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Hace cinco años se escuchó una voz emblemática al son del flamenco con sonido de calle y melancolía pop. Sus letras eran sinceras y arañaban el mundo con palabras de rabia. Como un aire fresco, llegó su primer disco, Pafuera telarañas, que vendió medio millón de copias y ganó varios premios, entre ellos, el Grammy Latino en 2005.
Ahora Bebe sigue con las mismas ganas de comerse el mundo con su música, pero en un ritmo más sosegado, menos juvenil y menos ansioso. Un torbellino de fama pasó y casi que no la deja de pie. Se fue, creció, viajó y volvió con un disco Y., que se pasea por territorios alegres, dulces, melancólicos para llegar a un final ecléctico. Su piel provocadora, su decir franco y su lengua sin pelos parecen llevar el ritmo de las 13 canciones que lo componen. Animal en el buen sentido de la palabra, así es ella, así es su música y, como dice su canción Pa una isla:
“pero el tiempo me está afinando la puntería
Y no te ofendas, que esta leona sólo te enseñó
Un poquito de colmillo, pa que no te olvides
de que con qué tipo de animal andas jugando.
Mi territorio, ni tocarlo, ni mentarlo…”.
Para Bebe esta canción, es sólo una muestra de picardía, de la que está impregnado su disco o como la última , Uh Uh Uh, que también es juerga y como comerse un bombón de chocolate negro.
El título del disco puede parecer contestatario, como queriendo decir ¿Y qué?, pero la cantante confiesa que esa no es la intención y que sólo se refiere a lo conciso: “son 13 canciones y punto, eso es lo que hay”. Este trabajo está concebido como un viaje. Tiene un principio y un final y a cada canción le corresponde un orden en el disco. “Cada canción es como una parada en ese viaje”. En cuanto al sonido, se escucha natural, buscó lo que daban el viento, el mar y el aire. Ya en los sonidos de base quería las baterías opacas, sin mayores brillos; quería trombón y ciertas guitarras. Lo que le resultó más difícil fue hacer la relectura de todas las cosas y que ellas fueran tomando forma, pues las letras se fueron cocinando durante los últimos cinco años y las melodías surgieron en el viaje, sin guitarra, sólo con una grabadora y una libreta.
En general, es un disco más reflexivo que el anterior, donde se revela una actitud más positiva, porque en Pafuera telarañas “estaba abrumada… sonó todo muy fuerte, pasó todo muy rápido”. Al final, con esta producción logró su cometido, sentirse tranquila, sin esa ansiedad por gustar. Todo lo contrario, “no quería que fuera un disco que entrara fácilmente, sino que al principio la gente lo rechazara, para que luego lo fuera descubriendo y queriendo”.