¿Cómo suena un sushi? ¿Cuál es el beat de una buena crêpe francesa? ¿Cuáles son los acordes de una verdura bien salteada? Aunque usted posiblemente omita la mayoría de las veces la música que acompaña su plato, lo cierto es que un ambiente musical inadecuado puede aguar, si no avinagrar, la cena. O por lo menos de eso están seguros Nicolás Rico y Manolo Arango, dos jóvenes melómanos que están comprometidos con una causa: mejorar la cultura musical de los lugares públicos que frecuentamos.
La influencia que tiene la música en los comportamientos de consumo es un asunto altamente estudiado por los publicistas y expertos en mercadeo. No en vano cuando usted se dirige a las boutique de moda, hay baterías frenéticas y beats sostenidos, que en cuestión de minutos le hacen entrar en un cierto éxtasis que abre un apetito arrebatado por comprar. Pues Nicolás y Manolo buscan que su selección de música les abra literalmente el apetito a los comensales de muchos restaurantes capitalinos a los que han asesorado.
“El problema es que el vallenato no es una buena compañía para todas las situaciones, ni todas las comidas, y como la música que ambienta los restaurantes muchas veces está a cargo de los meseros o, peor aún, de una emisora, se pierden muchas oportunidades de explorar ambientes más propicios para disfrutar de un lugar y de lo que ofrece”, cuenta Nicolás Rico, quien desde sus años de disc-jockey asiduo de bares ha coleccionado cientos de canciones.
Por su parte, Manolo declara que, en realidad, su trabajo consiste en ser cazadores de música. Los días se les van en visitas a las tiendas de discos, comprando revistas, buscando en internet los nuevos grupos, hurgando en los canales musicales internacionales y, por supuesto, permaneciendo en constante diálogo con las disqueras.
“Investigamos un montón porque cada cliente tiene su perfil y nuestra misión es descodificar todo eso que ellos saben de su negocio en sonidos armónicos”. Podría usted imaginar un mejor trabajo para un par de freaks de la música, poder usar todas esas interminables listas de grupos que han almacenado durante años y que van desde Islandia y Suecia hasta Australia y el Congo y convertirlas en dinero.
La sonora idea se les ocurrió cuando se desempeñaban en sus profesiones: Nicolás trabajaba en producción y Manolo combinaba el modelaje con la música. Encontraron que había un gran bache en los lugares que frecuentaban en cuanto a la “administración musical”. Algunas veces, las guitarras eran ensordecedoras y fiesteras, cuando el ambiente de tarde fría demandaba ritmos más recogidos y, sobre todo, menos vatios. “Sobre todo descubrimos que una buena música es la que se puede pasar por alto, pero la mala música entorpece las conversaciones, genera un ambiente ruidoso en el que los clientes y los trabajadores manejan mayores niveles de estrés, la mala música se siente y eso es lo que nosotros evitamos”, comenta Rico.
El ejercicio parece sencillo, pero tener los referentes suficientes para generar listas musicales que puedan ser utilizadas por los bares, restaurantes o almacenes de ropa durante seis meses —que es el promedio con el que se renueva la música— requiere mucha investigación, muchos años de haber coleccionado música, pero ante todo mucho oído.
Además, pensar a qué puede sonar un jugoso churrasco, una ensalada mediterránea o un helado de lichi no son analogías que nacen tan fortuitas y que es mejor dejar en manos de expertos, para quienes la música es su lenguaje natural.