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La película ‘De rolling por Colombia’ se recreó en el año 52, ¿qué encontró de esa época que le ayudara a construir su personaje?
Ya tenía una tarea adelantada, porque cuando realicé la novela Amar y temer, en la que Nicolás Montero y yo éramos antagonistas, indagué sobre el contexto precisamente de los años 50, cuando a la mujer no le permitían participar electoralmente. Luego lo que vino fue la construcción de las características propias de Pacho, mi personaje, y explorar el trabajo con Andrés López, con quien no había trabajado.
¿Y cómo fue la experiencia con él?
Andrés es un tipo brillante, ágil con la mente, un gran comediante del que admiro mucho su humildad, porque ha sido quien más ha logrado, por encima de los teatreros, meter a más personas a una sala de teatro en la historia de Colombia —fue portada en las revistas Poder y Dinero, por hacer un espectáculo muy rentable— y, sin embargo, es noble y receptivo al aprendizaje, no es de los que creen que se las sabe todas.
¿Entonces por qué cree que el teatro en Colombia no logra tener aún esa rentabilidad y acogida? ¿Qué hace falta?
Bueno, lo voy a decir sin romanticismos, de una forma escueta, así me gane la censura de los colombianos, que somos excelentes señaladores y enjuiciadores de los demás: el público colombiano en general es muy perezoso. Ya nos aprendimos el discurso de “somos un pueblo en conflicto, aquí es muy duro sobrevivir” y, sin embargo, ves los rumbeaderos llenos de gente, y si les ofreces otro tipo de divertimiento que no sea jolgorio, no van. Es un facilismo mediocre.
¿La falta de formación de público podría ser también una carencia y falla por parte de las academias de formación en actuación en Colombia?
Lo que sucede es que todo es un círculo vicioso: hay un facilismo muy grande por parte de los mismos ‘actores’, porque ya nadie quiere hacer la carrera de cinco años y prepararse bien, sino hacer un cursito para estar en televisión y ser estrellas, ya; tampoco hay muchas academias serias que se interesen por la formación integral más allá del negocio y eso hace que se reproduzca esa mentalidad de querer figurar y ser famosos sin buscar un proceso de calidad.
A propósito de la calidad, ¿cómo está en ese sentido la comedia del cine en el país?
Hay mucha gente que critica con un bisturí en la mano y una antorcha en la otra. Me dan risa los cinéfilos mamertos colombianos que critican el cine de comedia que se está haciendo acá y me llama la atención porque hay muy pocos que le apuestan a hacerlo realmente, pero sí están los teóricos de lápiz y papel, que en el sentido práctico no hacen nada.
¿Las garantías que prometieron a los actores con la ley Fanny Mikey sí se están cumpliendo?
Afuera sí, aquí no. Por cada novela que se pasa en Europa, nosotros recibimos una especie de regalía, pero aquí hacen lo que se les da la gana, el trabajo del actor no es valorado en absoluto en Colombia.
¿Y cómo quedan posicionados los actores y productores de cine local frente a la reciente aprobada Ley de Cine? ¿Eso los beneficia?
Se supone que debería beneficiarnos mucho, pero hay desconocimiento del tema y eso genera que los productores e inversionistas extranjeros no se arriesguen del todo a realizar cine en el país.