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El nieto de Mahatma Gandhi

Arún Gandhi enseña y defiende la filosofía de uno de los hombres más importantes de la historia.

Laura Ardila Arrieta / Lucía Camargo Rojas

11 de octubre de 2008 - 03:52 a. m.
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Cuenta Arún Gandhi que cuando tenía 12 años era discriminado por no tener la piel ni muy blanca ni muy negra. En ese entonces vivía en Durban, Sudáfrica, ciudad que lo vio nacer en 1934. La tortura duró hasta que su familia lo envió a vivir con su abuelo, Mohandas Karamchand, más conocido como Mahatma, en la India. Faltaban apenas 24 meses para que mataran al gran pensador y político.

El pequeño Arún llegó lleno de rabia. Ansiaba ser grande y fuerte para castigar a quienes lo habían maltratado y excluido. Un día, sin embargo, oyó al maestro hablar sobre la electricidad. En ese instante aprendió su primera lección acerca de la no violencia.

La rabia, dijo el abuelo, es como la electricidad. Es buena si se utiliza de manera inteligente, pero hace daño si no se sabe manejar bien.

El director y fundador del Instituto Gandhi para la no Violencia de la Universidad de Rochester, entidad que nació en 1991 y está dedicado al estudio de la filosofía de Mahatma Gandhi, sonríe mientras relata la historia. Acto seguido, se apresura a precisar que la no violencia de ningún modo significa una actuación pacifista. “Mi amoroso abuelo fue muy activo. No actuar es el pacifismo”.

El nieto de uno de los hombres más importantes de la historia es, como su reconocido pariente lo fue, un ser sencillo, de modos suaves. Visitó Colombia para asistir a un seminario en la Universidad Nacional, en Bogotá, sobre la violencia en la sociedad actual.

Dice no conocer mucho del conflicto colombiano, excepto por lo que publican los medios de comunicación de Estados Unidos, donde está radicado. No obstante, asegura que la ideología de su abuelo es muy útil para el país, porque le apuesta a construir una sociedad que sea más compasiva, donde el gobierno sea consciente de las necesidades de todas las personas y ayude a suplirlas, de tal forma que la brecha entre ricos y pobres se elimine y así exista un equilibrio.

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Una sociedad donde exista la “violencia pasiva”, que es aquella que sirve para mejorar lo que esté mal. Gandhi se refiere entonces al episodio del avión que no logró el objetivo de los terroristas en el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York. La idea de los atacantes era estrellar la aeronave contra el Pentágono —la sede del Departamento de Defensa de los Estados Unidos—, hecho que los pasajeros alcanzaron a evitar. Finalmente, el aparato cayó en un campo abierto. “Seguramente, muchas vidas se salvaron”.

Las historias del abuelo

Aún Gandhi recuerda a su abuelo como un hombre considerado, noble y muy inteligente. Ejemplo de ello es otra anécdota con la que el nieto terminó de comprender que debía manejar mejor su rabia.

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Mahatma Gandhi tenía varios programas para educar a mujeres y a niños, pero no los recursos para financiarlos (porque el gobierno británico no le colaboraba), por eso decidió vender sus propios autógrafos para conseguir dinero. Cada mañana, gente de varias religiones se acercaba a orar con él y el deber de Arún consistía en recolectar los cuadernos de los participantes y el dinero correspondiente para que, a continuación, el maestro los firmara.

“Un día pensé: Si todos tienen su autógrafo, yo, que soy su nieto, también puedo tenerlo. Así que le di mi cuaderno, junto con los otros, esperando que no se percatara de que no lo había pagado”. Sin embargo, Gandhi se dio cuenta y le preguntó: “¿Por qué este cuaderno no tiene dinero?”, a lo que Arún respondió: “es mi libro”. Mahatma Gandhi le dijo: “Yo no hago excepciones, ni siquiera con mis nietos. Si quieres un autógrafo, no sólo debes pagarlo, sino también ganar el dinero para hacerlo”. Arún le recriminó y le dijo que se lo tenía que dar. “Vamos a ver quién gana”, respondió quien más tarde sería Premio Nobel de Paz.

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Desde ese momento, el joven ingresaba a cada una de las reuniones de su abuelo con los políticos británicos y le exigía un autógrafo que Mahatma Gandhi, por supuesto, no estaba dispuesto a darle. “Pensé que si lo intentaba varias veces se iba a cansar y me lo iba a terminar dando”, explica Arún. “No recuerdo que en ningún momento se haya puesto bravo conmigo. Con esa experiencia me di cuenta de que si él podía controlar su rabia, es posible hacer una gran diferencia a nivel de la violencia”.

La misma diferencia que, más de seis décadas después de aprendida, defiende el nieto de Gandhi.

Por Laura Ardila Arrieta / Lucía Camargo Rojas

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