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El deseo de la reina

Dirigida por Benoît Jacquot y protagonizada por Léa Seydoux, Diane Kruger y Virginie Ledoyen.

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Adriana Marín Urrego
27 de septiembre de 2013 - 10:00 p. m.
Esta película se estrenó en 2012 y llega a Colombia para el Festival de Cine Francés. / Cortesía
Esta película se estrenó en 2012 y llega a Colombia para el Festival de Cine Francés. / Cortesía
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Han despertado al rey en medio de la noche. Han despertado al rey en medio de la noche. Corre el rumor por los pasillos de Versalles, por los rincones escondidos, los oscuros, los que aún están iluminados. Han despertado al rey en medio de la noche y una sirvienta corre por esos pasillos. Toca una puerta. La toca otra vez. Vuelve a tocarla una tercera, con más fuerza. Sidonie Laborde se despierta sobresaltada, está en camisa de dormir, el pelo suelto. Su amiga, otra sirvienta, la informa alterada, a media voz: han despertado al rey en medio de la noche.

La Revolución francesa ha empezado, se han tomado la Bastilla y hay una lista, un número de cabezas que han de ser separadas de sus cuerpos para que pueda darse el cambio, para poder hablar del adiós. Adiós al reino como era, adiós al palacio, adiós a las personas que murieron, que siguen muriendo en París, decapitadas. Adiós a las princesas, adiós a los duques y duquesas, adiós al rey, Adiós a la reina. Ese es el nombre de la película de Benoît Jacquot que se estrenó en 2012 en el Festival Internacional de Cine de Berlín y que ahora llega a Colombia con el Festival de Cine Francés.

Adiós a María Antonieta. Eso es lo que todos en el pueblo quieren gritar. Ella, que se encierra en su palacio, lejos de todo, preocupada por sus vestidos y sus joyas, por su belleza, por su juventud, por divertirse. Ella que está lejos de ser reina, que no gobierna más allá de telas y lecturas —no sabe gobernar más que a sirvientes—, es una de las primeras en la lista que rueda por París, que ahora da vueltas por Versalles.

Ya habíamos escuchado las historias de esta reina, la habíamos visto, también, retratada por Sofía Coppola, interpretada por Kirsten Dunst, en su película Marie Antoinette. Una reina de lujo, viviendo desde el lujo y para el lujo. En bonanza, haciendo máximo uso del dinero, de la posición social que le fue otorgada desde su nacimiento en Austria. Del poder que se le entregó cuando la casaron, a los 14 años, con el futuro rey de Francia, Luis XVI.

En esta cinta la vemos en su momento de caída y la vemos diferente. No como sus iguales, de pie, sosteniéndole la mirada; la vemos como sus subalternos que la observan desde abajo. Ellos arrodillados y ella arriba, muy arriba, iluminada. Rápidamente los estatus empiezan a cambiar, se invierten. Ellos van subiendo y ella va bajando. La ven —la vemos— llorar desconsolada, sufrir de ataques de rabia, mostrarse vulnerable. En momentos de crisis los humanos no pueden ser más que humanos.

Cuando todo se cae y el respeto por los altos mandos se pierde en las cocinas, en los dormitorios de los sirvientes, y burlarse de la monarquía ya no da tanto miedo, Sidonie Laborde continúa firme en su devoción hacia María Antonieta. La sigue mirando desde abajo, como quien mira a un Dios, a un mecenas. Como se observa a alguien que se necesita para vivir. “No le niego nada a la reina”, dice en algún momento. Y eso hace, nada le niega. Laborde es su lectora, ese es el lugar que le fue otorgado dentro de Versalles, eso es lo que es. Nada más se sabe de ella.

Y esa devoción que siente Laborde, Jacquot la liga a un amor femenino, a un deseo. El deseo silencioso de la lectora por su reina que se contrapone al deseo de esa reina por una duquesa, la de Polignac, Gabrielle de Polastron. Y entonces la toma de la Bastilla, los rebeldes que se agolpan en París y el suceso del rey que da por primera vez un discurso, de pie y sin sombrero de plumas, quedan opacados por la tensión que existe entre estas tres mujeres. Las tres se unen por María Antonieta pues es ella quien, al mismo tiempo, desea y es deseada. No son gratuitas las tomas a los senos moldeados por corsés, a los cuerpos desnudos, a los rostros llenos de emoción o de dolor.

Pero Laborde no merece, del todo, el amor de su reina. Lo merece Gabrielle. “¿Has sentido alguna vez que desesperas por la ausencia de alguien? ¿Por su piel llena de juventud?”, dice María Antonieta. Y así, cuando llega el momento de tener que salvar a alguna, ya no valen los desvelos, las preocupaciones, los afanes. Ya no vale nada. Y, a pesar de darse cuenta del amor no correspondido, la devoción de Sidonie Laborde nunca se apaga. Ahí sigue, dándole fuerza, sosteniéndola, sobre todas las cosas. Sobre su propia vida, incluso.

 

 

 

amarin@elespectador.com

@adrianamarinu

Por Adriana Marín Urrego

 

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