Beny Moré, qué bárbaro para tener ritmo

El “Sonero mayor” de Cuba, un país en el que hay tantos soneros como habanos. Hoy, después de 55 años de su muerte, aún no tiene reemplazo.

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Juan Carlos Piedrahita B.
20 de febrero de 2018 - 03:00 a. m.
El nombre real de Beny Moré fue Bartolomé Maximiliano Moré Gutiérrez. / AFP
El nombre real de Beny Moré fue Bartolomé Maximiliano Moré Gutiérrez. / AFP
Foto: AFP - ARCHIVO
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Moré es un mal recuerdo de la época de la esclavitud, pero a la vez es un símbolo de grandeza. Beny Moré (Bartolomé Maximiliano Moré Gutiérrez, 24 de agosto de 1919-19 de febrero de 1963) estaba lejos de poseer un apellido como ése. El suyo correspondía a una familia de reyes del Congo, pero dado el origen africano de sus integrantes fueron tomados como esclavos y, por regla en ese entonces, los negros quedaban registrados en una plantilla en la que constaba que pertenecían a personalidades pudientes, con hectáreas, con recursos y con una buena corte de servidumbre. El tatarabuelo del artista (bisabuelo materno) fue quien adquirió el apellido, porque engrosó la lista de haberes del Conde Moré, y desde entonces su descendencia perdió la identidad, pero adquirió otra con un tinte algo más universal.

Nació en las extensas plantaciones de Santa Isabel de las Lajas (de ahí una de sus máximas creaciones), en el territorio que hoy se conoce como la provincia de Cienfuegos. Conoció los secretos de la tierra, vivió de la venta de frutas y verduras, y se apasionó por la cotidianidad de la vida rural, esa misma que un día pensó que valía la pena inmortalizar de alguna manera. Diseñó un instrumento rústico, una especie de guitarra con una madera atravesada por hilos de distintas características, y con su voz y el sonido del extraño artefacto acompañó las largas horas dedicadas al trabajo de campo. Luego, y gracias a los recursos obtenidos de la comercialización de alimentos, pudo comprar un instrumento profesional.

Además de los ingresos como jornalero, Beny Moré (para el mercado anglo siempre se escribe Benny) ganaba dinero presentándose en restaurantes, cantinas y bares en los que los administradores “le hacían el favor” de dejarlo cantar. Ellos cobraban la entrada, mientras que al artista le tocaba conformarse con lo que los comensales de buena voluntad depositaban en su sombrero, una parte esencial de su vestimenta que con el paso de los años se convirtió en uno de sus distintivos. Moré se retiraba siempre de los locales lleno de monedas y con cada toque se sentía más preparado para lanzarse a la escena local. Los concursos de radio fueron su trampolín, algunos los ganó sobrado y en otros, acogiéndose al criterio de los expertos, se bajó de la tarima sin alcanzar a abrir la boca.

Su fama comenzó a irradiarse desde México, incluso su padrino de matrimonio fue el célebre cantante Miguel Aceves Mejía. A su regreso a Cuba, varias orquestas querían contar con su voz para explorar los terrenos del son montuno, pero fue con el Conjunto Matamoros (bajo lo dirección de Miguel Matamoros) con el que se sintió cómodo para exponer sus facilidades interpretativas. Estuvo al lado de Dámaso Pérez Prado, conoció el folclor colombiano a través de las canciones de Lucho Bermúdez, y colaboró en la consolidación de la orquesta Aragón. Hizo de la Banda Gigante un experimento genuino que tomó la decisión de quedarse en la isla después del triunfo de la Revolución Cubana, a diferencia de muchos otros artistas de renombre.

Beny Moré es el Bárbaro del ritmo, el Sonero mayor de Cuba, un país en el que hay tantos soneros como habanos, pero a pesar de su muerte hace justamente 55 años, nadie ha intentado reemplazarlo. Qué bárbaro.

Por Juan Carlos Piedrahita B.

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