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Pensar en este momento en reyes, reinas, príncipes y princesas suena casi tan absurdo como pretender encontrar el príncipe azul, aunque es mucho más fácil toparse con una de las decenas de monarquías regadas por todo el planeta que caer en los brazos de semejante personaje.
Si bien lo que nos enseña la historia es que los monarcas eran aquellos que dirigían y gobernaban Estados (o, más bien, reinos) con un poder supremo y vitalicio, si no absoluto. Hoy en día esto parece una visión más bien caduca de lo que es la monarquía europea actual. Si ya no hay reinos como tal, ni poderes absolutos impartidos por la voluntad divina, sino, por el contrario, los resultados de gritos de revolución reclamando que “¡Viva la República!”, ¿qué encarnan entonces los monarcas europeos para seguir firmes y en pie en pleno siglo XXI?
Reyes y reinas con o sin trono siguen haciendo parte del imaginario europeo, ya no tanto por su poder o su influencia en el gobierno de las repúblicas del Viejo Continente, ni por ser símbolos de la unión nacional, sino por el estatus de celebridades que han ido adquiriendo, especialmente las nuevas generaciones.
El puesto número uno en popularidad se lo debaten los jóvenes monarcas ingleses y monegascos. La princesa Carlota de Mónaco, por ejemplo, es muy reconocida por su buen vestir y por llevar en ella los genes excepcionales de belleza de Grace Kelly. Su hermano Andrea no se queda corto en adjetivos. Seductor, introvertido y con un toque de rebeldía, fue escogido por la revista People como uno de los cincuenta hombres más atractivos del planeta. Aquí en Colombia es más conocido por haber hecho de nuestra magnate cervecera Tatiana Santo Domingo su plebeya.
Otro personaje que pertenece a la realeza, es el príncipe Albert von Thurn und Taxis de Alemania. Aunque no haya monarquía alguna en este país, Albert conserva aún el título de su familia.
En efecto, las monarquías europeas actuales, de la mano de sus jóvenes príncipes y princesas, se han hecho merecedoras de la atención inagotable de los paparazzis —como alguna vez lo fueron de los ilustradores de la corte—, de las primeras páginas de revistas de farándula, de tabloides, de rankings internacionales como el de Forbes (‘The 20 hottest young royals’), e incluso de premios como ‘El mejor cuerpo de Suecia 2007’ de la mano de la Princesa Madeline.
En efecto, la juventud de la monarquía europea se ha dedicado —intencionalmente o no— a redefinir la monarquía tal como se vive en el Viejo Continente. Al parecer, para muchos ya no se trata de linajes ni de dinastías, ni de poder político (acaso en tanto que cuerpos diplomáticos futuros, como la princesa Victoria de Suecia, quien se graduó de la universidad de Yale en 1998), sino de poder económico, de herencias familiares, fideicomisos, fama, y, sobre todo, de pertenecer al club más exclusivo que puede haber sobre la tierra: la realeza.
Pertenecer a la monarquía europea es tener el estilo de vida más refinado posible (pero no por lo tanto estrictamente decoroso), los amigos más celebres (desde Gwen Stefani hasta 50 cent, pasando por Kate Moss), las colecciones de arte más envidiables, las mascotas más raras (como Sir Olav, el pingüino que desfila en las ceremonias de la corona noruega), islas tropicales, mansiones, autos, yates, ropa de haute couture, bancos, etc… Todo gracias a las sumas millonarias que estos jóvenes monarcas han sabido acumular desde antes de nacer, porque como dice una princesa no europea (princesa Sikhanyiso, de Swazilandia): “Lo mejor es tener todo lo que quieres”. Así, la mayor parte de la joven realeza europea de la actualidad se dedica a ir de compras, a llevar a cabo carreras militares decorativas, a salir de fiesta con celebridades o a correr carros de carreras (como el príncipe Albert de Alemania, que ganó la copa Lamborghini en el 2006), en fin, consagran todos sus esfuerzos en deshacerse de las demandas que su título real les impone y se concentran, más bien, en tratar de vivir la vida al máximo.
No obstante, mientras unos toman ese rumbo, otros pocos buscan opacar —aunque no lo logren del todo— las ventajas intrínsecas de su condición de realeza y pretenden trabajar y obtener por ellos mismos sus propios logros. Tal es, por ejemplo, el caso de la princesa Zara Phillips de Gran Bretaña, quien fue educada por su madre Anne fuera de las
formalidades inherentes a la realeza para que pudiese llevar una vida más tranquila. La princesa Zara, quien ganó medalla de oro en los Juegos Ecuestres Mundiales del 2006 , se desempeña como equitadora profesional y fue postulada como representante de este deporte en los Juegos Olímpicos de 2008, aunque se tuvo que retirar debido a que su caballo sufrió serias lesiones antes de iniciar las competencias.
Igualmente, la princesa Victoria de Suecia, tras completar sus estudios en la universidad de Yale, ha ejercido la vida diplomática en su país en el Ministerio del Exterior y, por fuera, en la embajada de Suecia en Estados Unidos.
En todo caso, modelos nacionales a seguir o no, inteligentes o no, carismáticas o no, las figuras reales son más que nada las celebridades de sangre azul.
Aunque al otro lado del Atlántico no estemos tan conscientes de ella, la monarquía europea actual está ahí, anacrónica o próspera pero siempre presente.
Los favoritos de la realeza
Los príncipes Harry y William no sólo están marcados por la fama de su madre Lady Di, sino también por sus hazañas, que les han ganado varias veces el puesto número uno en muchos medios.
Harry muy a menudo hace de las suyas por toda Europa y causa controversia al unirse a las tropas británicas en el frente de guerra en Afganistán. El hijo menor del príncipe Carlos continúa hoy en día las obras de caridad que distinguían a su madre.
Por su lado, el carismático heredero al trono no sólo parece buscar el amor en todas partes, sino que también se ha unido a la fuerza aérea real británica, además se ha dedicado a hacer trabajos sociales, al punto que se le ha visto incluso lavando inodoros.
De todas las coronas que abundan en Europa, este par real, además de ser los favoritos del público, podría considerarse la encarnación por excelencia del nuevo espíritu de la monarquía europea actual.
Dentro y fuera del velo
La realeza japonesa es de las más protegidas posibles y de las más desconocidas por la prensa nipona y mundial.
A diferencia de la realeza europea, poco se sabe en realidad de los emperadores, príncipes y princesas gracias al “Velo de crisantemo”, un elemento de censura cultural que impide y prohíbe la circulación de cualquier tipo de información sobre la familia real que no sean los reportes oficiales que expide la casa real misma.
No obstante, algo más revelador y menos oficial ha logrado filtrarse por todo el mundo de la mano de la princesa de 22 años Tsuguko de Takamado. Al parecer, el velo de crisantemo no llega hasta Edinburgo, donde estudia sociología. La princesa no ha podido librarse del lente y ha protagonizado ya –-bien sea por imprudencia o por libertad– varios escándalos (que han llegado a tocar el tema de su interés sexual, claramente tabú) que se le salen de las manos al velo y de los cuales la casa real disiente tajantemente.
Pero la impecabilidad nipona siempre triunfa y, claramente, no se dice nada al respecto: la princesa Tsuguko de Takamado representa fiel y ceremoniosamente a la realeza japonesa en Europa.