28 Dec 2020 - 2:00 a. m.

Hubo una primera vez con Esperanza Gómez

Historia de un encuentro casual con la diva colombiana del cine para adultos antes de que se convirtiera en una superestrella.

César Muñoz Vargas

Con su bluyín desteñido y su velo azafranado, Esperanza Gómez jugaba con la cámara, con la naturaleza de  fondo. / César Muñoz
Con su bluyín desteñido y su velo azafranado, Esperanza Gómez jugaba con la cámara, con la naturaleza de fondo. / César Muñoz

En el pueblo de Belalcázar, suroccidente de Caldas, hay un colosal Cristo de brazos abiertos, a 45 metros de altura, que todo lo ve. Esos enormes ojos puestos arriba del alto del Oso atisban el valle del río Risaralda y su encuentro con el cañón del río Cauca, el cerro Tataza, y 12 municipios de seis departamentos. Ven el trasegar de los pobladores y el acontecer de las calles El Jardín y La Quiebra, ven el ir y el venir, vieron el ir de quien no volvió. Vieron los primeros días de Esperanza Gómez y los insabibles sueños con los que partió de aquella villa conservadora empotrada en ramales de la cordillera Occidental. Pocos lustros después, de algún modo, todos sabrían de su destino.

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La observé mujer hecha, derecha y lúcida en un concierto de pierna canela, y una atmósfera con hálito de sicalipsis, la noche en que la periodista Érika Fontalvo la entrevistaba para un programa de televisión y exploraba en sus palabras las razones que la hicieron abandonar su vida púdica para hacer pública su intimidad por cuenta del celuloide candente. La primera colombiana en aparecer en el cine porno estadounidense.

Esperanza Gómez acababa de debutar con su primer protagónico en South Beach Cruisin 3, luego de salir airosa en los cameos de los casting que por su timidez, al principio, no le fueron fáciles. Ese papel estelar también le había valido alzarse con el premio de la revista AVN, una especie de Premios Óscar que otorga en Las Vegas la industria del entretenimiento para adultos.

Adultos entretenidos, como los que participaron en aquella entrevista: una actriz -con leves rubores- hablando de sus faenas amatorias, de tiesuras y muertes fálicas; una periodista curiosa por el oficio de su personaje e intrigada por los mitos, la extensión de las escenas, las eternas resistencias de protagonistas insaciables y de hombres priápicos, y unos camarógrafos abstraídos -así lo revelaban los continuos planos de muslos y faldas cortas- en la exuberancia de las dos mujeres acaneladas. La voluptuosidad de Esperanza Gómez terminó siendo irresistible, aun para la entrevistadora, que al final encontraría la cereza cárnica que le faltaba al pastel.

***

Un par de años antes la conocí sin saber qué era ni quién era Esperanza Gómez. Sucedió en un avión. ¿Quién no ha tenido fantasías aéreas? El capitán Miguel Onofre anunciaba el buen tiempo para el despegue del vuelo Bogotá-Pereira en una tarde de domingo. La misión me la había encomendado Diego Arias Gaviria, El Andariego. Se trataba de hacer un recorrido por la capital de Risaralda y sus alrededores, y registrar paisajes, arquitectura, parques, frutas, cafetales, deportes extremos, gente, mujeres... se trataba de captar todo lo que se moviera. Y allí estaba ella, explayada en tres sillas de la barriga de un aparato que no se llenó.

La aeronave salía de la pista sur del aeropuerto El Dorado, viraba rumbo al VOR, dejaba la ciudad, pasaba encima de Soacha, se asomaba al salto de Tequendama, a Melgar, a Girardot, al río Magdalena. Las ventanillas parecían espejos donde se reflejaba la transparencia del tul piel de salmón perlado que llevaba puesto. A solaz, suspendida y suspendidos todos en un vuelo corto que alcanzaba los 20 mil pies de altura con el nevado del Tolima debajo de los pies.

El capitán Onofre reportaba el descenso sobre Ibagué hacia El Paso en busca del VOR de Pereira. El sobrevuelo por Cartago permitía ver los campos tupidos de cafetales, y hasta la cercanía de Armenia, la ciudad vecina. Ya con el avión en la pista del aeropuerto Matecaña, el piloto daba la bienvenida a la ciudad sin puertas. A la trasnochadora, querendona y morena.

En las salas de embarque se oían los rumores de un Deportivo Pereira versus Millonarios que a esa hora se jugaba. Llevaba puesta mi camiseta azul debajo del chaleco de reportero, por si se daba la oportunidad de entrar al estadio Hernán Ramírez Villegas. Millonarios iba perdiendo y necesitaba mínimo empatar para pasar a las finales. Con Édgar Castillo, intrépido camarógrafo de televisión y compañero en aquella correría, recogimos el equipaje y abordamos a la rubia que pocos meses antes había sido la elegida playmate para Latinoamérica. Lo ignorábamos. La intuición nos llevó a buscarla porque su figura era muestra representativa de la belleza femenina del Eje Cafetero. Aceptó sin reparos dejarse fotografiar.

Fuimos a los jardines de la terminal aérea. Con su bluyín desteñido y su velo azafranado, jugaba con la cámara, con las flores blancas y violetas de francesino, frente a un retratista de paisajes estrenándose en modelos de glamur. Yo obturaba, mientras Édgar hacía un detrás de cámaras en el improvisado estudio que armamos en aquel vergel de plantas paraguayas de jazmín. Todo, antes de la foto del recuerdo, de la evidencia. Ni más faltaba.

Con sorpresa, con admiración, algo acoquinado, Castillo intentaba mirar hacia la lente, pero sus ojos estrábicos lo traicionaban y se iban hacia el canalillo de la gentil modelo que transitaba en los albores de su fogosa carrera histriónica -me enteré por la entrevista de televisión-. Una mujer caldense, hija de un hogar católico y recatado, que esa tarde hizo gala de su amabilidad y un desparpajo que la enciende y la desborda cuando la cámara también está encendida. “Me llamo Esperanza Gómez, apunta mi teléfono por si van a estar estos días por acá haciendo fotos”.

Los funcionarios de la Gobernación de Risaralda que habrían de recogernos en el aeropuerto avisaron que debían posponer el encuentro para la noche, casualmente, frente al “Bolívar desnudo” en el centro de Pereira. Había tiempo de ir al estadio y hacer fuerza por Millonarios, pero Esperanza Gómez preguntaba: “Bueno muchachos, tengo mi carro en el parqueadero, ¿a dónde vamos, a dónde quieren que los lleve?”

La historia contaría que el definitivo cotejo futbolero terminó uno a uno y que clasificó Millonarios. Que la tentación dominó a la periodista barranquillera cuando hizo encuerar por unos segundos a la hoy por hoy consagrada pornostar. La historia contó que la vieron toda Colombia y los ojos grandes del Cristo de concreto que tutela a Belalcázar, el Cristo vigilante también de buena parte de la región cafetera. Seguro esa tarde de un mayo estaba viendo hacia el aeropuerto y seguro, con frecuencia, cierra sus brazos y pone las manos para cubrirse la vista y fisgonear por los entresijos de los dedos cada vez que Esperanza Gómez, la persona más famosa del pueblo, entra en acción.

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