Primero fueron los sones y los danzones, el chachachá, cuando era pequeña y sus abuelos, que vivían en Cuba, llevaban a su hogar en Estados Unidos música en casetes y bailaban. Desde entonces ya pareció sencillo discernir, por lo menos, un pensamiento claro: la música cubana, la de sus padres y la que ella escucharía de tiempo en tiempo, era para bailar y gozar, tal vez para restarle dramatismo a la existencia. Lisette Oropesa supo de la música, también, porque en su familia no había más que canto. Cantaba su mamá, cantaba su papá, cantaban sus tías y cantaban sus hermanas. Ella cantaba, sí, pero prefería la flauta y por eso dedicó diez o doce años a tocarla: día a día, nota tras nota, aprendió en principio a leer música, una práctica que le daría algo de ventaja en el futuro.
Quería ser diferente a su madre, que cantaba, y a su padre y a sus tías y a sus hermanas. Por eso prefería la flauta. Pero quien es, es y no puede dejar de ser. También Oropesa tenía una voz particular, la suya propia: desde entonces, hace poco más de siete años, entendió que no había otro modo de cantar que con su propia voz, con la que tenía en el momento que debía cantar, y aprender a manejarla y a encontrar los matices más singulares era su tarea esencial.
Insistente, siguió estudiando flauta hasta que llegó a la universidad y presentó una prueba de canto. Ya su madre le había dicho, en un tono consolador: “Lisette, tú vas a tener más éxito cantando que tocando flauta. Discúlpame, pero es verdad”. Y entonces Oropesa obedeció su consejo y se presentó. La muestra fue básica, con su voz de siempre modulada en cierto tono. “Como cantante puedes obtener más satisfacción. Siendo flautista vas a estar metida en una orquesta”, le había dicho su madre. Y acertó. Al terminar, alguien le dijo: “Ay no, chica, tú tienes que cantar”.
Dejó la flauta, pues cantar requiere tanto esfuerzo como tallar una rígida piedra y convertirla en una escultura adecuada, y los concursos y papeles fueron llegando: una participación breve pero ansiosa en Idomeneo y una interpretación extensa y azarosa en Las bodas de Fígaro, que le sumó cierto éxito y una crítica favorable en el New York Times y la forzó, por cuenta de la dicha y la suerte, a cantar todo un papel que en principio había sido un reemplazo.
Luego vino La Rondine, que ya conoce desde el colegio e incluso interpretó en la universidad: una ópera menospreciada de Giacomo Puccini que después tuvo una popularidad que era casi devoción. Oropesa sólo tenía un propósito: tenía claro que la música era su vida (en ella creció), entonces quería hacerla bien. “Siempre trato de cantar con mi voz —dice—, con la voz que tengo hoy. No con la voz que quisiera tener o la que tuve el año pasado, sino con la voz que tengo hoy”. Hoy tiene treinta años y ha estado en óperas como Rigoletto, Siegfried, Falstaff, Orfeo y Eurídice y Werther, y ha trabajado con cantantes como Plácido Domingo. Hoy tiene una voz suficiente para entrar en el Metropolitan y que se escuche entre esas paredes y tramoyas. Hoy, con esa misma voz, con un acento que no deja de tener aún cierto dejo cubano, Oropesa dice que la música es su vida, que es necesario que los cantantes de ópera canten y hablen en otros idiomas, que sean naturales cuando la lengua no sea la suya y no sean tampoco suyos los modos de la interpretación, que la ópera es para hacer teatro y drama y la música cubana para bailar y gozar. Y entre ambas se volvió cantante.
La Rondine estará hoy en varios teatros de Cine Colombia a las 11:00 a.m. Consulte programación y precios de boletas en www.cinecolombia.com.
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