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Pedro Infante fue la voz del cambio social en México. En sus interpretaciones narró la transición de un país rural a una organización urbana, un paso común en muchas de las naciones de América Latina. En el cine se encargó de reflejar una realidad latente y por eso se metió en la cotidianidad del habitante del común y logró que su figura fuera el vehículo para poner en lenguaje colectivo algunas dolencias que se creían particulares.
Durante las décadas del 40 y el 50 era fácil ver a Infante, en las ropas de cualquiera de sus personajes, muy mexicanos, muy viriles y con tintes de héroe, ser el eje de las historias desarrolladas en una vecindad, un conglomerado de viviendas de condición humilde cuyo punto de conexión era el patio de ropas. Dadas sus características, estas residencias resultaban apropiadas para el inmigrante del campo que arribaba a la gran ciudad por motivos como la violencia en sus provincias o por tener ilusiones superiores a las de conservar en el alma una tradición campesina.
El prototipo de Pedro Infante, sus rasgos latinos, sus posturas de galán y, claro, un timbre vocal inconfundible, le otorgaron la posibilidad de hacer casi una radiografía del mexicano de la época, un hombre con la testosterona al límite, con los arrestos para hacerle frente a cualquier desafío, más todavía sí esa aventura implicaba la conquista de una o más faldas de estratos sociales superiores.
Cuando su imagen estaba consolidada como referente del ciudadano con pasado rural, directores como Rogelio González, Ismael Rodríguez y Miguel Zacarías, tal vez impulsados por la nostalgia de los grandes potreros y los rudos establos, lo convirtieron en el símbolo del ranchero y lo más importante es que hicieron que su música se sintonizara con su actividad cinematográfica.
Con la misma facilidad con la que Pedro Infante se quitaba el vestuario de Pablo Galván, de Lencho Jiménez, de Pedro Malo, de Pepe El Toro —una de sus representaciones más emblemáticas—, desfilaba por los estilos musicales y eso le ayudó a darles vida a las creaciones de Consuelo Velásquez, Federico Curiel, Álvaro Dalmar y el propio José Alfredo Jiménez.
Vals, boleros, chachachás y canciones tradicionales del folclor mexicano pasaron por la garganta de Infante. Sin embargo, lo que verdaderamente se quedó en la mente de América Latina fueron sus interpretaciones de corte ranchero y los temas con acompañamiento de mariachi. Ahí reflejaba su esencia, su sentimiento, su condición de estrella, su impulso de grande, del charro que sigue sonando hoy, 55 años después de su partida.
Imágenes inmortales de Infante
Más de 60 producciones cinematográficas realizó Pedro Infante. Comenzó su experiencia con una discreta cinta titulada ‘En un burro tres baturros’, estrenada en octubre de 1939. Luego participó en ‘El organillero’, ‘Jesusita en Chihuahua’, ‘La feria de las flores’, ‘Cuando lloran los valientes’, ‘Los tres García’ y ‘Soy charro de Rancho Grande’. A partir de 1948 comienza una figuración internacional significativa con su personaje de ‘Pepe El Toro’, con el que estelarizó películas como ‘Nosotros los pobres’ y ‘Ustedes los ricos’. A este rol le siguieron otros como Pedro Dosamantes en ‘Dicen que soy mujeriego’, Juventino Rosas en ‘Sobre las olas’, José Inocencio Meléndez en ‘El gavilán pollero’, Pedro Malo en ‘Dos tipos de cuidado’, hasta los últimos que hizo: Víctor Valdés en ‘Escuela de rateros’ y ‘Tizoc’ en el filme homónimo.
‘Pedro Infante, 55º aniversario’
Pedro Infante grabó más de 300 canciones que, a pesar de su desaparición el 15 de abril de 1957, siguen presentes en el cancionero de América Latina. El artista mexicano interpretó distintos géneros sonoros, como el vals, el chachachá, la canción mexicana tradicional, la canción ranchera y el bolero. Sin embargo, sus intervenciones más populares siguen siendo aquellas que pertenecen al estilo ranchero o al acompañamiento con mariachi.
Warner Music le rinde un homenaje al ídolo con un CD doble que contiene su éxitos más sonados: Amorcito corazón, Cien años, Te quiero así, La que se fue, Ella, Paloma querida, Por un amor, y Mi cariñito, algunas de ellas de compositores como Manuel Esperón y José Alfredo Jiménez.