
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
En los últimos años, cuando fue sometido a varios tratamientos médicos por infecciones intestinales, Lucas Caballero Calderón, Klim, era un hombre de poca compañía, que andaba en pantuflas y bata por toda su casa. Nacido el 6 de agosto de 1913, tomaba cada tanto, fumaba de vez en vez. De barba entrecana, pelo también de ese matiz, cejas en punta y ojos algo infantiles, Caballero solía repartir esos días entre la medicina y la escritura de sus columnas en El Espectador y Cromos. Y quizá con alguna compañía ocasional:
—Yo vivo solo normalmente —dijo en una entrevista a Daniel Samper Pizano en 1976—. Pero a ratos también estoy acompañado. ¿O usted cree que he durado 20 años haciéndome la paja?
Por ese entonces, Caballero era uno de los más reconocidos columnistas del país. Quizá el más conocido: sus columnas, que combinaban la crítica política y el humor, eran un retrato de la vida social de aquel tiempo: liberal declarado y por herencia familiar, Caballero daba golpes certeros a través de la sátira. En 1936 publicó su primera columna en El Espectador y luego pasó por El Tiempo y volvió en 1977 a su primera casa editorial. En ese lapso publicó, entre otros, libros de tono humorístico como Figuras políticas de Colombia, Epistolario de un joven pobre, Yo, Lucas y la antología de sus columnas: Klim, 45 años de humor.
Así, rodeado de humo de cigarrillo, que tomaba con sus manos de dedos flacos, Caballero escribía semana a semana sus columnas, que fueron siempre mucho más que eso. Y a su casa, como cuenta su hijo, Lucas Caballero Reyes, llegaban cantidades numerosas de periódicos. Era en esos momentos en que se sentaba y decía a su hijo: “¡Joven aún, la situación está indecentemente azul!”.
El escritor
En los escritos de Caballero el humor era apenas el primer nivel. De fondo había mucho más, como siempre sucede con el buen humor. Todo escrito es, en sí mismo, una teoría sobre cómo se escribe: Caballero mostró, a través de sus palabras, que crear humor es también un asunto de seriedad. Es un acto calculado, de modo que las palabras no pueden ser descuidadas. Es fácil verlo en textos como los que abren Yo, Lucas: las cartas que relatan su paso por Europa a Gabriel Cano, entonces gerente y nervio esencial de El Espectador, están confeccionadas no sólo como un fino antídoto para el aburrimiento (“En Suiza, las vacas y las mujeres son una campesina invitación al ordeño”, escribe), sino como una sutil pieza literaria. Las descripciones de los sucesos, los diálogos que teje y las soluciones que plantea permiten pensar en Caballero como un escritor; sabe dónde poner cada palabra y es consciente, claro, del efecto que tendrán.
El mismo papel de retratista (que Daniel Samper Pizano señaló en Klim: un vigilante armado de humor, publicado en la revista Credencial) es más evidente en Figuras políticas de Colombia, que salió de imprenta en 1945. Allí, Klim desglosa breves perfiles de personajes de la vida política del país a partir de lo que ve en ellos, de sus discursos y de sus características personales. Sobre Jorge Eliécer Gaitán escribe: “Tenía, naturalmente, la peculiar terminología de los alumnos del Politécnico. Decía que prenderse andando de los tranvías era algo ‘meco’; que los helados eran una cosa ‘número uno A’ y que había una china con unos tarros algo ‘flex’ (…) y para iniciar sus peleas provocaba al adversario con esta frase lapidaria: ‘escupa, manteco...’”.
“Tenía una finísima capacidad de observación para captar sus personajes —escribió Samper Pizano—, una imaginación alborotada para situarlos en el escenario propicio y un estilo compacto y lapidario para describir el personaje y la escena”. Esa “imaginación alborotada” también buscaba herramientas en los diálogos, plenos de referencias coloquiales de la Bogotá de los años cuarenta y cincuenta, y en la descripción física de los personajes más acostumbrados de las calles bogotanas. Tales habilidades van más allá del mero humor: Caballero escribía para cumplir con su columna de manera cabal —“uno sólo debe trabajar cuando le hace falta plata”, decía—, y en ese camino, de la risa y la crítica nacieron también bellos retratos de época.
El crítico político
Los poderosos: no doctores, dones, señores, excelentísimos. Apenas nombres y algunos apodos, varios memorables. Apodos porque la mirada de Klim no iba hacia arriba, como quien contempla al Espíritu Santo, sino de lado, hombro con hombro, sastre con bata. Claro, muchos eran conocidos, amigos de la familia, compañeros de colegio, y así. Pero la distancia entre el poder y el ciudadano se brincaba aquí con la inteligencia y la palabra. Así las cosas, más que presidentes y ministros y embajadores, eran “Compañero primo” y otros varios que terminaban en la buena comedia que montó toda la vida en sus columnas y en sus libros.
Entre líneas, en medio de las anécdotas de lo diario y rutinario, iba el golpe. Aunque el golpe también fue de frente. Duro y al oído. Y después de decir lo mismo una y otra vez del Palacio de Nariño llamaron a la plana mayor del diario. La columna, al menos esa columna, llegó hasta ahí, pero las palabras siguieron. Continuaron en El Espectador y ya estaban bien puestas en varios libros.
El mago: dícese de quien produce un efecto fantástico, pero oculta los mecanismos que fabrican la representación. Crítica política sin serlo: dos hombres conversan acerca de los problemas gástricos del tío de uno de ellos.
“—… tú, en tu propio nombre y en el de tus dos tías solteras, deberías demandar a todas las editoriales que publican libros sobre las vías digestivas...
—… yo creo que la demanda tendría más fuerza moral, ¿si me entiendes?, si la presentáramos conjuntamente, a cuatro manos, Julio César, el presidente, y yo.
—… El único pero que le veo, para serte franco, es el de que puedas pillar a Julio César. Julio César, como tú bien sabes, se la pasa viajando para huir de la inflación que él mismo provoca con sus medidas delirantes cuando está entre nosotros... Nada pierdes, sin embargo, con insistir”.
El humorista
No delicadeza, pero sí finura. La delgada línea entre burlarse de todo sin hacerlo con el humor de todos. Sus técnicas fueron variadas y sus formatos, múltiples. Pero una de sus armas más efectivas fue el diálogo, la transcripción (literal a veces) de la voz común que, una vez en la página, dejaba de ser regular, normal, para resultar hilarante: una instantánea de todos reinterpretada bajo la clave de la observación.
Un recurso notable para alguien que pasó una buena parte de su vida en su apartamento, es verdad, pero que en manos de una persona con buena memoria produjo un retrato con matices propios, el fiel reflejo distorsionado por el punto de vista, si acaso es posible la aparente contradicción de términos.
“Bogotá carecía entonces de distracciones. Era como vivir hoy en Facatativá, pero sin luz eléctrica. Cacao al desayuno, colí al almuerzo y Esther Anita por las noches. (…) Y cuando a uno de esos fieros y aburridos generales, su esposa, echándole los brazos al cuello, le decía: ‘Te tengo una buena noticia, mijo. ¿Hoy es jueves, no? Pues el lunes se viene a pasar aquí con nosotros una temporada mi mamá. ¿No te parece rico?’. Cuando esto ocurría, digo, ¿alguien puede objetar que el general, sin esperarse la llegada del domingo siguiente, se pronunciara contra el Gobierno constitucional o contra lo que fuera?”.
La burla más seria del mundo, pues entre las risas hay una mirada de Colombia en toda su grotesca dimensión; la comedia de los errores, incluso. Escribió su hijo, Lucas Caballero Reyes: “De Klim, para terminar, he aprendido la rectitud del proceder, la honestidad del carácter y la devoción y el respeto por las mujeres. Por esto y por todo lo anterior me atrevo a decir que papá es el único humorista que, en los últimos años, no ha presentado su candidatura para la Presidencia de la República”.