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De paseo por San Telmo, el barrio de Mafalda

Joaquín Salvador Lavado, ‘Quino’, dibujó toda la serie de Mafalda, conformada por más de 1.900 ilustraciones.

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Juan Carlos Garay * / Especial para El Espectador, Buenos Aires
25 de octubre de 2009 - 03:00 a. m.
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La historieta nació en 1964 y su autor dejó de realizarla en 1973, después de haberle prestado sus padres y su casa. En el cruce de las calles Chile y Defensa, en Buenos Aires, está el monumento elaborado por el artista Pablo Irrgang.

Contrastando con el imponente obelisco que se eleva sobre la Avenida 9 de Julio, la ciudad de Buenos Aires tiene ahora una nueva atracción para conocer. Es pequeña. Tiene apenas 80 centímetros de altura (y el obelisco 80 metros), pero podría llegar a vencerlo en popularidad porque se relaciona con la infancia de casi todos nosotros. En el tradicional barrio San Telmo, más exactamente en el cruce de las calles Chile y Defensa, se inauguró una estatua de Mafalda.

En un mundo en que la mayoría de los monumentos están dedicados a próceres militares y políticos, encontrarse con el homenaje a un personaje de las tiras cómicas resulta refrescante… y justo. Mafalda fue la conciencia social de los años sesenta y luego, en múltiples reediciones, ha sido leída como cuento infantil, pero con altas dosis de inteligencia y espíritu subversivo. La estatua es en colores: el vestido y el moño de la niña son verdes. Y a media cuadra de distancia hay una placa que dice “Aquí vivió Mafalda”. Es el sitio donde el dibujante Joaquín Lavado Quino la creó y la sostuvo desde 1964 hasta 1973.

Quino dibujó toda la serie de Mafalda (más de 1.900 tiras) en el edificio situado en el número 371 de la calle Chile. No es coincidencia entonces que, en esas viñetas en que la niña se sienta a mirar hacia la calle, el portón que aparece tenga el mismo número. Quino puso a Mafalda a vivir en su propia casa, en un acto que tenía que ver menos con el cariño que con el pragmatismo: como tenía que entregar todos los días un dibujo, casi no salía de su apartamento. Los modelos más cercanos para dibujar puertas, ventanas, fachadas, tejados, calles y esquinas eran los que estaban ahí, en el barrio San Telmo. Dicen que el Almacén Don Manolo existió realmente, a una cuadra de la casa de Quino, pero ya en ese asunto hay más leyenda que certeza.

¿Cómo era la rutina del dibujante? En una entrevista concedida al periodista Rodolfo Braceli en 1987, cuenta: “Me levantaba a las ocho. A las nueve y cuarto me ponía a pensar la idea. Me daba tiempo hasta las cinco de la tarde. De las cinco de la tarde a las nueve de la noche hacía el dibujo. Así por semanas, por años”.

Lo cierto es que, con ese ritmo de trabajo, la vida de Quino y la de Mafalda se entremezclaron y casi se convirtieron en lo mismo. Igual que don Alonso Quijano se volvió loco de tanto leer, don Joaquín Lavado casi enloquece de tanto dibujar. De repente, Quino ya no sólo les daba su apartamento a Mafalda y sus papás, sino que también les daba su tiempo: el día de la semana, el mes del año en que viven estos personajes se correspondía con el de la verdadera Buenos Aires. Por eso hay tiras que hablan de la llegada de la primavera, el verano, las vacaciones.

Sigue diciendo Quino en aquella entrevista: “El día más terrible fue uno en que las horas pasaban y yo en blanco, completamente en blanco. Entonces fue cuando decidí que Mafalda iba a tener un hermanito. Al poco tiempo cerró el diario donde publicaba la tira… y entonces me evité la internación de la mamá de Mafalda, la clínica y todas esas cosas”. Cuando Mafalda se suspende en diciembre de 1967, la mamá estaba embarazada. Cuando la tira reaparece, en el semanario Siete Días Ilustrados, han pasado seis meses y ya Guille (el hermanito) duerme tranquilo en su cuna. Es como si los personajes hubieran seguido viviendo en una dimensión temporal intacta, aun cuando nos hayamos perdido varios ingeniosos chistes sobre la internación y la clínica.

Hoy, que los tiempos de Mafalda se ven lejanos —sin Vietnam y sin The Beatles—, en las calles del barrio San Telmo se respira cierto aire atemporal. Es un sector tranquilo y medio bohemio, de arquitectura clásica y callecitas adoquinadas. Típicamente se llena los domingos porque se vuelve mercado artesanal para peatones, pero la esquina exacta donde hoy está la estatua de Mafalda ha vivido un nuevo aire. En un fin de semana hay que hacer fila para retratarse con esta niña terrible, que en su versión escultórica parece más tierna. No está en un pedestal, sino en un banco; unas niñas juegan a tocarle la nariz.

Los negocios de la cuadra han aprovechado el auge, desde luego, pero dicen que no esperaban tanta afluencia. Emiliano Rektor, de la tienda de artículos fotográficos que ahora vende también postales, tazas y llaveros de Mafalda, comenta todavía incrédulo: “De Colombia, Brasil, Chile, Venezuela, incluso de España, vienen y preguntan por Mafalda. Se ve que tuvo una repercusión grande”.

Por su parte Quino, a veces más molesto que modesto, ha pretendido restarle importancia a su personaje diciendo que representa solamente diez años del total de su creación. En varias ocasiones ha adjetivado esos años, llamándolos “extenuantes” y “opresivos”. Pero aquella tarde de domingo en que se hizo presente para la inauguración de la estatua, dejó escapar una frase que a muchos por primera vez nos reveló su amor paterno. Cuando ya se hacía de noche, antes de irse, la miró por última vez y confesó: “Me impresiona dejarla ahí solita”.

* Periodista y escritor.

Por Juan Carlos Garay * / Especial para El Espectador, Buenos Aires

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