Gonzalo Valderrama: un ángel negro en La Soledad

El comediante, escritor, locutor y libretista bogotano presenta su rutina “Un ángel negro en la Zona Rosa”, una historia en tono de tragicomedia en la que relata su época como cuentero, entre 1991 y 1998.

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Giancarlo Calderón
01 de febrero de 2019 - 02:00 a. m.
Gonzalo Valderrama: un ángel negro en La Soledad
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“Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”, Woody Allen.

“¡Hola! Soy Gonzalo Valderrama Múnera, con tilde en la i...”. ¿En la i? Sí, en la i. Con esta ironía ortográfica se presentaba —todavía lo hace eventualmente—, hace un poco más de diez años, en el teatro R101, en Bogotá, este comediante, comunicador, libretista, locutor, escritor y papá de Miguel ante el público que asistía, siempre con lleno total, todos los martes, a las 8:00 p.m., a reírse de sus rutinas y de las de unos cuantos comediantes más.

—Si no se ríen a carcajadas no sirve —me dijo alguna vez en esos tiempos.

—Pero sonreír y escuchar también hace parte de un buen show… —acoté esa vez.

—No —sin mínimo de duda—. No funciona si la gente no se estremece de la risa de lo que estás diciendo.

Tarea complicada, entonces. Ser comediante es uno de los oficios —¿es un oficio?— más singulares del planeta. Otra vez, al respecto, le escuché, o leí en algún lado, decir que el que hace stand-up comedy es una especie de columnista, que hacer show de comedia es el equivalente a escribir una columna de opinión, solo que en lo primero el público tiene que reírse como señal inequívoca de que las cosas están saliendo circunstancialmente bien. A ver: ¿se puede pensar, opinar, analizar y reflexionar, como en una columna, en una rutina cómica? ¿Está subestimado el trabajo de hacer reír, que es casi como hacer una confesión, tal vez cifrada, de las posturas de vida de quien se sube a un escenario a hacer un show de comedia? ¿Son reflexiones serias revestidas de humor o meros chistes para capturar carcajadas?

Por esas preguntas, y otras claro, siempre sueltas, siempre sin respuestas puntuales ni del todo satisfactorias, contacté a Gonzalo Valderrama, a quien tenía un tiempo largo sin ver y quien accedió a que conversáramos en su apartamento, luminoso, y donde hay que quitarse los zapatos a la entrada. La idea era tratar de responderlas y, de paso, ver qué más podía sacarle de información y reflexión a este particular comediante, traductor, tutor de talleres personales de stand-up comedy y papá de Miguel.

Nos quedamos de encontrar en el Park Way, en el barrio La Soledad, en Bogotá, en medio de la arboleda. Ahí estaba Gonzalo, el comediante, el escritor, puntual. Parecía, eso sí, más, mucho más, un monje zen, que un comediante hiperactivo y de puesta en escena vertiginosa. La barba, entre roja y blanca, había crecido. Caminamos hasta su casa. Estaba solo, sin la compañía de su hijo, Miguel; ni de su esposa, Sheila. Tuvimos tiempo para charlar, tomando un té él, y yo un tinto fuerte y bajito de azúcar.

Gonzalo Valderrama es bogotano, a un año de ser cincuentón, vecino, la mayoría de su adultez, de La Soledad (el barrio)… Lugar predilecto, también, de otros artistas, por su cercanía al Park Way, rodeado de teatros y demás sitios culturales; por su ya nutrida oferta gastronómica y por su arquitectura colonial combinada con su vegetación de bosque del interior. Y por su soledad: en La Soledad huele, a pesar de la gente que la habita, a soledad. A silencio y quietud.

¿Es comediante? ¿O escritor? ¿O locutor? ¿O libretista? Si tuviera la vida financiera resuelta, ¿qué haría por mero gusto?

Por mero gusto contemplaría una planta hasta la muerte (risas)… Pero lo podríamos resumir en que soy un hombre de palabras. Todo lo que gire en torno a ellas me interesa. Así que, respondiendo la segunda pregunta, diría que quisiera fundar un club de comedia 24/7 en el que programaría a mis amigos.

¿Ser “stand-up comedian” es un oficio?

Es un oficio, como lo es ser bombero, carpintero, ladrón o taxidermista. Hace parte del mundo escénico. Es un género de bar, que puede ayudarse de elementos del arte dramático, si la persona tiene algo que ver con ello; pero, en esencia, es un formato conversacional.

¿Se puede pensar, opinar, analizar y reflexionar, como en una columna, en una rutina cómica?

No solo se puede… se debe, por más payasa o frívola que sea dicha rutina.

¿Está subestimando el trabajo de hacer reír, que es casi como hacer una confesión, tal vez cifrada, de las posturas de vida de quien se sube a un escenario a hacer un show de comedia?

Sí, lo está. El comediante es visto, por muchos, como un animador de piñatas o almuerzos. Es un trabajo que no ha recibido, en América Latina, el respeto que merece. En Estados Unidos, país pionero, el comediante es casi un profeta… o, al menos, un vocero de la consciencia colectiva, que está constantemente revisando y diagnosticando el estado de la cultura nacional y mundial.

¿Qué es “Un ángel negro en la Zona Rosa”, cuándo se presenta y cuáles son los planes con ello?

Es una historia tragicómica de mi época como cuentero (1991-1998) que narra el choque psicológico-socioeconómico cuando entré a la Universidad Javeriana a estudiar Comunicación Social, siendo un joven habitante de barrio estrato 2 con pocas posibilidades de encajar en un universo tan clasista. Se estrena el 1° de febrero en el teatro R101. La idea es testearlo, a ver si lo expandimos a una larga temporada en algún otro teatro más grande. Fue creado en 1992, y la última vez que lo puse en escena fue en 2008.

Para usted, ¿La Soledad o la soledad?

El barrio. En él vivo desde el año 2000. La soledad (el estado) me vive a mí desde 1969.

Por Giancarlo Calderón

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