La última canción, el segundo disco del joven guitarrista bogotano Jaime Andrés Castillo, un músico que ha hecho de la sencillez un estilo, es la muestra de varios principios: claridad, fluidez, la idea de que el jazz es también un juego de encantos. En el fondo, casi definiéndolo todo, hay una escritura personal, un universo íntimo hecho con los reflejos de una vida.
Pero hay, además, un formato. La riqueza conceptual del baterista Jorge Sepúlveda y la prolijidad del contrabajista Juan Manuel Toro (algo más que un acompañante) completan un trío que se aboca a la simpleza de los pequeños motivos, a la pureza de cada gesto. En ese espacio común, Castillo construye un fraseo elegante y sobrio, las formas de un equilibrio tejido con gracia.
Tal vez porque la raíz es el bambuco, esa suerte de educación sentimental que Castillo recibió en su infancia, cuando escuchaba cantar a su padre. Esas lecciones iniciales (los usos de la tristeza, las texturas del amor, la pegada honda) parecen sostener este cancionero dispar, hacerlo unitario en medio de los mundos que guarda. Acaso por eso el recorrido encuentra su mejor sentido con Vuelve pronto, una pieza escrita con audacia pop, sorna y no poca nostalgia, quizás el punto más visible de un disco que es, sobre todo, una suma de posibilidades: añoranzas, entrecruces, recuerdos, herencias que se reescriben.
Esas melodías le salen naturalmente, casi como sonreír o caminar. Componer es también el oficio de escuchar el corazón, de escudriñar la memoria, de trazar las líneas del alma. Y Castillo lo ha hecho. Como un viaje interior en el que importa menos llegar que encontrarse, como un paisaje contenido en cada una de sus partes. Como un disco impecable.