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¿En qué etapa de la vida está Fernando Quiroz para escribir el libro ‘Alguna vez estuve muerto’?
Hay tres cosas: primero, la muerte me ha llamado siempre la atención y a medida que pasa el tiempo me interesa más quitarle el aura de misterio. Segundo, leí el libro El enterrador, de Thomas Lynch, y me empezó a rondar la idea en la cabeza. Y tercero, porque estoy en una edad en la que uno se hace muchas preguntas y eso se lo trasladé a un personaje.
Entonces el personaje tiene mucho de usted.
No tanto. El personaje tiene otro oficio e intereses. En el libro hago una crítica de ese consumismo desaforado, de la carrera en la que nos hemos metido por tener y acumular. Tiene de mí en cuanto a las preguntas vitales, pero no en cuanto a lo que él pensaba de la vida. Se parece mucho más en la segunda etapa en el interés por encontrar placeres en las cosas elementales.
El personaje de su libro se perdió mientras olvidaba. ¿Le ha pasado?
No conscientemente. Pero sé que yo borro muchas de las cosas que no me interesan. Eso es un ejercicio que no me propongo, sino que pasa. Miro para atrás y puedo no acordarme de cosas que no me interesan.
Los recuerdos y la memoria hacen parte fundamental en esta historia. ¿Cómo los define?
La memoria es una tramposa que vamos acomodando sin darnos cuenta. Las cosas de las que nos acordamos, y esto lo dice claramente Mutis, normalmente no sucedieron como las recordamos. Nos vamos quedando con recuerdos magnificados y se van borrando otros. Es un proceso paralelo al de la vida misma.
Tiende a manejar sus historias en espacios o ciudades distintas. ¿A qué se debe?
Es clave que los personajes se muevan en ciudades y lugares que uno conoce. Lo he hecho así con Argentina, porque viví allá durante un tiempo y me gusta esa cultura. En Bogotá también. En este libro aparece Nueva York, que aunque no es una ciudad que conozca mucho, es un lugar que me interesa.
Da la sensación de que los finales de sus libros tienen el objetivo de dar espacio a una segunda parte. ¿Cómo lo decide?
Me gustan los esquemas circulares. Por ejemplo, en mi libro En esas andaba cuando la vi termina como inició. Me gusta dejar los libros en punta. Hay que dejar que el lector siga procesando y escribiendo la historia.
¿Logró su objetivo como escritor en esta publicación?
Uno escribe para uno mismo. La escritura tiene una etapa solitaria y casi egoísta y luego absolutamente colectiva cuando uno entrega el libro. Luego de eso la gente puede hacer lo que quiera con éste, leerlo, cerrarlo, disfrutarlo, votarlo, odiarlo o criticarlo.
¿Se considera un escritor local o universal?
No sé esa respuesta. Si uno se preocupa mucho por ser universal, puede terminar perdiendo el estilo. Tolstoi decía: “Narra tu aldea y serás universal”, creo que es eso. Uno cuenta el mundo que le interesa, en el que está.
¿Qué escritores han influido en usted?
A veces pienso en esas primeras lecturas de Charles Dickens, Miguel Cervantes. Hay uno clarísimo y es Álvaro Mutis. Milan Kundera fue fundamental para descubrir muchas cosas de lo que quería. Antonio Tabucchi fue importante también.
¿Cuál es el legado de Álvaro Mutis?
Su obra es la absoluta demostración de que la poesía es la mamá de la literatura y ésta debe rendirle culto a la poesía.