¿Su mundo infantil siempre estuvo rodeado de libros?
Sí. Debo a los padres maravillosos que tuve mi amor a la poesía y a la lectura. Desde muy temprano en mi vida me dieron libros de Julio Verne, Kipling, los hermanos Grimm, Sir Walter Scott, Somerset Maugham, entre otros. Los tres mosqueteros de Dumas y Don Quijote se unieron más tarde. El gran deslumbramiento lo tuve con Dostoievski en la temprana adolescencia. Crimen y castigo me abrió una dimensión vital sorprendente y todavía me escalofrío recordando lo que sentí al ver que alguien podía escribir así. Raskolnikov fue mi primer amor.
¿Cómo se inició en la poesía y qué poetas abordó en su adolescencia?
Escribo desde que me conozco. Siempre tuve y tengo un papel y un lápiz a la mano. Ya adolescente leía poesía y prosa indistintamente. Poetas: Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, García Lorca (yo soy “vidista”, como decía él), Neruda, Silva, Rafael Pombo, Jorge Gaitán Durán, Aurelio Arturo, Mutis, Vidales. Me apasionó Barba Jacob. Más tarde los franceses en su propia lengua: Rimbaud, Baudelaire, Breton. Y Borges, Cortázar y Octavio Paz.
¿Le escribía a la vida, a los amigos, a la naturaleza?
A la vida, de la que vivo enamorada. Algunos lugares tienen para mí un magnetismo singular. Me siento hondamente ligada a ellos. Y me hacen sentir más viva. Por eso el viaje a sitios remotos o cercanos ha sido un sino que no puedo evitar.
¿Por qué escogió una carrera diferente a la poética?
Elegí estudiar derecho buscando ser independiente económicamente lo más pronto posible, y lo logré. Como la literatura es mi vida, nunca he querido abandonarla.
¿Cómo fue su mundo en la diplomacia? ¿A veces la diplomacia deja un sinsabor o se aprende mucho en ella?
Fue una gran experiencia porque pude ser muy útil como abogada. A pesar de ser un ámbito que exige mucha sociabilidad, pude alimentar mi mundo interior, mantener mis espacios íntimos y días de silencio para escribir. Abrirse a otras culturas siempre nos expande. Se aprende mucho. El único sinsabor era ver el absoluto desinterés de algunos por dar a conocer nuestro país y trabajar seriamente en eso.
¿Se le acabó el mundo cuando le dijeron que tenía cáncer?
No. Acepté de inmediato el cáncer de estómago y eso me salvó, unido al amor de mi familia, mis amigos y la fe. Son momentos en los que la fuerza del amor se hace palpable. Así me entregué a visualizarme sana en el futuro, como hoy lo estoy.
¿Cómo surgió la idea de su libro ‘Cuatro mujeres imprescindibles’?
Precisamente ese era un sueño. Sabía que me faltaba mucha investigación, lograr mayor intimidad con cada una de ellas, meterme en su piel. La idea nació de mi fascinación por el Oriente. Encontrarme los diarios de una viajera que atravesó los Himalayas a pie, disfrazada de mendiga, me inspiró el deseo de novelar su vida y la de otras mujeres que me habían conmovido por su singularidad.
¿Qué quiere decirles a los lectores sobre estas magníficas protagonistas de la historia?
Que ojalá las conocieran. De todas destaco su singularidad y valentía. De Alexandra, además, la obstinación por lograr su sueño y afrontar lo que fuera, su hambre de conocimiento, su amor por la soledad y su libertad. De Lou Andreas Salomé, la lucidez para vivir auténticamente y descubrir en el amor algo que aún en el siglo XXI no hemos visto bien. De Tina Modotti, el gran talento de fotógrafa, su ingenuidad, que la arrastró al militantismo político por Stalin, y su personalidad trágica. De Isabel Eberhardt, la pasión, su locura por el Sahara y su enorme sensibilidad que la llevó a la desmesura.
¿Con cuál de ellas se identifica más?
Con Alexandra, sin duda. Por ser viajera, por su amor a la soledad y al silencio, su obstinación, su coraje, su hambre de sabiduría y su gozo en las inmensidades naturales, que despertaban en ella un sentimiento místico y a la vez erótico.
¿Está escribiendo un nuevo libro en donde las mujeres son protagonistas o su próximo libro es de poesía?
Estoy escribiendo una novela sobre una ciudad perdida, una ciudad inexistente que es la protagonista y la obsesión de los personajes. Hombres y mujeres que viven diversas experiencias ligadas siempre al viaje, al exilio, a la búsqueda, al arraigo, a la nostalgia y al deseo por esa ciudad en la que anhelan vivir y que a la vez añoran como si ya hubiera existido. Tengo libretas y libretas llenas de poemas y textos que llevan en el “congelador” un buen tiempo. Habría que revisar con rigor y ver si puedo extraer un libro de poesía. No lo sé.