Nació el mismo día en que se fundó Bogotá pero hace 70 años ¿qué recuerdos tiene de la capital en su infancia?
Estoy tan viejo que ya no recuerdo mi infancia (risas). He crecido al mismo ritmo que creció la ciudad de Bogotá. Nací el 6 de agosto de 1943, es decir, hace 70 años. Cuando me empiezo a dar cuenta de mi vida es cuando en 1948 muere mi padre el 9 de abril, el mismo día en que mataron a Jorge Eliécer Gaitán. Ahí supe que era un niño, que perdí a mi papá, que hubo una revuelta en Bogotá, que mi mamá lloraba, que veía subir gente con machetes por la calle donde vivía.
Y después de ese episodio, ¿cómo vivió la ciudad, ya en su juventud y su encuentro con el teatro?
La adolescencia más bien la recuerdo en Cali, en la salsa, muy alegre, al lado de una familia muy unida y feliz. No me perdía las vacaciones. Mi primer amor fue de Cali. Viví la etapa de los 60, cuando viene la conciencia de mi país y encuentro que es una sociedad injusta, que hay muchos problemas, estamos muy atrasados y Bogotá empieza a dar un gran giro, a conocerse internacionalmente. Nos empezamos a encontrar en un mundo cambiante y es entonces cuando mi vida coge impulso hacia el arte y el teatro.
¿Hubo una persona que haya influenciado su vida artística?
Jairo Aníbal Niño. Fue quien me enseñó a hacer muñecos y esos muñecos me enseñaron a hablar y cuando aprendí a hablar aprendí a crecer y cuando aprendí a crecer vi que podía construir una vida diferente. Y entre la docencia y la vida y el teatro fui madurando y también descubriendo que si iba cambiando la televisión, era porque las necesidades del país iban cambiando.
En cuanto al teatro y la televisión que tenemos ahora, ¿cree que aplica el adagio popular ‘Todo tiempo pasado fue mejor’?
No, para nada. Es que no nos podemos quedar en el pasado. Cada día estamos más en el nivel que deberíamos estar en el mundo. Cada vez la gente va más al exterior a prepararse para venir a producir televisión y lo mismo sucede en el teatro. Nunca me he quedado con la nostalgia del pasado. Hoy me siento mejor que ayer y así también percibo a Bogotá.
¿Qué ha sido lo más valioso que le ha aportado el teatro a su vida?
Creo que el ser actor le da a uno una posibilidad inmensa y maravillosa: que nunca, en ningún momento de tu vida, alguien diga que no hay algo para ti. Personajes hay de todas las edades y tamaños, y poder decir que ahora, a los setenta años, estoy grabando aun cuando en muchas profesiones te cierran las puertas, es lo más especial.
¿Pero ha sido suerte suya o es común que la vida en la actuación sea longeva?
Lo que pasa es que uno debe mirar sus propias limitaciones. Si yo tuviera que hacer lo mismo que un galán o protagonista, grabando desde las cinco de la madrugada hasta las siete de la noche todos los días, me parecería un poquito complejo (risas). A mí me dan exactamente la medida de lo que puedo hacer.
¿Qué es lo que más disfruta de esta etapa de su vida y de ella qué es lo que más le satisface?
La vejez es la libertad. Por eso ya puedo permitirme no tener pensamientos que agravian y amarran como la envidia, el ego. Cuando veo televisión, la veo con un amor impresionante porque allí están muchas de las generaciones que orienté, con quienes trabajamos juntos, que hoy son grandes figuras públicas y que comenzaron hace 50 años y, lo mejor, aún son mis grandes amigos.
¿Qué característica tenía esa generación de artistas?
Ellos eran una generación no especial, sino espacial, de otro mundo. Se aprendían la letra, estudiaban, eran felices los sábados y domingos que teníamos que grabar. Los ojitos eran brillantes. Todo lo preguntaban y ellos entendieron algo maravilloso: que esto de la actuación es un juego...
¿De qué se trata?
De jugar contra unas personas que quieren descubrir quién eres y tú solamente le muestras el personaje, que en el momento que alguien sepa quién eres, pierdes, pero si no te descubren , ganas.
¿Y cuál puede ser el mayor premio para un actor?
Hay muchos: por ejemplo, hice una gira de teatro durante seis años seguidos con el Gordo Benjumea con la obra Diálogos prostáticos y ahí me sentí absolutamente recompensado, porque mucha gente la vio; y el aplauso, que es la energía que te transmite el público, de alegría o descontento, fue una respuesta maravillosa. Aunque el Gordo decía que los teatros se llenaban era porque la gente decía “vamos a ver a los viejitos antes de que se mueran”. En todo caso, fue muy gratificante.