18 Oct 2019 - 2:00 a. m.

Carmenza Banguera: arte sobre el color de la piel

La artista expone en el 45 Salón Nacional de Artistas dos obras en las que explora la problemática de los afro para identificarse con el tono piel de la caja de colores, y la dificultad que tienen algunas personas para reconocer las diferencias.

Lilian Contreras Fajardo / @ProhibidodeLili

Carmenza Banguera se pregunta porqué la gente normalmente no se cuestiona la ausencia de personas afro en el equipo de trabajo o en la universidad.  / Cortesía 45-SNA
Carmenza Banguera se pregunta porqué la gente normalmente no se cuestiona la ausencia de personas afro en el equipo de trabajo o en la universidad. / Cortesía 45-SNA

Carmenza Banguera es una artista plástica de 28 años que desde mediados de esta década realiza una obra en la que, con humor incisivo, reflexiona sobre lo que es ser afrodescendiente en una ciudad como Cali, entendiendo que dentro de las artes plásticas todavía está la necesidad de que se cuestione el porqué de las cosas o qué depara el futuro, más allá de las quejas directas contra el racismo.

El Espectador conversó con la artista que en el 45 Salón Nacional de Artistas expone Mi negrito e Historias de padres cretinos para explicar el mundo y los hombres de chocolate, dos obras que invitan a pensar sobre el tono del color piel y cómo se vive y se explica la diferencia.

¿Cómo construye su obra plástica?

Surge de mi vivencia como mujer afrocolombiana en un contexto como es el del Valle y mi vivencia en Cali, donde nací hace 28 años. Cuando entré a estudiar en el Instituto Departamental de Bellas Artes mi inquietud no estaba ligada hacia lo étnico o lo racial, pero sucedieron una serie de situaciones que me direccionaron a este tema, pero de forma contestataria.

¿Qué cosas?

Por ejemplo, el número de estudiantes afro era bajo en la carrera de artes plásticas, a diferencia de carreras como la música y en artes escénicas. Además, en agosto (por el Petronio Álvarez) me tenían en cuenta para todo. Había una fiebre, pero también una demanda de un prototipo de persona al que no obedecía.

¿Por qué no?

Primero, porque bailo muy regular. No sé cocinar y mucho menos pescado, y tampoco tengo cierta musicalidad en mi acento, que es característico de las zonas del Pacífico. Con el Petronio Álvarez había una demanda hacia mí por, supuestamente, pertenecer a un prototipo de persona afro.

¿Cómo expresó esto en el arte?

La primera pieza que realicé de manera tajante y contestataria se llama Manual para dummies: cómo ser negro para negros, una serie de videos donde realizo tareas que se supone que la gente afro hace bien, por ser afro y no por el contexto. Aparezco pelando un chontaduro, pero lo hago muy mal; bailo pero como no soy la mejor se ve pésimo, estoy trenzándole el pelo a mi sobrinita pero tampoco sale muy bien. La obra también era propaganda a ‘no te sientas mal porque no cumples con los estándares o con los imaginarios de lo que debe ser una persona afro’.

En el Salón Nacional de Artistas exhibe “Mi negrito”. ¿Qué nos puede decir de esta obra?

La empecé en 2014, finalizando la universidad. De niña mi mamá me compraba dos marcas de cajas de colores, y en una había un color que se llamaba piel, que era en realidad rosado o salmón. Yo pensaba que la caja de colores me decía que ese era el color piel, pero ese no era mi color de piel. Investigo y me entero de que comunidades indígenas también se quejaron y el color pasó a llamarse carne y en la actualidad se llama durazno. Mi negrito es una línea escolar de témperas, crayones y acrílicos que sólo maneja colores de pieles afro; masifico esta problemática desde el otro lado.

¿Vende “Mi negrito”?

No, utilizo los materiales cuando estoy en trabajo de campo o en el laboratorio.

¿Qué perciben y sienten los niños con los que trabaja?

Muchos no ven inconveniente, pero otros sí saben que no se identifican con ningún color de “Mi negrito” porque no hay blanco o color rosa. Cuando se les explica que el niño del lado pasó por la misma situación con otra caja de color, es cuando se generan las discusiones y se empieza a hablar de inclusión desde la educación.

En el Salón también presenta “Historias de padres cretinos para explicar el mundo y los hombres de chocolate”...

Esta pieza, como la mayoría, es anecdótica porque cuando iba al trabajo en Cali siempre me encontraba con una niña pequeña que cada vez que me veía se quedaba estupefacta. Una vez la niña gritó eufóricamente ‘mira mamá, ahí viene la niña de chocolate’. Tras esa experiencia encuentro campañas publicitarias que hacen esta relación, que no aportan a la discusión sobre explicar las diferencias.

¿Por qué le molestó tanto la expresión?

Cuando presenté esta obra por primera vez, en Cali el año pasado, la gente decía que a sus familiares o seres queridos con piel oscura les decían ‘chocolatico’. Estos actos que aparentemente son de cariño también son estrategias bastantes cuestionables sobre cómo explicamos las diferencias.

Su inquietud artística comenzó con lo que sentía en la época del Petronio Álvarez. Diez años después, ¿cómo percibe la situación?

Yo no tengo nada contra el Festival, lo que me molesta es que siento que a veces se convierte como en una moda por la forma como la gente lo asume y consume. Por otro lado, ciudades como Cali todavía tienen como bandera decir ‘tenemos’ un gran número de población afro, pero todavía se resiste al ‘somos’, lo que es una forma de objetualizar y de separación.

Además de reflexión, ¿cree que su obra genera cambio?

Quisiera creerlo. El arte poco a poco puede lograr el cambio. Varias personas, después de una exposición, me han dicho que con la reflexión cambiaron su punto de vista, su perspectiva. Lograron autocuestionarse.

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