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El último erudito en máquina de escribir

El fallecimiento de Antonio Panesso Robledo deja un profundo vacío en los círculos intelectuales colombianos. Columnista de El Espectador durante varios años, se caracterizó por su voz independiente.

Por JUAN VILLAMIL

20 de mayo de 2012 - 09:00 p. m.
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Es factible y será justo que en el año 2112, cuando el libro impreso persista pero no la prensa impresa, algún afamado escritor colombiano publique una monumental obra biográfica sobre Antonio Panesso Robledo, Pangloss. La pertinencia de una obra así será justificada no por la muerte del erudito y también periodista, sino por el destino de su alma: ¿El paraíso? ¡No! Porque a Panesso el paraíso, lo sabemos, le importaba un bledo. Los genios no van a parar al cielo, sino a la historia. Allí, en las páginas de una enciclopedia ilustrada, el colombiano gozará en tertulias con sus admirados Voltaire, Wilde, Shaw, Chesterton. Y ellos gozarán de la sátira erudita de Panesso.

El hombre de quien hablamos, muerto este sábado a los 94 años de edad, fue uno de los pocos intelectuales colombianos que todavía sobrevivieron a la decadencia de esta, la civilización del espectáculo. Sus editoriales y columnas, diestros en el arte de camuflar contestatarias verdades a censores, por fortuna, con poca instrucción literaria (aunque, a decir verdad, al lado de Panesso cualquiera estaba poco instruido); sus programas radiales y televisivos, acaso los últimos verdaderamente culturales que se transmitieron en Colombia; y sus obras ensayísticas, antológicas, le hicieron merecer varios reconocimientos, uno de ellos el premio de periodismo Simón Bolívar a toda una vida, y otros menos efímeros, como el reconocimiento que todavía le rinden varias generaciones de lectores.

A Panesso hoy, cuando su muerte es todavía una noticia, pero también dentro de cien años, cuando será aquel magno acontecimiento literario, lo recordarán por el lúcido enmarañamiento de su pensamiento, gracias al cual se paseó sin dificultades por aeropuertos con un carné de diplomático, o por ciudades en conflicto como un sencillo reportero de guerra. Y entonces se dirá en voz baja, en medio de apócrifas tertulias de café, que quizá es sólo una hipótesis, Panesso complementaba o corregía con la misma pasión, la misma imprudencia, a los participantes de su programa concurso y a los primeros ministros de Israel.

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En sus últimos años, eso sabemos gracias a un par de entrevistas finales, Panesso, o Pangloss, fue perdiendo gradualmente la visión. Les ocurrió también a Borges y a Bach, así que tal vez no había motivos para resistirse. Pero él se adelantó a explicar que sí, había uno: un periodista no puede dictar a otro sus notas. Por eso prefirió guardar un silencio contemplativo, seguir al tanto de la traslación del mundo a través de la radio, ignorar eso que con los pulmones insuflados llamamos internet y nos parece la Biblioteca de Babel, pero que no alcanza tal título porque ignora al menos una fracción, y este es un estimado demasiado conservador, del vasto conocimiento del último erudito en máquina de escribir de Colombia.

John Donne escribió: “La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente, nunca oses preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti”. Así que, Cultura, no oses preguntar por quién doblan estas campanas.

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Panesso y la palabra

Antonio Panesso Robledo nació en Sonsón, Antioquia, en el año de 1919. Comenzó su carrera periodística en ‘El Correo’ de Medellín, donde fue primero jefe de redacción y luego director. Estudió filosofía en la Universidad de Antioquia, fue becario en la de Cambridge y en Nottingham se especializó en literatura germánica. Fue crítico literario y subdirector de ‘El Tiempo’, trabajó en radio y en dos memorables programas de televisión: ‘Cabeza y cola’ y ‘Veinte mil pesos por su respuesta’. Sus seudónimos siempre estuvieron relacionados con la literatura: El caballero de la tenaza, de Quevedo; Pangloss, de Voltaire, y Temas de Nuestro Tiempo, de Ortega y Gasset. Fue embajador en Israel de Alfonso López Michelsen y luego fue representante interino ante la ONU. De su amor por la palabra, de su reflexión por el idioma, Panesso Robledo le dijo a la periodista Ana Cristina Restrepo: “La Filología por definición es el estudio de las palabras. El peligro de eso es que se cae en el purismo. En Colombia es muy frecuente eso, sobre todo en el periodismo, se usan solamente las palabras que están en el Diccionario de la Academia. Eso es muy colombiano: esa palabra no está en el diccionario y por lo tanto no se puede usar. Yo no participo de eso. Para mí el idioma es algo vivo, la palabra que existe es la que se usa, por rara e inusitada que sea. Las palabras no salen del diccionario al uso común: del uso común entran al diccionario”.

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