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El calvario del “Paciente” colombiano

Con el documental que ganó en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara, el director bogotano sigue de cerca la historia de una madre que enfrenta la burocracia del sistema de salud para conseguir que el cáncer de su hija sea tratado.

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22 de marzo de 2016 - 10:52 p. m.
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Aunque “Paciente” se estrenará el próximo mes en Colombia, ya ha sido presentada en festivales internacionales de cine. ¿Cuál es el argumento del documental?

Cuenta la historia de una mujer que tiene que enfrentarse a la muerte de su hija de dos maneras. Por un lado, asumiendo lo que significa la pérdida de un ser querido y la lucha con la enfermedad. Por otro, la entereza con la que se enfrenta al sistema de salud en Colombia. Es una mujer que espera, que es paciente y que continúa luchando pese a que todo está en su contra. Lo que hicimos fue una sintaxis cinematográfica de planos y frases para poder componer la película. Por ejemplo, nunca se ve a la enferma, sino a la mamá que está en constante lucha. También se ve la dinámica de los hospitales, los corredores que componen el todo de la película y que no se conciben de manera independiente.

¿Por qué durante el documental no se muestra a la persona que padece la enfermedad?

La palabra paciente tiene dos connotaciones: el enfermo y el que espera, y de alguna manera, cuando uno está en los procesos de enfermedad, siempre olvida el papel del que cuida, del que está detrás del proceso. Quisimos centrarnos en ella, en la madre, y que la enferma fuera vista solamente a través de los ojos de ella, y por eso nos sentíamos capaces de contar la historia.

¿Cómo fue el proceso para encontrar la historia de Nubia Martínez y su hija?

Grabamos dentro del Instituto Nacional de Cancerología de Bogotá. Indagamos con médicos y estamentos que nos ayudaran a encontrar personas dispuestas a contar esas historias, hasta que dimos con la protagonista de la película. Sentimos que el caso de Nubia era idóneo, porque, además, se podía seguir el tratamiento de la enfermedad de su hija, que duró seis meses.

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¿Fue difícil que el Instituto Nacional de Cancerología les diera el voto de confianza para grabar?

Tuvimos que visitar varios hospitales para tantear el terreno, así que, de alguna manera, sí hubo barreras. Uno de los sesgos a la hora de establecer en qué hospital podíamos grabar correspondió a que muy pocos hospitales tienen especificidad en los cuidados paliativos o de tratamientos no curativos. Pero una vez tuvimos algunos, enfrentamos las barreras burocráticas, hasta que el Instituto Nacional de Cancerología nos abrió las puertas y pudimos grabar.

A pesar de que al inicio no contaban con la historia y los personajes, ¿tenían clara la estructura del proyecto audiovisual?

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A diferencia del guion de ficción, el guion documental es un universo en el que no hay unanimidad de criterios sobre lo que significa escribir un documental. Lo que hemos hecho en la mayoría de películas es esbozar ciertas intenciones que tenemos a la hora de contar una historia. Cuando empezamos a escribir no sabemos cómo va a ser el personaje, pero sí tenemos claro la intención y los giros de la historia.

Además de contar con el material audiovisual, han creado un producto transmedia. De hecho, cuenta con un juego y un libro digital. ¿Por qué lo hicieron así?

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La complejidad del proyecto nos daba para hablar en diferentes formatos y de diferentes temas alrededor del mismo proyecto, como cuestiones políticas relacionadas con la salud. Por otro lado, es una realidad que la gran industria del cine en Colombia es terriblemente compleja y a veces más restringida, porque no le interesa exhibir esta clase de películas, así que es realmente complicado llegar a las salas. Ahora se hacen 28 o 30 películas colombianas al año, y prácticamente no tienen visibilidad porque las tumban fácil después de exhibirlas un fin de semana y, segundo, porque se vuelven suspiros en medio de todo lo que llega de afuera. En ese sentido, un proyecto transmedia nos ayuda a hablar durante más tiempo y a generar más expectativa, a vincularlo con otros proyectos que vienen desde la sociedad civil y tener una película que perdure más, donde se pueda ver el tiempo que le dedicamos.

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El libro digital viene siendo el detrás de cámaras del documental.

El webook está pensado como una pieza metacinematográfica para entender cómo fue el proceso y cómo llegamos hasta la película. El talento de Carol Ann Figueroa hizo que esa experiencia estuviese escrita en crónica, entonces lees algo que tiene una estructura diferente a un detrás de cámaras.

¿Por qué su fijación con las instituciones sanitarias y judiciales?

Me interesa saber qué es lo que le pedimos al Estado, al que consideramos ajeno y va a otro ritmo del que vamos nosotros. En ese sentido, las tres películas que he hecho, Bagatela, Nacer y Paciente, tratan de indagar sobre la condición del ciudadano normal frente a estas instituciones.

¿Cómo fue la experiencia con “Bagatela”?

Fue la primera película que hicimos alrededor de los delitos menores en Bogotá. Estuvimos en muchas fiscalías, defensorías del Pueblo, analizando un poco lo que es ser juzgado por delitos menores. Estas personas nos relataban trozos de lo que sabían que les iba a pasar por vender CD o películas en la calle. Estaban ante un monstruo enorme que se llamaba Estado o Fiscalía. Nuestra intención no era defender estas conductas, sino entender por qué el Estado castiga estos delitos de cierta manera. En cada película hemos podido ver la naturaleza del Estado y las instituciones.

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¿Cuál es la característica que define su trabajo audiovisual?

Mis películas parten de momentos en que la vida de una persona puede dar un giro inesperado: momentos bisagras. Algunos teóricos lo llaman cine de observación, cinéma vérité o cine directo, que es la posibilidad de captar la realidad de los otros como si fueras invisible. Momentos en los que la gente no sabe si va a ir a la cárcel o no, o la incertidumbre de un tratamiento. De alguna manera, eso me ha puesto en una situación bastante respetuosa, porque estás mostrando algo que no es fácil y que el espectador agradece y con lo cual se siente identificado. Lo que sucede en este tipo de cinematografía es que juegas con dos conceptos: uno es el acceso a los sitios donde una persona normal no puede estar o no se pregunta cómo es una Defensoría del Pueblo por dentro, una Fiscalía, un calabozo o una sala de partos del Materno Infantil. Partimos de lugares a donde la gente no pueda acceder, pero también está el vínculo que se hace de lo que se creía y no es.

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¿Cómo cambió la percepción que tenía de estas instituciones?

Al principio era bastante nebulosa, por eso era importante ponerles rostros, dinámicas para tratar de entender lo que sucede en ellas. En las instituciones se ve la estratificación indiscriminada que hay en esta sociedad, donde si uno no tiene los medios para conseguir un abogado, el acceso a ciertos espacios se hace casi nulo.

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