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'Dream of Californication'

Red Hot Chili Peppers intentó evadir, con la heroína de por medio, la industria de la música. Esta es su historia.

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Santiago Valenzuela
03 de abril de 2014 - 03:00 a. m.
Red Hot Chili Peppers es tal vez la banda más esperada de la noche de mañana. / Cortesía Warner Music
Red Hot Chili Peppers es tal vez la banda más esperada de la noche de mañana. / Cortesía Warner Music
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No pensaron la música en palabras, no buscaron la fama y tampoco la desolación. Red Hot Chili Peppers surgió en 1983, espontáneamente, sin un plan definido, con una confianza serena que se replicaba en cada uno de los escenarios. Anthony Kiedis no sabía cantar; Flea tocaba trompeta y Hillel Slovak siempre estaba “orbitando”. Quedó escrito en Funky Crime, una de sus primeras composiciones: “el funk es ciego a los colores”.

En 1984 hablaron con George Clinton por teléfono: “Somos los Red Hot Chili Peppers, somos de Hollywood, somos unos hijos de puta que rockean duro y pensamos que deberías producir nuestro disco”. Clinton pensó que meterlos en una cabina no era la mejor idea: “Los Chili Peppers son geniales en vivo, pero nunca capturarás en el estudio la loca química que tienen sobre el escenario”. Y así fue durante los primeros cinco años: presentaciones en bares y estacionamientos; Kiedis y Slovak sumergidos en alcohol, cocaína, heroína y speed.

Anthony Kiedis desafiaba al público sin remordimientos. En 1974, a los 12 años, dejó su casa en Michigan y se mudó con su padre a Los Ángeles. Lo acompañaba a bares, moteles, barrios de mala muerte y conciertos de rock. Pasaba las noches sentado en el Rainbow Bar and Grill: “Keith Moon, el legendario baterista de The Who, siempre intentó que me sintiera a gusto. En mitad de esta caótica y desenfrenada atmósfera de vida fiestera donde cada uno estaba chillando, gritando, esnifando e inhalando drogas, Moon se tomaría ese momento para estar tranquilo y tomarme bajo su brazo y decir, ‘¿Cómo estás, niño? ¿Estás pasándola bien? Deberías estar en el colegio o algo. Me alegro de que estés aquí, de todas formas’. Eso siempre quedó en mí”.

Quedó en Hillel Slovak también. Después de salir desnudos a tocar en los bares, cada uno buscaba a los dealers personales. En la gira de Freaky Styley, álbum que finalmente produjo George Clinton, la banda se derrumbó: “Ambos sabíamos que estábamos en un punto de nuestras vidas en donde había que actuar o morir”, escribió Kiedis en su autobiografía, Scar Tissue. En la atmósfera sofocante hicieron un cover de Sly and The Family Stone: If you want me to stay. Slovak murió en 1988 por una sobredosis de heroína y su estilo quedó descrito en esa canción.

“Hillel era mi mejor amigo, pero yo estaba muriendo de lo mismo que lo mató”, dijo Kiedis. Estaba lastimado y no le importaba si la banda era repudiada en revistas y periódicos: “Para mí, mi vida era lo que tenía al frente, y eso era ir en este tour por Estados Unidos en una furgoneta Chevy azul. En todos los lugares que visitamos había gente, y les importaba, los hacíamos rockear y lo entregábamos todo. (…) Al ver a Flea y a Hillel tocando juntos me daba cuenta de que la música era un acto de telepatía, de que si estás parado al lado de tu alma gemela con una guitarra en la mano y él con un bajo en la suya, puedes saber lo que el otro está pensando”.

Kiedis y Flea decidieron continuar, sin Slovak ni Jack Irons, el baterista. Durante la gira del tercer disco, The Uplift Mofo Party Plan, los Red Hot tocaron en el Palacio Perkins de Pasadena: “Fui en auto al concierto, lo estacioné cerca y caminé por un parque adyacente a la avenida para encontrar un lugar para drogarme. Justo ahí, dos chicos muy contentos se me acercaron y dijeron muy efusivos: ‘Oh Dios mío, Anthony. Sólo queríamos saludar. Somos grandes fanáticos de la banda’”. Uno de ellos era John Anthony Frusciante, un guitarrista de 18 años que buscaba su estilo en el espectro de Frank Zappa y Jimi Hendrix. Flea lo escuchó tocar y de inmediato ocupó el lugar sagrado de Hillel Slovak.

Red Hot Chili Peppers necesitaba un baterista. En marzo de 1989 intentaron con Chad Smith, un tipo alto que lucía como “un pavo grandote caminando por la calle con un peinado muy malo de Guns ‘N’ Roses y ropa sin estilo”, diría Kiedis. En la audición, “Flea empezó a tocar algo fuerte, complicado, rápido e incómodo para ver si este tipo podía seguirlo. Chad no sólo lo siguió, sino que además empezó a guiarlo y le dio una vuelta. Fue más agresivo que Flea, lo hizo con elegancia y lo siguió haciendo cada vez más”. Quedó conformado, entonces, el grupo que grabaría Mother’s Milk ese mismo año.

El funk se estaba desvaneciendo. Frusciante vivía en una habitación “modesta, en sus propias rarezas, pintando, grabando, leyendo”. Flea estaba apartado, con su hija Clara. Anthony terminó grabando todas las voces desde su habitación. Chad Smith se fue del lugar porque corría el rumor de que la casa en la que se hospedaban estaba maldita. Allí grabaron Under the Bridge, la canción que describe el momento de adicción por el que Kiedis estaba pasando. Fue incluida en Blood Sugar Sex Magik, el disco que los arrojó al mundo de Hollywood que evadieron por un tiempo. El final de la penúltima canción de ese disco, Sir Psycho Sexy, anuncia lo que sería la banda siete años después: Frusciante, Flea y Smith se alejaron del funk con una improvisación desértica. En 1991 llegaron las disqueras como buitres, giras con Pearl Jam, Nirvana y Smashing Pumpkins, conciertos con The Rolling Stones y mujeres detrás del escenario. Kiedis recuerda que John Frusciante no estaba feliz: “Somos demasiado populares. Estaría orgulloso sólo de tocar en clubes, como lo hacían ustedes hace dos años”, decía.

La molestia era más profunda de lo que Kiedis alcanzaba a percibir. En Niandra Lades & Usually Just a T-Shirt, el primer LP de Frusciante, aparece el siguiente fragmento: “Tengo sangre en mi cuello por el éxito, por contar con parte de la escoria / Tan salvaje como pueda ser, me ponen a dormir”. En febrero de 1992, Red Hot Chili Peppers interrumpió su gira en Europa para tocar en Saturday Night Live, un escenario anhelado por las bandas emergentes: “He oído que John consumió heroína para ese show, pero bien podría haber estado en otro planeta porque empezó a tocar una mierda que yo jamás había escuchado. No tenía idea de qué canción estaba tocando o en qué tono estaba. Sentía que me apuñalaban en la espalda y me colgaban en frente de todo Estados Unidos mientras este tipo estaba en una esquina en la sombra tocando algún experimento disonante”. Ese año, Frusciante desapareció de los Red Hot Chili Peppers.

La ausencia de Frusciante fue una ruptura en el pensamiento musical de la banda. El concepto de Kiedis dejó de ser el de tocar en vivo sin importar si había dinero de por medio. Su vida, en 1993, se limitaba a los excesos de heroína y a un individualismo que lo alejó de los demás. Llegó Dave Navarro, el guitarrista de Jane’s Addiction, y el grupo tomó un giro hacia un rock denso que eclipsaba al funk de antes. Pasaron días y meses que se perdieron en la sangre contaminada. Esos mismos días en los que Kiedis cambió la Stratocaster firmada por los Rolling Stones por unos gramos de heroína. Días en los que recordó la frase de William Burroughs que Frusciante le dijo alguna vez: “Todo verdadero artista está en guerra con el mundo”.

Frusciante regresó a la banda en 1998 y se fue diez años después, sin odio, pero por los mismos motivos. En los premios Grammy de 2007, un periodista le preguntó qué significaban para él “las nominaciones y el éxito”, y no entendió muy bien la respuesta: “Significa que somos respetados por la industria en la que trabajamos ¿Me equivoco? Muchísima gente probablemente trabajó duro y no tiene esa aclamación. En este caso sí vendimos la cantidad de discos para ser reconocidos por los Grammy. (…) El Grammy no significa que haya alcanzado el punto más alto de mi crecimiento artístico; tal vez nadie esté ahí cuando alcance ese punto”.

John tocaba solo cuando era niño, sin mayores aspiraciones, escuchando melodías en su cabeza: “La música es algo inefable, no creo que pueda ser entendida a través de las palabras. La idea de que alguien se considere responsable de una pieza musical es ridícula... Hollywood ha perpetuado la mentira de que la imagen es lo importante, de que la imagen física de la persona y su nombre son responsables de la creación. (…) ‘¡Es Jimi Hendrix!, ¡allí está su foto!, ¡es él!’… la única foto verdadera de él es su música. Lo único que deberíamos poner en un pedestal es el trabajo de la imaginación”.

Un niño está en contacto con la fuerza que lo creó, y Frusciante sintió que en un punto empezó a perderla: “Tus padres gradualmente sofocan esa conexión con la fuerza creativa y te van tirando de cara al asfalto. Igual tus profesores, todo el sistema escolar, todo está en contra tuyo, pero la fuerza de la creatividad, la naturaleza, no trabaja en contra de ti. Está ahí y sólo debes estar listo para no juzgarte y estar abierto a lo que sea que va a venir... Nada se espera de ti, sólo tienes que estar ahí cuando suceda. No hay manera de cuantificar la imaginación ni de venderla directamente”.

Red Hot Chili Peppers cesó abrupta e inexplicablemente. Se desvaneció la idea de complacer a las disqueras y el miedo que no buscaron quedó descrito en las canciones. En el escenario dejó de importar si Flea se desconectaba o si Frusciante improvisaba un solo de guitarra. Kiedis entendió que Chad Smith siempre había sido un extraño: “Él ha estado en esta banda desde 1988, y recién a fines de 2003 me di cuenta de que cuando dejó Michigan para ir a L.A. esperaba convertirse en el líder atractivo de alguna banda. Nunca tuvimos esa charla honesta sobre sus sueños, aspiraciones y fantasías”.

Red Hot Chili Peppers tocó en el parque Simón Bolívar el 11 de septiembre de 2011. Josh Klinghoffer, el guitarrista que estuvo a la sombra de la banda en los últimos cinco años, reemplazó a Frusciante, su compañero de composición desde 2004. Miraron hacia el mismo horizonte y la música que hicieron fue archivada en las emisoras de radio. El último disco se llamó “Una esfera en el corazón del silencio”. A Klinghoffer tampoco le importa si la industria le pone un precio a sus canciones, como tampoco le importó que el público de Bogotá le recriminara por no haber tocado el solo original de Californication.

Flea admite que estuvo deprimido, que así sea visto como un payaso alguna vez ha sentido la melancolía. Anthony Kiedis dice que después de la heroína y la confusión descubrió “más de lo que podía encontrar al final del arcoíris”. La escena del bar, cuando su padre se derrumbaba ante el mundo, apareció en los últimos conciertos: “Yo iría con los adultos, sería el único niño en la multitud. Cada uno estaría borracho, bebiendo y drogándose; yo estaría sobre la pista, bailando lejos”.

 

 

svalenzuela@elespectador.com

Por Santiago Valenzuela

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