucho más que el mero triunfo de su radicalismo estético. “Chicas: todas tenemos algo de Lisbeth. Creo en la fortaleza de las mujeres... en la capacidad de sacar fuerzas de flaqueza y sobreponernos a las condiciones adversas. Puede que lloremos... pero logramos levantarnos...”, proclama el blog M-street-style, uno de los muchísimos que hacen referencia al personaje de Larsson.
Algunos teóricos, como Beatriz Preciado, autora del libro Manifiesto contrasexual, se aventuran a afirmar que Lisbeth se ha convertido en una metáfora privilegiada de lo contracultural, de lo subversivo, y que por tanto no será extraño ver en las calles de las grandes ciudades a las que se inspiran en ella, que además de crear sus propias reglas, lleva con tanta pericia los trabajos propios de los hombres.