Así como hay nombres que firman los diseños de la ropa, también hay los que firman las flores. Es una especie de alta costura floral. Existen escuelas muy reconocidas que llevan un nombre, como los españoles Kike León y Daniel Santamaría, o el alemán Gregor Lersch.
Tanto el mexicano Mauricio Castañeda como el colombiano Iván Moreno se han abierto un espacio y un nombre dentro del mundo del diseño floral, ese que nació en Japón, donde las flores dejaron de ser un simple ornato. Los dos le han dado la vuelta al mundo, enseñando, aprendiendo y demostrando lo que mejor saben hacer: composiciones con flores.
Para Castañeda, el mundo de las flores no era ajeno. Al menos había convivido durante su niñez con las de tela y azúcar que fabricaban su abuela y su madre para las celebraciones y los monumentos fúnebres. Desde pequeño aprendió que un florista no vende arreglos florales sino sentimientos. “Interpreto los sentimientos ajenos por medio de las flores. Me pongo en el sentir de una persona que tiene a un familiar muerto, o en la alegría de alguien que esté festejando”.
En su paso por Colombia descubrió varias flores que no conocía y las variedades que le eran familiares le parecieron diferentes, más grandes y de rasgos más exóticos. Sin embargo, la rosa colombiana sigue siendo la reina dentro de su especie, porque tiene más pétalos y sus tallos son más firmes. Pero realmente la consentida de Castañeda es la Casablanca, una variedad de lirio oriental muy grande, de perfume sutil que sólo puede denotar elegancia.
Más que habilidad, se necesita sensibilidad, esa con la que crea su estilo propio y con la que rompe las reglas porque lo suyo son los contrastes en colores y en texturas.
Actualmente está radicado en el puerto de Cabo San Lucas, México, un lugar paradisíaco que escogió para pasar el resto de sus días. Es ahí donde tiene su empresa Mundo Floral.
La historia de Moreno tiene una génesis diferente, pero muchos puntos de intersección. A los 13 años le tocó empezar a trabajar como mensajero de una floristería en Manizales para colaborar con los gastos de la casa. En efecto, las flores le llegaron como una necesidad de vida.
Rescataba los rezagos de los arreglos y empezó a crear composiciones. Con el tiempo se dio cuenta de que el oficio le encantaba, además porque podía mandarles mensajes, por medio de las flores, a las niñas que le gustaban.
Con una inquietud y una proporción física que no correspondían a su edad, continuó trabajando con persistencia durante toda su adolescencia y a los 20 años se fue a Estados Unidos a estudiar escenografía arquitectónica y el arte de las vitrinas. Este fue sólo el comienzo de una serie de especializaciones, posgrados y doctorados, porque en el diseño floral puede haber tantos estudios profundizados como en la genética molecular.
Ahora es dueño de su propia floristería, Euroflor Floristas, y es embajador de la empresa norteamericana Smither Oasis. Aunque está radicado en Bogotá, sus trayectos en aviones son múltiples, porque ha dictado varios seminarios y talleres educativos dentro y fuera de Colombia, y ha participado en congresos y concursos mundiales en floristería. De hecho, fue el único latinoamericano escogido entre los 100 mejores diseñadores del mundo para realizar el World Flower Artists II, algo así como la copa mundial de los floristas.
Su estilo se basa en la depuración de los elementos y su floristería es un claro ejemplo del concepto europeo: máxima expresión con los mínimos elementos. “Soy un paisajista arquitectónico, porque esa ha sido mi escuela. Soy cubista, grafista y minimalista. Hago constructivismo y deconstructivismo floral (cómo perderle la forma a la forma)”.
Voltaire puso en boca de Cándido que había que cultivar el jardín. Tanto Moreno como Castañeda lo hacen literal y conceptualmente.