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"El teatro, mi primer amor"

Llegó a ese arte cuando tenía 13 años. Luego fueron el modelaje, la televisión y el cine. Esta vez participa en ‘Técnicas para amar’, obra que se presentará desde el viernes en el teatro Santa Fe, en Bogotá.

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El Espectador
03 de septiembre de 2013 - 10:00 p. m.
María Helena Doering actuó por última vez en teatro en 2003 con la obra ‘La ratonera’, de Ágatha Christie. / Cortesía
María Helena Doering actuó por última vez en teatro en 2003 con la obra ‘La ratonera’, de Ágatha Christie. / Cortesía
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¿Hace cuánto no hacía teatro?

Me alejé mucho tiempo de las tablas y hace diez años participé en la última obra, La ratonera, de Agatha Christie. Hicimos más de 120 presentaciones en Bogotá. El teatro fue mi primer amor. Empecé cuando tenía 13 años y estaba en el colegio. Montamos La casa de Bernarda Alba y La asamblea de las mujeres de Aristófanes, clásicos españoles y teatro griego.

¿Cuál ha sido la interpretación más distante de su personalidad que ha hecho?

Tal vez una prostituta (risas). Ese papel lo hice en la novela Te voy a enseñar a querer, pero tal vez ha sido uno de los que más he disfrutado, por sus matices. Se salía de todos los cánones, pues suele suceder que te encasillan. En mi caso, en la mujer correcta, de cierto estrato, pero también puedo interpretar a una prostituta (risas).

Hablando de mujeres correctas, su carrera no ha estado salpicada por escándalos como la de muchas de sus colegas. ¿Qué hace, o más bien qué no hace para lograrlo?

La fórmula es vivir una vida que para muchos puede ser la ideal y para otros muy aburrida: tengo el mismo marido desde hace 20 años (risas), una familia feliz, no me he hecho cirugías plásticas. Tengo necesidad de actuar, no de figurar en las portadas de las revistas, menos en este país que ni siquiera las pagan (risas).

¿Quién ha sido un referente y apoyo en su carrera profesional?

Muchas personas. Sin embargo, podría decir que Sandro Romero, pues a través de él empecé a amar el teatro. En la televisión ha sido muy importante Julio Jiménez, que siempre ha pensado en mí cuando escribe algo, y después, en la comedia, agradezco el día en que Fernando Gaitán me llamó para hacer la novela Hasta que la plata nos separe. Allí descubrí mi vena cómica y la disfruto mucho.

Después de estudiar literatura, ¿cómo llegó a la actuación?

Trabajaba haciendo traducciones para la Fiat en Italia y un día me contactaron para hacer un afiche. Desde ahí mi vida tomó rumbo hacia el modelaje.

¿Cómo fue esa etapa?

Maravillosa y enriquecedora, porque viajé muchísimo, adquirí disciplina, aunque no de esa en la que tienes que privarte de comer y hacer dietas. Generalmente eso me lo pasaba por la galleta (risas). Pero sí había que madrugar mucho, ser muy responsable, profesional, alimentarse bien. Fue una circunstancia en mi vida que le aportó mucho a mi carrera profesional.

¿Qué tiene de cada una de las raíces familiares: alemana por su abuelo, boliviana por su padre, y colombiana?

Me considero cien por ciento colombiana. Nací y crecí en Cali. Si tengo algo de otra parte es de Italia, allí terminé de crecer. De alemán tengo el apellido y tal vez los ojos azules, y de boliviana, el gusto por la música andina, que era una de las pasiones de mi padre.

¿Qué significado tiene Italia en su vida?

Fue el país donde ejercí por primera vez el derecho del voto y donde empecé a trabajar. Allí hice la universidad, de ahí son los amigos que hice para toda la vida, me enamoré por primera vez. Después de colombiana, soy italiana.

A propósito de la obra que presentará este fin de semana, ¿existe una técnica para amar?

Realmente no existe una técnica para el amor, sino para salvar un matrimonio aburrido. Existen trucos para conservarlo vivo: los juegos, los detalles. Pero debajo de todo, hay que querer de verdad. El que no tenga ganas de trabajarle a eso, ya no tiene nada que hacer. La obra es una invitación a revivir la llama que se va apagando con el tiempo y también un momento para reírse y disfrutar en pareja o en familia.

Por El Espectador

 

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