Al principio de los años noventa, mientras se gestaban las grandes revistas de cómic colombiano de esa década como ACME y Agente Naranja, unos pocos coleccionistas recorrían los barrios populares y los pueblos en busca de los últimos rastros de las cuenterías, bibliotecas de cordel donde se vendían, alquilaban y cambiaban historietas de todos los géneros. En estos locales muchos recuerdan haber aprendido a leer, o mejor, haber aprendido a disfrutar la lectura.
Si bien, como afirma Daniel Rabanal, el desarrollo de la historieta en Colombia es tardío con respecto a países como Argentina y México, lo cierto es que a partir de los años sesenta el mercado de las revistas de cómic en nuestro país empezó a ser importante por cuenta de la distribución de títulos de editoriales mexicanas como Novaro y EDAR. En la década siguiente, empresas nacionales como Epucol, Edicol y Cinco empezaron tanto a reimprimir material mexicano como a comprar derechos directamente de editoriales norteamericanas como DC, Marvel, Dell y Disney.
Entre las series más recordadas por los lectores de esas décadas están: los superhéroes Batman y Superman y los mexicanos Kalimán, Orión, Águila Solitaria y Starman; series de aventuras como Tarzán, Turok, Fantomas y Garra de Acero; y personajes como Don Gato, Periquita, Memín y Archie. Además, las fotonovelas del Santo y de Corín Tellado ocuparon un lugar importante en este mercado.
A mediados de los ochenta, el declive de la Editorial Novaro, empresa que en su apogeo distribuyó cómics en toda Hispanoamérica, afectó el mercado colombiano. Si bien Editora Cinco tomó el control de la mayoría de los títulos importantes, hacia el final de la década la oferta de historieta en el país era casi inexistente. De igual manera, las cuenterías dejaron de ser rentables tal vez porque sus usuarios terminaron privilegiando la inmediatez de la televisión.
Sin embargo, vale la pena preguntarse por qué estos espacios de lectura y diversión desaparecieron tan rápido. Por qué, además, no quedó un recuerdo más visible de su impacto en nuestra sociedad. Una explicación posible es que en su mayoría, las cuenterías ofrecían material creado en México o en Estados Unidos. Por ejemplo, cuando en 1969 un grupo de autores colombianos trató de competir en el mercado del cómic con la revista Superhistorietas se vieron superados por la capacidad de distribución y recordación de los productos importados. Por eso, cuando los coleccionistas lograban comprar las colecciones completas de estas bibliotecas de cordel, muy de vez en cuando aparecía un número de Mini-monos o La capitana o Montecristo de Jairo A.
A pesar de que las temáticas y los estilos de los creadores contemporáneos distan de los manierismos de las revistas masivas de antaño, la ingratitud del olvido es la lección clave que le dejan las cuenterías al panorama actual del cómic colombiano. Este es un buen momento para la historieta local porque cada vez hay más autores, editoriales y eventos, sin embargo, ¿cómo lograr que estos avances perduren? La mejor respuesta a este interrogante es la reflexión que hacía el historietista paisa Truchafrita hace cinco años en el primer Entreviñetas: “tratemos de, por lo menos, dejarle el camino más fácil a los que vienen detrás.”