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Gay Talese es, sin duda, uno de esos personajes a quien admiro y con quien me imaginé —incontables veces— tomando una taza de té a sabiendas siempre de que eso ‘nunca iba a suceder’ y de que probablemente era mejor no correr el riesgo de romper el encanto.
Aunque prefiere el café al té, Talese es tan impecable como los textos y trajes por los que se lo conoce. Como el gran periodista que es, me interrogó sin compasión durante 15 minutos y supo toda mi historia con esa habilidad de quien intuye y acierta y, sobre todo, de quien sabe unir los puentes entre lo dicho y lo que se ha dejado de decir. Con ello —y respondiendo a mis preguntas sin complejo de grandeza ni trazos de indignación (porque, al fin y al cabo, ¿qué obligación tenía de establecer lazos con la ‘jovencita’ que le fue asignada en este país al sur de la frontera?)—, Mr. Talese (como lo llamé casi hasta el final) anuló en un instante los casi sesenta años de edad que nos separan y que, de otra manera, hubiesen podido hacer mella durante los tres días que habríamos de estar juntos.
A punta de sándwiches de salmón ahumado (su favorito), de capuchinos que deja enfriar sistemáticamente y de dry martinis que deben ser hechos a su manera, nos volvimos amigos. Y sí, uso la palabra amigos no por ingenua sino porque es la adecuada, porque compartimos espacios y momentos íntimos, porque conocimos no sólo nuestras historias sino nuestras mañas, porque nos tomamos de la mano para huir de la multitud y hablar de los agentes del Servicio Secreto y la puta en Cartagena, porque mi nombre entró a figurar en los famosos recortes de cartón de camisas que Gay Talese carga en el bolsillo de su chaqueta y porque él, en cierta medida, se convirtió en el padrino que nunca tuve y al cual voy a poder ahora acudir en las calles del Upper East Side en Nueva York.
“Uno es tan verdadero como su habilidad para permanecer verdadero”, me dijo en su última noche, y debo decir que Talese, de entre todos los grandes, logró hacer de él mismo lo que hizo con sus letras: mezclar realidad y técnicas de ficción porque, “al fin y al cabo, se trata de la vida y nada más”.