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La noche del 8 de abril de 2012, Juan Carlos Godoy, acompañado por su grupo de guitarristas, se encargó de dar cierre a la edición XIII del Festival Iberoamericano de Bogotá. Una Plaza de Bolívar a abarrotar (los más optimistas hablan de 50 mil personas) entonó al unísono aquellos tangos que el cantor popularizó desde mediados de la década del 60 como Quién tiene tu amor, Obsesión y Entre tu amor y mi amor.
Pocas cosas podrían hacer más feliz a un hombre de tango.
O quizá no. Tal vez la mayor aspiración de un tanguero hubiera sido hacer parte (como Roberto Rufino, como el Polaco Goyeneche, como Alberto Marino, como Edmundo Rivero) de la grandiosa orquesta de Aníbal Troilo. Godoy se dio el lujo de rechazar esa posibilidad a principios de la década del 60 por razones que le resultaban más poderosas. “No sabía si él me estaba probando –le confió a su gran socio vocal Roberto Mancini–, pero no me podía perder el viaje con De Ángelis a Colombia, donde tenía asegurada una buena plata; algo así como 5.000 dólares”.
Desde su primera visita en 1963, Juan Carlos Godoy viajó a Colombia cada vez que lo convocaron. No hubo año en el que no fuera contratado hasta cuatro y cinco veces para presentarse en festivales locales, y fue tal el lazo afectivo generado, que terminó quedándose entre nosotros por casi 10 años. Y mientras que su propio país volvía a reconocerlo como uno de los grandes cantores sobrevivientes de la llamada Época de Oro del tango –a partir de su participación en 2004 en el proyecto Café de los Maestros, del productor Gustavo Santaolalla–, por estos lares nunca dejó de ser menos que un ídolo.
Juan Carlos Godoy pisó tierra colombiana por primera vez el 9 de mayo de 1963, como cantor de la orquesta típica del pianista Alfredo de Ángelis. Su primer destino fue Cali, donde fueron recibidos en el aeropuerto por una multitud que batía pañuelos blancos y que esa misma noche y un par más acudiría a verlos al Hotel Aristi. Una semana después hacían lo propio en el Salón Rojo del Hotel Tequendama. Decía De Ángelis: “En las ciudades de Medellín, Pereira, Manizales, para no citar sino unos pocos ejemplos, hubo desborde de manifestación de simpatía rayana en la apoteosis”. Buena parte de ese entusiasmo iba dirigido al cantor nacido en Campana, provincia de Buenos Aires, a quien unos 10 años atrás el director de orquesta Ricardo Tanturi había decidido bautizar Juan Carlos Godoy, al considerar que su nombre real, Aníbal Llanes, palabras literales, no tenía acentuación.
Ese año, De Ángelis grabó el primero de dos trabajos para Discos Fuentes, en Medellín. Según lo cuenta la hija del pianista, Isabel Gigi de Ángelis, en su libro Alfredo de Ángelis, el fenómeno social, esos discos contenían tangos “sobresalientes en el gusto colombiano, románticos y con tendencia a la tragedia”. Varios de ellos fueron grabados por Godoy a dúo con el otro cantor de la orquesta, Roberto Mancini.
Godoy y Mancini honraron su gusto por Colombia unos años después al grabar el vals Llamarada, de Jorge Villamil, en uno de los álbumes que registraran en el país, que en el caso de Godoy fueron al menos cinco.
Uno de esos discos sigue siendo materia de culto. Se trata de un registro de 1974 con el acompañamiento del Sexteto Mayor. El 28 de junio de ese año se presentó por primera vez en Colombia, en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán de Bogotá, esa legendaria formación de corte contemporáneo, la agrupación con más recorrido internacional que tuvo el tango. Por supuesto había que hacer un disco en conjunto, o al menos así lo determinó Hernán Restrepo Duque, célebre director artístico de Sonolux. Por motivos contractuales, el Sexteto Mayor tuvo que rebautizarse como Sexteto de Luis Stazo, y así tenía que ser: Stazo, bandoneonista del grupo, había hecho parte de la primera gira de Godoy y De Ángelis por Colombia 10 años atrás.
Era demasiado el cariño y aun mejor el panorama económico. Y así, a finales de la década del 70, Juan Carlos Godoy decidió sentar su base en Bogotá. Primero se le vio integrando la nómina del espectáculo Tango Show Buenos Aires 400, al lado de colegas de primer orden como Lalo Martel, Armando Moreno, Jorge Valdés y Andrés Falgás. En 1981, ya del todo asentado, amenizaba las noches del llamado Unicorn Club y del local El Gran París, en la calle 18 con carrera 84; y pasado el tiempo, en 1983 se convirtió en anfitrión y dueño de la Peña del Tango, ubicada en la carrera 8 con calle 59, a unos pasos apenas de su mayor competencia, La Esquina del Tango, vieja casona que pertenecía a la hacienda del expresidente Marroquín y que hoy continúa prestando servicio en nueva sede en el sector de Galerías.
Godoy siguió regentando ese lugar hasta que un colega suyo, el cantor Saúl Valenti, decidiera comprárselo con la condición de que siguiera cantando allí en tanto las giras se lo permitieran. Fueron años de correrías por muchos lugares, y Bogotá era un punto céntrico para visitar los Estados Unidos y el Caribe.
“Su salida a escena era apoteósica”, confirma su amigo colombiano, también cantor, Roberto Aroldi. “Le aplaudían con la misma euforia con la que se recibe a un rockero. Los hombres se emocionaban y las mujeres lloraban”. En alguna oportunidad, recuerda Aroldi, se vieron abocados a hacer tres conciertos en Pereira, Riosucio y Anserma en una misma noche, y en el trayecto perdieron el control del vehículo y casi ruedan por un despeñadero.
En lo personal, Godoy estuvo involucrado sentimentalmente en esos años con la exreina del Quindío Carlota Escobar. Ordenado, cuidadoso con su voz y abstemio, pudo darle rienda suelta en Colombia al único de sus vicios: las apuestas. El domingo era sagrada su presencia en el Hipódromo de Los Andes, a donde siempre llevaba algún dinero del que nunca se pasaba si perdía.
El cantor regresó a Buenos Aires al terminar la década, pero hasta 2012 siguió cumpliendo la cita con Colombia. Esa era su obsesión. La única respuesta posible a la pregunta “¿quién tiene tu amor”.
* Jefe musical Radio Nacional.