El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Benditas carteras

¿Por qué a un hombre le bastan sus bolsillos mientras las mujeres necesitan inmensos bolsos?

Angélica Gallón Salazar

05 de junio de 2009 - 11:00 p. m.
PUBLICIDAD

¿Qué esconde ese universo insondable hecho de cuero o lona, de manijas y herrajes que a tantos hombres intriga y a todas las mujeres seduce? ¿Por qué tanto dinero gastado en un objeto que cumple la misma función que una bolsa de supermercado o un talego de papel? ¿Por qué a un hombre le bastan sus bolsillos cuando las mujeres llevan bajo el brazo unas carteras cuyos tamaños sólo hacen intuir que traen consigo todo el clóset? 

Hubo una época en que las carteras fueron irrelevantes, es más, hubo un tiempo en que las carteras fueron inexistentes. Antes del siglo XIX había unas mujeres maravillosas que podían sobrellevar una vida sin un bolso de su lado; sin embargo, con la movilidad urbana y la era del capitalismo, la vida simple se quedó en casa y las mujeres se vieron abocadas a salir de sus hogares cargando su universo entero: vestigios de intimidad (cepillos, cremas, pintalabios, depiladores), billeteras, chécheres y cosas inútiles.

Luego, en 1955, la precursora de la mujer contemporánea, Coco Chanel, harta de ver a las mujeres lidiar con las carteras, cuyo diseño exigía llevarlas en la mano, se inventó una cadenita dorada para que se las pudieran colgar en el hombro. Desde entonces el imperio de estos artículos no ha cesado. “Se han convertido en un signo emblemático de las generaciones”, confiesa Stuart Verves, el actual director de la reconocida marca española Loewe. “De alguna manera se ha transformado en un objeto que no importa si es el más andrajoso o el más distinguido, al llevarse colgado al hombro está haciendo una declaración de cómo vives, en qué crees y cuáles son tus valores. Los bolsos se han convertido en la forma más eficaz en que las mujeres develan su personalidad”, explica Verve. “¿Acaso no lo han intentado? Trate de anticipar qué tipo de mujer es aquella que camina en la calle por su cartera, de seguro el resultado será muy cercano a la realidad”, añade con gracia este inglés que está a cargo de una marca con más de 160 años de tradición.

En el lejano pasado de este objeto por el cual hoy algunas  mujeres llegan a pagar unos cuantos miles de dólares hay más bien historias humildes. Están mensajeros y peregrinos que fueron los primeros en requerir una bolsa para llevar documentos y protegerlos de la vista de los ladrones. También hay limosneras que ya no tenían manos para acuñar sus monedas y tuvieron que inventar cierres metálicos y forrajes de cuero que protegieran sus pequeños tesoros, y hay esposos enamorados que entregaron las primeras bolsas decoradas, conocidas como venecianas, llenas de monedas para cerrar el sagrado mandamiento del matrimonio. Este largo pasado revela que la primera y fundamental razón de ser de una cartera era poder llevar cosas y protegerlas. Sin embargo, la utilidad con el tiempo dejó de ser el mandamiento imperante.

Fréderic Morelle, presidente de Louis Vuitton para América Latina y Suráfrica, confiesa que la motivación de Georges Vuitton para crear uno de los emporios mundiales más importantes de la cartera fue la premisa de que “los viajeros no debían contar solo con artículos que pudieran satisfacer su comodidad, sino que pudieran hacer de cualquier travesía un fashionable pastime o un momento de lujo y elegancia. Así, las carteras que históricamente habían sido consideradas como una prenda accesoria se convierten en un objeto de lujo que todas las mujeres querían tener”.

“Siempre pensé que los bolsos debían ser como la corbata para el hombre, el que le diera la estocada final a un atuendo”, comenta por su parte Mario Hernández, el dueño de una de las marcas de marroquinería más emblemática del país. Hace años las mujeres en Colombia llegaban a una fiesta con oro, vestidos hermosos, muy bien maquilladas, pero con unos bolsos horribles. Pero en las últimas décadas ha dejado de ser el objeto más útil del vestuario femenino y ha pasado a ser el accesorio bella y cuidadosamente trabajado”.

Así, en la medida en que la gente empezó a ser más emocional que racional con sus compras, los adjetivos como suavidad, sensualidad, distinción y lujo fueron cobrando más relevancia y sumando más ceros al precio de una cartera. “Creo que los bolsos se han convertido en uno de los accesorios emblemáticos del lujo por todo el tiempo que se toma para ser perfecto; cada bolso es el resultado de una suma de tiempos: el del diseñador, el del artesano, el de las curtiembres. Cuesta mucha atención llegar a conseguir un bolso perfecto”, explica Stuart Verves, de Loewe.

Por Angélica Gallón Salazar

Temas recomendados:

Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.