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Honores del siglo XXI para un malvado rey medieval

Las exequias oficiales del rey inglés Ricardo III, más de 500 años después de su muerte, son consideradas un “momento extraordinario” en la historia británica.

Juan Carlos Rincón / Corresponsal de El Espectador, Londres

21 de marzo de 2015 - 09:00 p. m.
Ricardo III.
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En la tetralogía del famoso poeta y dramaturgo William Shakespeare, sobre la historia de Inglaterra entre 1471 y 1485, el rey Ricardo III, la cuarta obra, es descrito como un monarca pérfido, un asesino vil, jorobado, ambicioso y corrupto.

Ricardo III sólo reinó dos años y su historia no tendría nada de particular dentro de tantas páginas regadas de sangre y escritas sobre reyes villanos y malvados monarcas a lo largo de siglos de la historia de Europa.

Pero Ricardo III es un misterio que “volvió a la vida” pública a las 3.00 p.m. del miércoles 12 de septiembre de 2012, cuando luego de excavaciones arqueológicas sus restos fueron finalmente encontrados, enterrados superficialmente bajo un parqueadero de la Universidad de Leicester, la capital del condado de Leicestershire; 527 años después de su muerte en el campo de batalla.

Shakespeare escribió la obra teatral en 1592, un siglo después de la llegada de Cristóbal Colón a América y casi siglo y medio después de la muerte del rey —148 años para ser exactos— ocurrida el 22 de agosto de 1485 en la batalla de Boswort, en el condado de Leicestershire, en el centro de Inglaterra, 170 km al norte de Londres.

La batalla fue la última de la llamada Guerra de las Dos Rosas, después de la cual se inició la dinastía Tudor con Enrique VII, padre del absolutista Enrique VIII, quien rompió con la Iglesia católica romana y se autodesignó Jefe Supremo de la Iglesia de Inglaterra (religión Anglicana).

El drama histórico en cinco actos, en prosa y en verso, lo escribió Shakespeare con base en diversas fuentes, entre ellas las crónicas de Edward Halls (1548) sobre la unión de las familias nobles de Lancaster y York, y además la historia incompleta del rey Ricardo III (1513), atribuida a Tomás Moro.

Y la primera representación de Ricardo III de la que hay constancia, se cumplió con la presencia del rey Carlos I y la reina Enriqueta María, el 17 de noviembre de 1633. Desde entonces la obra ha sido llevada a las tablas, luego al cine, y representada por los más grandes actores del siglo XX, como sir Alec Guinness, Laurence Olivier, Al Pacino, Ian McKellen y Kenneth Branagh.

Entierro oficial con “honor y dignidad”

El próximo jueves 26 de marzo, después de cinco días de honores militares y ceremonias religiosas, este “rey perdido” tendrá su entierro oficial 530 años después de su muerte y sus restos reposarán finalmente en la catedral de Leicester.

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La expectativa crece en Inglaterra y las casas de apuestas se han involucrado en el entierro, porque hasta el momento no se ha confirmado la asistencia de la reina Elizabeth II o de un representante de la corona británica al funeral del único rey inglés que no tenía tumba. Entre la actual soberana y su lejano antecesor en el trono median 23 reyes, pero ninguno relacionado con Ricardo III por vía familiar. Una historia británica… de la vida “Real”

El domingo, el ataúd con los restos de Ricardo III será llevado en una procesión de 3 horas a lo largo de Leicestershire, desde Bosworth —el lugar de su muerte— hasta la Universidad de Leicester, donde fue hallado. Desde allí será trasladado en una carroza fúnebre, escoltada por una guardia de honor que tardará otra hora y media hasta la catedral, donde el jueves será finalmente enterrado con “honor y dignidad”, según ha señalado el presidente de la Sociedad Ricardo III, Phil Stone.

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Previamente y durante tres días, el féretro permanecerá en capilla ardiente para que el público pueda visitarlo.

La Sociedad Ricardo III, que busca rehabilitar la reputación del monarca, afirma que fue un hombre que hizo mucho por su país y que fue la propaganda de los Tudor la que dio esta falsa imagen de su mandato. “La mala reputación creada no tiene fundamento, porque William Shakespeare escribía dramas y no historia”, señala la organización.

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Pero lo cierto es que el entierro oficial parece una obra teatral de la más arraigada tradición inglesa: el culto a la monarquía.

Y para el cierre de la obra, el ataúd —de 1,60 metros de largo— ha sido elaborado de roble inglés y teja, siguiendo las técnicas medievales, por Michael Ibsen, un carpintero canadiense, discreto y amable, que desde hace 28 años tiene un pequeño taller al norte de Londres junto al río Támesis. Originalmente músico clásico (experto en tocar el corno francés) en orquestas de Holanda y Alemania, Ibsen decidió en 1985 cambiar el rumbo de su vida y aprendió ebanistería en Londres.

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Gracias a él, el ataúd de Ricardo III quedará desde el próximo jueves y para siempre en la catedral de Leicester, en un mausoleo de piedra labrada costeado, al igual que la decoración para los actos, con dineros provenientes de donaciones privadas. Pero la historia es más profunda… Ibsen es descendiente directo del rey Ricardo III; la 17 generación.

CSI Leicester

En febrero de 2013, cinco meses después del hallazgo de los restos de Ricardo III, los análisis científicos determinaron que sí eran los del último rey de la dinastía de los Plantagenet (originada en Anjou, Francia) y de la casa de York.

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La pieza clave del rompecabezas fue el código genético de Ibsen. La conexión familiar apareció en 2004, cuando su madre, Joy (fallecida en 2009), recibió en Canadá una llamada del historiador inglés y experto en genealogía John Ashdown Hill, quien le dijo que era descendiente directa de Ana de York, hermana de Ricardo III.

El asunto no pasó de una anécdota y del escepticismo hasta que a principios de 2012 el equipo de arqueólogos que esperaba localizar en el centro de Leicester los vestigios de la iglesia de Greyfriars, donde habría sido enterrado sin pompa ni ceremonia el cuerpo del rey, contactó a Ibsen, único miembro de la familia —emigrada a Canadá después de la II Guerra Mundial— quien vivía en Londres.

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Los expertos de la Universidad de Leicester estaban casi seguros de que bajo el pavimento de cemento de uno de los parqueaderos de la universidad estaba escondida la tumba del monarca, y en el verano empezaron a taladrar.

Michael Ibsen contó al diario español El País, que “cuando iniciaron las excavaciones, como máximo confiaba en que se localizara algún trazo del monasterio de Greyfriars, quizás una sección de sus muros, pero ni en broma, unos restos humanos”. Y en los primeros días de trabajos la sorpresa mayúscula fue el encuentro de un esqueleto y un cráneo con aparentes heridas sufridas en el campo de batalla.

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Los patólogos forenses de la Universidad de Leicester descubrieron dos heridas en la base del cráneo del rey junto con una gran sangría en su interior. Los hallazgos sugieren que un arma como una espada o un pico fue empujada con mucha fuerza hacia arriba a través de la base del cuello y le atravesó el cerebro dejando un cráter en el cráneo.

El esqueleto estaba lleno de cicatrices y los científicos creen que el rey estaba rodeado por una turba de soldados enemigos y fue asesinado a machetazos después de haber perdido su casco. Además, con modernos escáneres médicos se estableció que el monarca inglés sufrió 11 heridas devastadoras en la batalla de Bosworth.

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“Incluso, entonces, cuando las evidencias físicas eran tan serias, no podía creer que un simple análisis pudiera confirmar una conexión familiar de ¡quinientos años!”, explicó en su momento Ibsen, cuyo DNA permitió resolver el misterio.

Hoy, Michael Ibsen es consciente de que las pruebas físicas nunca podrán informar la personalidad de su controvertido antepasado real, pero cree que el centro de información sobre su vida y muerte que se establecerá el próximo año en la catedral de Leicester, “sí podrá situarlo en el contexto de los tiempos violentos en que vivió” y que no lo diferencian mucho de otras acciones de sus sucesores a la corona cientos de años después.

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En realidad, Ricardo III fue un producto del degeneramiento político de ese agitado momento histórico, pero no fue peor que otros monarcas de la época.

Por Juan Carlos Rincón / Corresponsal de El Espectador, Londres

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