Las pasiones suelen desatarse por un momento único en el tiempo.
Para Monika Wagenberg, Koyaaniskatsi quizá fue esa película que se volvió el punto de partida aún cuando era estudiante del Colegio Hebreo en Bogotá. Es de esas películas que mueve las fibras internas y que hace pensar y sentir al mismo tiempo. Es como esa relación profunda que se crea en medio de la oscuridad con las imágenes.
Llevar los gustos a la práctica y al terreno laboral no suele ser común. Antes de dedicarse completamente al séptimo arte, Monika le apostaba a las finanzas. Estudió Economía en la Universidad de los Andes para culminar en la Universidad de Philadelphia con una doble carrera: Economía y Literatura Comparada.
Siguiendo la creencia popular de que hay que crear un capital para dedicarse a lo que realmente le gusta, se metió en la boca del gran lobo financiero mundial: Wall Street. Trabajó en banca de inversión para Lehman Brothers y Goldman Sachs, y a pesar de que era exitosa y de que tenía un sueldo increíble, no tenía tiempo para gastárselo. “En la vida, y más en una ciudad como Nueva York, uno tiene que trabajar en lo que le gusta porque no hay tiempo libre”.
Por esta razón se salió de la banca y se inscribió en la Universidad de Nueva York para hacer un posgrado en teoría y crítica de cine. Fue ahí donde conoció a su socio actual, Carlos Gutiérrez, un mexicano con quien compartía la admiración por el Cinema Novo, el cine brasileño de los años 50 y 60. Empezaron a alquilar un teatro para realizar retrospectivas de maestros como Glauber Rocha, Carlos Diegues y Leonardo Favio que pertenecían a esa corriente. Descubrir estas joyas fue como una revelación para los dos. Significó darse cuenta de que el gran monstruo de Hollywood permeaba las salas de cines de sus países correspondientes, que había poca cabida para el cine independiente de Latinoamérica y que ellos tenían que hacer algo al respecto.
Esta es la génesis de Cinema Tropical, una organización sin ánimo de lucro donde los dos son codirectores, que se dedica a la promoción, distribución y programación de cine latinoamericano en Estados Unidos. La idea es que el público americano tenga mayor consciencia de lo que se hace al sur del continente y que vaya más allá de las producciones de los grandes estudios o del cine que se presenta en el Festival de Sundance.
Desde entonces, lleva ocho años al frente de esta empresa, que no deja de lado a pesar de tener otras ocupaciones, como ser la programadora iberoamericana del Festival Internacional de Cine de Miami, (uno de los más importantes para el cine hispanoamericano), del Latin Wave del Museo de Fine Arts de Houston, entre otros.
Monika vive en Nueva York, pero la mayoría del tiempo la dedica a viajar. No sólo con los desplazamientos a través del mundo sino a través de las imágenes, porque puede haber días en que logre ver hasta seis películas. Cannes, Toronto, San Sebastián y Buenos Aires son ciudades que visita frecuentemente por sus festivales de cine.
Hace poco estuvo en Bogotá invitada como jurado en la modalidad de producción de largometrajes de las convocatorias 2008 del Fondo para el Desarrollo Cinematográfico. Habiendo leído 29 guiones, resalta que, en cuanto a temas, predomina la guerra, la violencia y el secuestro. “No me sorprende, Colombia tiene que exorcizar su realidad, es un proceso por el que tiene que pasar”. Si bien esos temas están siempre presentes, la manera de tratarlos es refrescante, porque hay historias muy diversas tratadas desde diferentes ángulos.
Según Monika, el cine colombiano está pasando por un punto de inflexión muy emocionante y positivo. La Ley de Cine es una causa, sin duda alguna, y la gente que cada vez más viene de escuelas de cine y no de la industria o la publicidad. “Estoy muy entusiasmada con lo que está sucediendo. Pienso que hay un renacer y que está en uno de sus momentos más sólidos”.