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Adiós a un embajador del jazz

A pesar de que su nombre sigue siendo desconocido por el gran público, el pianista barranquillero fue un abanderado del mambo y el jazz latino en Estados Unidos. A días de su muerte, reproducimos una entrevista con él.

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Jaime Andrés Monsalve*
20 de septiembre de 2015 - 07:45 p. m.
Adiós a un embajador del jazz
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Tito Puente alguna vez dijo que había sido el mejor pianista con el que trabajó. Fue una relación laboral de poco tiempo, entre 1949 y 1951, pero suficiente para consolidar la amistad y para que al joven músico colombiano Al Escobar se le abrieran todas las puertas de una Nueva York que llegó a ser sinónima de Spanish Harlem, de Palladium y de mambo.

Álvaro Escobar Páez trabajó con buena parte de las mejores orquestas latinas de mambo y jazz durante las décadas de 1950 y 1960 en Estados Unidos. Fue pianista y arreglista de las agrupaciones de Pupi Campo, Noro Morales y su hermano Esy, Machito, Luis Alcaraz, La Lupe, Jack Constanzo y Mongo Santamaría. Incluso llegó a ser director musical de la carismática y dictatorial cantante de jazz Eartha Kitt. Pese a todas estas credenciales, la obra de Al Escobar, como fue conocido en el ámbito artístico, sigue siendo un completo misterio para el gran público, como lo fue incluso para el sector especializado hasta que Rafael Bassi y otros investigadores dieron con él en plena década del 2000, cuando ya frisaba los 70 años. De esos encuentros quedan varias entrevistas, un justiciero documental y dos breves retornos a su natal Barranquilla, invitado por el festival Barranquijazz en 2007 y por el Carnaval Internacional de las Artes en 2010.

El pasado 12 de septiembre, a sus 85 años, Al Escobar falleció en Los Ángeles. En aras de seguir dando a conocer su importante legado, reflejado además en tres discos que hoy son pasto del coleccionismo, el músico concedió la siguiente entrevista vía Skype, originalmente transmitida a través de las frecuencias de la Radio Nacional de Colombia en su cumpleaños 85, en marzo pasado. Como dicen sus amigos que solía hacerlo, la charla se inició con la frase que se volvió su firma: “Yo soy colombiano, pero nací en Barranquilla, que no es lo mismo”.

¿Cómo fueron sus inicios en la música?Yo tuve un maestro de piano en Barranquilla y luego, cuando toda la familia viajó a los Estados Unidos, como a mis siete años, mi papá, que era un importante compositor, terminó de darme lecciones. Pero yo aún no estaba interesado en la música y un día me escapé de casa y me enrolé en el servicio militar americano. Cuando me encontraron me sacaron y me mandaron a Barranquilla de nuevo. Allí, un día nos juntamos varios músicos muy jóvenes, y el dueño de una radio nos puso a tocar al aire. Al mismo tiempo el pianista de la orquesta estable de la emisora, Alfonso Meza, me dejaba tocar el piano. Y así empezó la vaina. Yo debía tener unos 15 años.

¿Y cómo empezó su vínculo con las grandes orquestas del momento?Yo entré primero a trabajar a la banda de Pupi Campo, un bailarín cubano que no era músico. Alguna vez él mandó a butscar a Tito Puente para que le arreglara el grupo, y de ocho músicos que éramos, Puente dejó a tres. A Tito le gustó mi trabajo y pasado algún tiempo me llamó. Fui el segundo pianista que tuvo en su orquesta. Fueron dos años en los que trabajé con él en el Palladium, entre las calles 52 y 53 de la Séptima Avenida en Manhattan. Tocábamos hasta las tres de la mañana y me fui acostumbrando a trabajar a esas horas. Luego volví a Barranquilla por un tiempo, a trabajar con música popular en el hotel El Prado.

¿Y cómo llegaron las grabaciones?Un día estaba tocando en un sitio, y una muchacha me preguntó si yo había grabado, y yo le dije que sí, pero que no con orquesta propia. Así que al otro día llegó con su papá, que era productor discográfico, y lanzamos Rhythmagic, en 1957, primer disco de dos con el sello Cadence. Ahí incluso canté. Esa orquesta era un vacilón, pero, la verdad, lograr que un disco pegue siempre ha sido una lotería.

¿Qué recuerda de aquellas cantantes a las que acompañó?Yo trabajaba en un club en Nueva York acompañando a Xiomara Alfaro y a Celia Cruz. Allá llegó a trabajar La Lupe. La recuerdo como una muchacha muy simpática, enérgica, pero no mandona. También fui director musical de Eartha Kitt, que sí era muy dominante. Mi trabajo con ella consistía en tocar y en rebajar los arreglos de gran orquesta a un formato más pequeño. Recuerdo que cuando algún músico se equivocaba, me regañaba a mí. “Usted tiene que controlarlos”, me decía, y yo respondía: “Sí, pero no puedo tocar por ellos…”.

¿Cuándo decidió retirarse?Mi último trabajo fue en los cruceros de Royal Caribbean como solista, tocando piano eléctrico, de esos que dan todos los sonidos. Las señoras venían a preguntarme dónde estaba el resto de la orquesta. Luego tuve un grupo aquí en Los Ángeles, pero un día decidí dejar descansar la mente. Hoy estoy dedicado a mis cuatro hijos y a mis nietos, y todos los lunes toco aquí en el edificio para los vecinos.

Aparte de la música, ¿cuál ha sido su mayor interés?Las mujeres… (risas). La vida del músico es muy bonita y siempre tiene oportunidades. Mi última esposa es una de las dos chicas de la portada de mi tercer disco. Contando a mi novia actual, tuve cinco relaciones estables.

Pasada tanta agua bajo el puente, ¿qué balance hace de su carrera?Yo siempre conté con buena suerte. Y tuve la ventaja de que mi papá me enseñó música desde pequeño, así que yo leía las partituras de corrido como si fuera el periódico. Eso me ayudó mucho.

* Jefe musical de Radio Nacional de Colombia.

Por Jaime Andrés Monsalve*

 

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