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7 Jan 2022 - 8:23 p. m.

Edgardo Román: “el galán burdo de la televisión”

Edgardo Román se convirtió en un ícono. Su gran trayectoria en teatro, cine y televisión en Colombia le dieron grandes reconocimientos.
Edgardo Román fue un actor formado en la academia, en las tablas, que representaba lo que los viejos actores representan, el arte de interpretar, de transfigurarse.
Edgardo Román fue un actor formado en la academia, en las tablas, que representaba lo que los viejos actores representan, el arte de interpretar, de transfigurarse.
Foto: Vía Instagram

Al llegar a Actuemos todo es gritos y telón. Los estudiantes deambulan descalzos por toda la escuela practicando sus rutinas teatrales. Hay atuendos y máscaras colgados en las paredes y un letrero que dice “Sin disciplina el arte muere”.

Apareció en escena el maestro Edgardo Román, uno de los actores insignia de la televisión y el teatro en Colombia.

Saludó muy amablemente. Tenía las manos grandes y fuertes, la voz grave y estruendosa. Se sentó cruzando las piernas y los brazos, tiene una sonrisa bien amplia, un lunar debajo del labio que se acentúa cuando habla con seguridad, el mentón marcado, y se le iluminaban los ojos, bien oscuros por cierto, cuando habla de las cosas que lo apasionan y lo hacen feliz, como actuar y sus hijos. Uno imaginaría que era muy serio, pero sonreía constantemente, y ya cruzado de piernas y manos mueve reiteradamente los pies.

(Le recomendamos: ¿Quién era Edgardo Román y por qué se convirtió en una leyenda de la actuación?)

Llevaba actuando toda la vida. Sus apariciones en teatro, cine y televisión son innumerables y fue galardonado con los premios India Catalina y Simón Bolívar como actor protagónico en el especial “Maten al León”, en 1990, y homenajeado por el Senado de la República por las películas El embajador de la India y La estrategia del caracol.

Sin embargo, para Edgardo Román el mayor premio era que lo creyeran actor y llegar con diversos mensajes a la gente.

Dicen que todos nacemos con alguna vocación que se manifiesta en la infancia, indicándonos el camino a seguir, y la del maestro, como lo llaman sus alumnos en Actuemos, definitivamente es la actuación. Se dio cuenta de ello muy pequeño, cuando se dejó encantar por el artificio, los trucos y la realidad simulada que veía en algunas obras de teatro presentadas en su colegio.

Crear una realidad prestada tras el telón, encantar, contar una historia e impresionar al auditorio es lo que hace que sus días sean felices. Ser profesor, ser actor y ser papá son sus mayores logros.

Iba todos los días a su academia, no solo a dictar clase. Él mismo aseguró que se volvió todo un administrador y se encargaba de cada detalle, desde la compra de colchonetas hasta investigar qué pasaba con cada alumno.

Según él, cualquiera puede ser actor si se lo propone y estudia para ello, pero no existen actores sin tablas, sin academia, y por eso era riguroso en Actuemos. “Un actor necesita mínimo cinco años de preparación para serlo”, decía, y criticaba el fenómeno de los realities que forman actores exprés.

Desde que empezó a ser popular por sus papeles en televisión, constantemente le preguntaban que cuándo iba a conquistar Hollywood. Siempre respondía que estaba esperando a que vinieran por él. Y vinieron, con la producción “Metástasis”, una serie de televisión colombiana producida por Teleset y Sony Pictures Televisión para Caracol Televisión, en la cual interpretó a Mario, un expolicía enigmático lleno de matices, como todos los personajes que interpretó, a los cuales siempre les ponía un sello personal. Como decía, “hay que ponerle un bigote diferente a cada personaje”. Entre personajes y personajes, el que más recordaba , y tal vez uno de los que le dieron las mayores satisfacciones, fue el de Jorge Eliécer Gaitán, pues tuvo un impacto impresionante en la gente, incluso haciéndole un poco de sombra al personaje real. Para algunas personas él era Gaitán, quien le dio vida en la pantalla, el Gaitán de nuestros tiempos, el Gaitán que las nuevas generaciones conocen.

Habla del rigor y la disciplina de ser actor, del rito de la actuación, un rito aprendido de otro grande, el recién fallecido Frank Ramírez, un monstruo de la actuación, gran amigo e incomparable maestro, quien nunca faltó a ningún ensayo o presentación. Se metía en el personaje desde adentro y justo cuando se lo asignaban, lo vivía, lo sentía, y como amigo y maestro impulsó siempre el sueño de la Fundación Actuemos de Edgardo Román.

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Cuando Román empezó con ese sueño, algunos afirmaban que era tan solo un indio queriendo dictar clase. Jamás le importaron los comentarios. Su objetivo era actuar y transmitir sus conocimientos.

Sin disciplina el arte muere, y no sólo el arte, también cualquier cosa que se emprenda. Esto lo aprendió desde muy pequeño, con una formación militar impuesta por su padre, que nunca asistió al teatro a verlo, hasta hace muy poco, y quien se mofaba de él cuando un titular de prensa hablaba de sus primeras apariciones en televisión y lo calificaba como “el galán burdo de la televisión”, a lo que él respondió “burdo pero galán”. Al preguntarle qué habría sido si no fuera actor, respondió muy seriamente que actor, pues no se imaginaba haciendo otra cosa. Asegura que probablemente lo hubiera complementado con el canto, que siempre le gustó, igual que la poesía.

Soñaba con morir en escena, como el dramaturgo francés Molière, célebre no solo por ser quizás el más importante de Francia, sino por haber muerto en escena durante la cuarta presentación de su obra “El enfermo imaginario” en el teatro del Palacio Real. Así se despiden los grandes, haciendo lo que más les gusta, entregando su vida a su público, escuchando por última vez los aplausos y esperando a que lentamente se cierre el telón.

Edgardo Román fue un actor de verdad, formado en la academia, en las tablas, que representaba lo que los viejos actores representan, el arte de interpretar, de transfigurarse, de ser otro en escena, tan distantes de algunos de los “actores” de ahora, fabricados en olla exprés.

Para ser actor más allá de ser bonito hay que saber actuar, y de esto sabía mucho el tal Edgardo Román.

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