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En el país de los cuentos

El compositor y escritor mexicano Francisco Gabilondo Soler creó más de 220 canciones y su registro habla de 300 personajes diseñados para acompañar el mundo infantil. Homenaje a un experto con alma de niño.

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Juan Carlos Piedrahíta B.
14 de diciembre de 2015 - 02:07 a. m.
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Más que imaginario, el mundo de Francisco Gabilondo Soler fue una ilusión muy real. En su atmósfera no había espacio para lo convencional. No le cedía un centímetro a lo común, mientras que lo establecido era un comentario en la margen inferior de una hoja de cuaderno. Con voluntad pero sin asumir posturas soberbias abandonó el colegio porque no se sentía un personaje genuino dentro de ese entorno.

Nunca se adaptó a los pupitres, y las mesas eran bastante más planas de lo que él requería. Cursó hasta primero de bachillerato, año escolar en el que, según dijo, ya había aprendido todo de esos profesores académicos, esquemáticos y rutinarios. Se retiró cuando ya había realizado los contactos suficientes para entender que la puerta de su universo era tan grande como su mente.

Gabilondo Soler se imaginó un día que sabía moverse bien sobre el piano, y al poco tiempo ya era un hábil ejecutante de las blancas y las negras. Las lecciones las recibió, como muchas, de su propio maestro interior. Durante sus años de juventud se encontró una pianola en un baño público en su natal Orizaba, en el estado mexicano de Veracruz.

Ese instrumento tenía fallas en el sistema pero muy pronto se las ingenió para repararlo y aunque fueron remiendos rústicos, terminó sacando de él las más complejas melodías, todas ellas de pura intuición. Con los teclados como herramientas de comunicación, dejó de lado otras pasiones como el boxeo, el toreo (nunca estuvo de acuerdo con el maltrato animal y siempre se resistió a la idea de sacrificar al toro) y la astronomía.

Dejó de ver las estrellas para inventárselas. Sacó de la manga personajes lúdicos con la firme intención de seguirles los pasos a todos aquellos que lo guiaron en el camino desde el punto inicial. Las fábulas de Esopo; las historias de Julio Verne; y los cuentos de Emilio Salgari, Christian Andersen y los Hermanos Grimm, fueron el cemento sólido sobre el que caminó Francisco Gabilondo Soler.

Muy joven adoptó el nombre de Cri Cri, el Grillo Cantor, para sus masivas y duraderas apariciones en radio. Incluso, uno de los empresarios que primero aplaudió su carrera como cantautor de música infantil fue el mediático Emilio Azcárraga Vidaurreta. Sin embargo, el eco no lo impulsó a sacar recursos de su bolsillo, y el artista se vio en la obligación de tocar otras puertas. Por fortuna para México, para América y para el mundo, sus creaciones lograron una difusión importante.

El Grillito Cantor en el bosque, ¡Al Agua todos!, El Sillón; En el país de los cuentos, Castillo Azul, Bombón I, Chong Ki Fu, Jorobita y Ché Araña fueron algunas de las invenciones más relevantes de Francisco Gabilondo Soler. Su reconocimiento nunca estuvo a la altura de sus esfuerzos pero en 1963 surgió el proyecto de hacer una película basada en su cotidianidad. El desenlace, como era de suponerse, se desvió de la historia real por exigencias comerciales y en la cinta Cri-Cri fue interpretado por el actor Ignacio López Tarso, aunque el compositor accedió a aparecer en pantalla en la escena final, que fue filmada durante uno de sus homenajes.

Sus números hablan de 228 canciones y composiciones, 120 de ellas grabadas y publicadas, más de 300 personajes y unas 3.560 páginas de textos y cuentos para los lectores más pequeños. Sin embargo, Francisco Gabilondo Soler (octubre 6 de 1907 – diciembre 14 de 1990) es mucho más que eso, es la ventana de entrada a la música y a la literatura infantil en América Latina, es el genio creador de mundos diversos. Cri Cri es el maestro del aporte inimaginable, porque su imaginación nunca tuvo límites.

 

 

 

Por Juan Carlos Piedrahíta B.

 

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