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De un hombre que siempre viste pijamas

En 1953, con 600 dólares prestados, creó la revista que revolucionó el mundo erótico en Estados Unidos. Amante experto, exitoso empresario, motor de la revolución sexual, sibarita irremediable, Hugh Hefner, el genio detrás del conejo.

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Juan David Montoya Alzate
19 de febrero de 2008 - 03:44 p. m.
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Qué podría salir de un hijo criado en una familia de puritanos, con un altísimo coeficiente intelectual de 152 y que se conserva virgen a los 22 años? Quién podría saberlo, pero en el caso de Hugh Hefner ocurrió que se convirtió en un multimillonario que con su revista aportó a la revolución sexual de todo un país y creó un emporio corporativo, único, cimentado sobre kilómetros de piel.

En una entrevista para la televisión norteamericana, Hefner, ya en su plácida vejez, explicó que había rehusado dejar colgada la pijama en su armario desde el día en que se dio cuenta de que podía darse el lujo de vivir el resto de su vida en pantuflas, embutido en ropa de dormir y con una pipa en la mano. El genio detrás de la revista erótica más conocida de Estados Unidos, ya era un hombre de negocios que había conquistado el mundo porno, el mundo corporativo y el mundo de las mujeres. Su apariencia no le robaría un cuarto de dólar.

La imagen de Mr. Playboy en pijama es casi tan reconocida como el conejo en esmoquin que sirve de logo para su revista. Según el equipo de producción de Playboy Colombia, el coqueto mamífero ha convertido a la marca en la sexta de mayor recordación en todo el mundo.  

Pero si permanecer en ropa de dormir cada día provoca las más obvias envidias, no es menor la que produce su récord de amoríos. Con su revista y sus audiciones privadas, su lecho se convirtió en el más codiciado de Estados Unidos, quizás del mundo. Las más bellas mujeres ven en él la oportunidad de llegar a la portada de la revista, al dinero y a la fama. Enero, Febrero, son mujeres que se les conoce por el mes en que aparecieron desnudas, pero de las que difícilmente se recuerda su nombre. Para ‘Hef’, como le dicen los amigos, la conejita del mes que ocupe el desplegable de las páginas centrales, tiene que evocar la época de la adolescencia, de la fantasía, como “la chica de enfrente, pero sin ropas”.

Incontables hombres también quisieran estar en la cama de la mansión Playboy, pero en el lugar de Hefner. Según dice, han sido miles las mujeres que han pasado por su lecho. Si de alguien se pueden creer los alardes en cuanto al número de mujeres que ha llevado a la cama, es precisamente de él. En los últimos años ha tratado de disminuir lo épico de su historia amorosa con un toque de sospechosa modestia: “Lo que realmente importa no es la cantidad, sino la calidad”, ha dicho en varias ocasiones.

Ahora es la portada de esta sección cultural, mañana encabeza una sección de negocios o se convierte en la atracción del reality show del canal E Entertainment, en el que convive con su trío de despampanantes novias, que  entre todas suman apenas tres años más que él que tiene 81.  “Mi vida es un libro abierto... con ilustraciones...”, dijo alguna vez a la revista Esquire.

El negocio del conejo

De la estricta idiosincrasia metodista, propia de sus padres, quedó poco cuando la revista se convirtió en el monstruo financiero de los sesenta. La pareja de inmigrantes dejó de lado su pudor por el sexo cuando comenzó la danza de los millones que les trajo la revista de su hijo. “Playboy es el antídoto contra el puritanismo”, había sentenciado Hugh. Mr. Hefner, un contador alemán, prestó sus oficios a la compañía, mientras su esposa, una maestra sueca, se convirtió en una de las mayores accionistas. Mil dólares que había prestado a su hijo en los inicios de su disparatada aventura terminaron convertidos en millones.

Todo ello empezó en 1953. Para entonces, ‘Hef’ acababa de salir de una empresa de la que renunció porque no le dieron un aumento de cinco dólares. Ya contaba con estudios en psicología, había estado en los últimos meses de la Segunda  Guerra Mundial y había cursado un doctorado en sociología de la Universidad de Northwestern. Su tesis abordaba el tema de las leyes sexuales norteamericanas, que para la época condenaban el sexo oral hasta de las parejas casadas. Es un convencido de que debe su gran fortuna a las represiones sexuales y tabúes de la sociedad norteamericana que todavía hoy permanecen.

En el pico de mayor gloria, Playboy llegó a vender más de siete millones de revistas. Ahora el tiraje se ha reducido a la nada despreciable cifra de tres millones, pero el negocio lo complementa la televisión por cable, la web y su impacto comercial a nivel internacional. “Lo que pasó –explica Hefner– es  algo que nunca pude haber imaginado.

Para  la primera revista, Hefner pidió prestados 600 dólares, de los cuales gastó 500 en una sesión fotográfica con Marilyn Monroe. La niña rubia de Los Angeles que tanto luchó para que el viento no arrancara sus faldas y dejara ver sus muslos, no tuvo problema en mostrar su pecho desnudo sobre un terciopelo rojo. En 1949 Norma Jean Morteson todavía no era Marilyn, no tenía fama ni dinero y la joven de Los Angeles cedió ante las tentaciones de la lente.

En diciembre de ese año se publicó la primera Playboy, sin estar fechada siquiera. Hefner dudaba de que la segunda edición de la revista viera el nuevo año. El nombre había sido tomado de un caricaturesco auto que se ensambló en Nueva York entre 1946 y 1949: el Playboy convertible.

Desde el segundo número, un conejo con esmoquin adornó las páginas. El diseñador, Art Paul, estuvo tentado a cambiar el tierno animalito por un venado. Quién sabe si hubiera estado al frente de la dirección artística por treinta años de haberlo hecho.

En apenas dos años, Playboy ya había extendido su franquicia a todas las áreas del entretenimiento. Cines, servicio de limusinas,  casinos, hoteles y fruslerías de todo tipo hacían parte del inventario de la compañía. Playboy volaba tan alto como el ‘Big Bunny’, el jet privado color negro de Hefner que simboliza el estilo de vida que el excéntrico multimillonario impuso.

Hasta 1974 la mansión orgiástica  de Hefner había estado ubicada en el último piso de un rascacielos de Chicago, en el cuartel de Playboy Enterprise, desde donde Mr. Playboy dirigía su compañía. Después de hacer parte de la empresa a sus padres, Hefner dejó las riendas de su empresa en manos de su hija Christie Hefner. Hoy en día la fortuna del rey de las pijamas de satín está avaluada en 300 millones de dólares y se siente con vía libre para dedicarse a lo suyo: a sus conejitas y a su mansión en la 10236 de la calle Charing Cross de Holmby Hills, en la ciudad de Los Ángeles.

Algunos creerán que el ego –y quizás algo más– de quien se sospecha ha sido uno de los mejores amantes de la historia ha decaído con la vejez. No obstante, con la misma franqueza con que aborda la revolución sexual o la liberación femenina, Hefner habla del uso del viagra. “Es la mejor droga legal de recreación que hay para los hombres. Nos libera al igual que las píldoras para el control natal lo hicieron con las mujeres”, dijo a la revista Time en 2006.  

Empresario, genio, visionario, romántico, hedonista soberano, mil remoquetes más. Pocos creen que la vida de Hefner, con sus bacanales desmedidos, con sus cientos de mujeres, pudiera representarse con un bolero. Porque si algún calificativo ha faltado en esta nota es porque no hay quien pueda confirmar lo que tanto ha dicho: que tanto en la cama como fuera de ella, es precisamente un romántico sin remedio que no ha cambiado un ápice desde los 22 años, cuando perdió su virginidad.

‘Colombian rabbit’

Primero fue Soho, luego Don Juan y, ahora, Playboy. Tres revistas para hombres que compiten por un mismo mercado. La revista del conejo le apuesta a su comprobada fórmula sin que hablar de sexo sea determinante porque, supuestamente, el hombre Playboy ya sabe de eso. “Llevamos 54 años en el mercado y no competimos con las revistas que hay en el país porque ¡Nosotros somos Playboy!”, dice confiado el coordinador editorial para Colombia, Marlon Rodríguez.  Con el respaldo de la franquicia Playboy, que incluye revistas en 25 países del mundo, y la introducción de conejitas criollas, está listo para lanzar, esta semana, su número uno en Colombia.

Por Juan David Montoya Alzate

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