El camino hacia la luz comenzó para Fernando Cano Busquets en la oscuridad del laboratorio de revelado, entre las cubetas con químicos, las máquinas para ampliar y las lámparas que en contenidas ráfagas rasgaban la fotografía de la blanca nada del papel.
Un oficio que se le reveló a través de la técnica: un amor que arrancó por los procedimientos para entregarse luego como una pasión que lo llevó a convertirse en fotógrafo a punta de pulso, observando el rigor del oficio en las manos de maestros como Francisco Carranza o Carlos Caicedo.
Toda primera vez entraña algo de trauma y también de suerte. Era fin de semana y los demás fotógrafos de El Espectador se encontraban ocupados con otras tareas. Cano tenía una máquina análoga, con película a blanco y negro y en el día tenía que ir al autódromo (rollo con 36 fotos para ese lugar) y a otro encargo: “una lagartada en Cota, Cundinamarca, de alguno de los reporteros del diario”.
Tomó posición en el autódromo para la actividad principal de la tarde. Observó algo a través del visor, aunque no alcanzó a captar completamente qué era. Obturó. Siguió luego para Cota.
Al volver al diario, a eso de las 7:00 p.m., el editor de fotografía se contuvo para no abrazarlo. Su fotografía mostraba un choque espectacular en la carrera del día. La foto saldría impresa en el periódico del siguiente día.
Un lanzamiento en frío de una carrera que lo llevaría a ser reportero gráfico del diario, al menos por un tiempo. Luego vino el narcotráfico y con él Pablo Escobar y su enconada sevicia contra el país y contra El Espectador. Guillermo Cano, padre de Fernando, fue asesinado en frente de las instalaciones del diario y nada volvió a ser igual para nadie.
Memoria de la tierra
Diario de una pasión (parafraseando el libro de Darío Jaramillo Agudelo) podría ser el subtítulo de la nueva exposición de Cano, que con el nombre de ‘Pueblo’ recoge una de las obsesiones más grandes del fotógrafo: la vida en el campo.
Esta es una perspectiva de la historia de la tierra, una crónica visual que se sumerge en el campesino, en sus manos cuarteadas por la edad y el viento helado de las madrugadas y la aspereza de la soga y los costales; en los pequeños momentos que suceden lejos de la mirada del turista, pero que se entregan plenos para aquellos que buscan, esperan y obturan.
Es una historia personal, en todos los sentidos del término. En primer lugar, porque su foco es la gente: no es una exploración del paisaje (aunque también hay algo de esto), ni un estudio abstracto del pulso de la geografía rural. Y, en segundo, porque el campo es un asunto que corre profundo en Cano, una temática íntima, casi una obsesión.
La cosa pasa por Juan Rulfo y sus personajes que, en algún lugar lejos de las ciudades y el progreso dosificado a punta de automóviles y gasolina, se deshacen de su alma por medio de suspiros. Entre las haciendas y los ranchos, en una eterna tensión entre la riqueza y la pobreza, el hombre detrás de Pedro Páramo le da vida a los muertos en un universo que desde lo rural abarca toda la humanidad.
El poder de ese engranaje sobrenatural, pero profundamente entrañable, llevó a Cano en un viaje de juventud por México en el que buscó el rastro de la vida de esos campesinos atormentados por los muertos en un país que se alzó desde el campo para pedir revolución a punta de fusil.
El viaje continuó en Colombia, principalmente por Boyacá. Atravesando varias décadas, Cano ofrece su perspectiva del campo, una mirada poblada de sombras y altos contrastes, de retratos logrados con el acercamiento de un reportero: no es fotografía comercial, sus sujetos no son productos, sino piezas centrales de unas vidas a las que el fotógrafo llega como testigo, como agente externo que, a través de un punto de vista, produce una historia.
El oficio de Cano como fotógrafo es un asunto pausado. Esta palabra funciona en varias dimensiones, pero se acoge especialmente a su carrera como reportero gráfico, un asunto que abandonó durante 20 años, mientras se sumergió en el funcionamiento de El Espectador (más aún después del asesinato de don Guillermo Cano) y desarrolló una carrera del lado de la escritura. En esos años, su equipo de fotografía (que incluía cámara análoga, por supuesto) resistió el paso de los días guardado, en el olvido de las prioridades.
‘Pueblo’ es, entonces, un escalón más en el camino de vuelta al cultivo de la luz. “Yo me fui de la fotografía y al volver sigo conectado en donde me quedé: con las historias de la gente”.
Sus fotografías llegan en un blanco y negro bien trabajado que le entrega al espectador un mundo rico en texturas, que aprovecha los elementos del entorno para encuadrar y enriquecer a sus sujetos. Lejos del discurso técnico, esto se traduce en imágenes en las que el contexto en el que fueron tomadas carga con buena parte del discurso de las mismas: una pared agrietada y áspera se torna elocuente, indispensable, quizá.
“Sentirás que allí uno quisiera vivir para la eternidad. El amanecer; la mañana; el mediodía y la noche, siempre lo mismo; pero con la diferencia del aire. Allí, donde el aire cambia el color de las cosas; donde se ventila la vida como si fuera un murmullo; como si fuera un puro murmullo de la vida…”, escribió Rulfo en Pedro Páramo.
El método para atrapar lo importante es la sutileza. El método para percibir el murmullo es la paciencia. Las fotografías de Cano presentan composiciones limpias, acaso simples; el discurso es, tal vez, más potente por obra de este mecanismo. Su lenta aproximación a un tema que lo ha rondado toda la vida le permite descubrir escenas que, si bien no son inéditas, sí llegan cargadas de una suerte de virginidad: mujeres en un patio antes de hacer la Primera Comunión, el gesto de una campesina mientras conversa con un hombre (la fotografía se titula ‘Últimas noticias’), un niño que observa a dos niñas desde el extremo de una banca.
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