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El dueto dinámico del folclor

Silva y Villalba se retiran de los escenarios después de 47 años de actividad musical. Durante su despedida en el Teatro Colsubsidio estarán acompañados por la Orquesta de Cuerdas Serenata Colombiana.

Juan Carlos Piedrahíta B.

07 de noviembre de 2014 - 09:53 p. m.
Silva y Villalba se conocieron en 1966, en las fiestas de San Pedro, en Espinal, Tolima. / Cortesía
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Silva y Villalba fueron contrincantes por una noche y cómplices durante 47 años. Cada quien tenía su fórmula y desempeñaba un rol específico dentro del dueto, un formato establecido para divulgar los aires tradicionales de la música folclórica del interior del país. La voz, la guitarra y el tiple se esforzaban por darle continuidad al bambuco, color al pasillo y contundencia a la guabina. Silva y Faccini, y Villalba y Guzmán desfilaban por las tarimas en los concursos y festivales más importantes de Boyacá, Cundinamarca, Tolima y Huila, y cada colectivo trataba de imponerse y demostrar que con sólo dos integrantes se podía abordar la totalidad del espectro sonoro de la región.

En 1966, ambos duetos estaban citados para enfrentarse en una heladería durante las fiestas de San Pedro en Espinal, Tolima. Cada uno tenía su repertorio montado y, sin importar el orden de aparición, se presentaron ante un público que ya comenzaba a exigir calidad y a evaluar técnicas interpretativas. Después de la participación de los dúos, los espectadores pidieron unir una voz de Silva y Faccini, con otra de Villalba y Guzmán. El experimento resultó tan armónico que después de tocar la canción Soy colombiano los apellidos de Silva y Villalba se unieron en un solo nombre lleno de equilibrio, identidad y sentido.

Rodrigo Silva, hombre nacido en Neiva, Huila (1945), quería ganarse la vida cantando rancheras y componiendo estribillos que identificaran a quienes los escucharan. Álvaro Villalba, natural de Espinal, Tolima (1932), tenía el sueño de concentrarse en la difusión de los bambucos fiesteros. Esa primera diferencia mostraría el camino ideal. No pensaban lo mismo. No sentían igual, ni mucho menos compartían ideales y utopías, pero tenían el deseo suficiente de triunfar y encontraron en la tolerancia mutua el ingrediente vital para canalizar sus energías.

A partir de entonces, plena década de los 60, empezaron a aplicar la filosofía de la “empresa”. Nunca se ven por fuera del estricto trabajo. Están juntos en los estudios de grabación, espacios en los que han montado y desmontado más de quinientas canciones y materializado unos cuarenta álbumes, así como se dan cita para sus recitales en vivo en distintos escenarios del mundo, pero tratan de no cruzarse en los ámbitos personales, a pesar de que se mueven en círculos similares. Rodrigo Silva, con todo y su carácter desparpajado, conserva sus límites y ha entendido que la reserva es uno de los bienes inmateriales que más aprecia Álvaro Villalba.

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Con la implementación de esta dinámica de respeto y tolerancia, el dúo ha recorrido buena parte del planeta y realizado giras al lado de personajes como María Dolores Pradera, Vicente Fernández, el trío Los Panchos, Antonio Aguilar y Javier Solís. Muchas creaciones de José A. Morales, Luis Alberto Osorio y Jorge Villamil, un compositor muy cercano al desarrollo del dueto, consiguieron su tiquete a la eternidad gracias a la gestión artística de Silva y Villalba, quienes consideran que el folclor del interior del país está en peligro de extinción porque los medios de comunicación les han negado la oportunidad a las nuevas generaciones de escuchar todas estas historias que de alguna manera les pertenecen.

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Pasillos, bambucos y torbellinos fueron la fuente principal para que estos dos personajes se consolidaran en los principales escenarios de Colombia, aunque también han logrado ecos importantes en otros países. En 1989, por ejemplo, fueron distinguidos como Mariscales de la Hispanidad en Nueva York, y la condecoración tuvo tanto impacto que durante un buen tiempo el nombre de Silva y Villalba estuvo acompañado por esta denominación, que hasta ese momento sólo ostentaban Pedro Vargas, Julio Iglesias, Plácido Domingo, Toña La Negra, Tito Puente y Mario Moreno, Cantinflas.

En las voces de Silva y Villalba se estrenaron canciones como Si pasas por San Gil, de Jorge Villamil Cordovez, y Se murió mi viejo, creación del propio Rodrigo Silva dedicada a su padre. Oropel, Espumas, Al sur, Pescador, lucero y río y Soñar contigo, entre muchos otros, son temas relacionados con la historia de este dueto al que le tocó competir en igualdad de condiciones con formatos similares como Garzón y Collazos y Los Tolimenses. Sin embargo, así como reconocen sin falsas modestias sus innumerables logros, también son conscientes de que les tocó animar veladas patrocinadas por Gonzalo Rodríguez Gacha, Pablo Escobar y el clan Ochoa Vásquez.

La actualidad de Álvaro Villalba está caracterizada por su poca movilidad debido a una isquemia cerebral que sufrió hace algunos años y que afectó considerablemente la condición motora de su mano izquierda, mientras que Rodrigo Silva pudo recuperarse de un cáncer en la garganta que lo acercó más a la música vernácula y por eso ha desarrollado proyectos alternos al lado de Los Hermanos Tejada, Jaime Llano González y La India Meliyará.

Silva y Villalba se despiden de los escenarios y lo hacen arropados por la Orquesta de Cuerdas Serenata Colombiana, de la Sinfónica de Bogotá, bajo la dirección de la maestra María José Villamil. Los arreglos de los temas tradicionales del dueto estuvieron a cargo de Mateo Sepúlveda, dos veces ganador del Concurso Nacional de Composición, quien se preocupó por hacer un recorrido emotivo por las distintas etapas de estos dos personajes emblemáticos dentro del folclor del interior del país.

Homenajes ya han tenido bastantes, pero para ellos el mejor reconocimiento es que sus canciones vuelvan a sonar.

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Sábado 8 de noviembre, 8:00 p.m. Teatro Colsubsidio Roberto Arias Pérez, calle 26 Nº 25-40.

 

jpiedrahita@elespectador.com

Por Juan Carlos Piedrahíta B.

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