En su niñez, Aura Sabogal tenía que entrar al restaurante empujando a la gente porque permanecía tan lleno que estar adentro terminaba por convertirse en toda una aventura. Hoy vive en el municipio de Sopó, a una hora de Bogotá, con su esposo. Su casa de dos pisos es su refugio: “Cuando salgo de trabajar de La Puerta Falsa, llego y le digo a mi esposo, Rafael, o a mis hijos, si se encuentran, que hagan de cuenta que no existo, que me voy a desaparecer”.
En la sala de su casa hay algunos muebles que heredó de su abuela: son sillas grandes de colores fuertes que dan la sensación de estar en otra época. En las paredes blancas hay varias imágenes de Jesús: “Él es quien me da paz espiritual, eso me fortalece”.
En el bifet, junto al comedor, se encuentran las fotos de la familia Sabogal, y una en especial opaca los demás retratos: la foto tiene el tamaño de un cuadro pequeño y en ella aparece una señora de sombrero negro, la abuela de Aura, la antigua dueña de La Puerta Falsa. “En el local —cuenta ella— mi abuela tenía una banca de madera que aún conservo. Ahí me sentaba cuando salía del colegio para verla trabajar y escucharla”.
En una de las calles del centro de Bogotá que dan a la Plaza de Bolívar —rodeada por el Congreso, la Alcaldía Mayor, el Palacio de Justicia y la Catedral Primada— se encuentra el lugar que conoció Aura sabogal cuando era niña, La Puerta Falsa, el restaurante más antiguo del centro histórico de la capital, fundado el 16 de julio de 1816 y cuyo nombre se debe a que los fieles que acudían a la catedral lo llamaban así. En esta catedral, como en muchas otras, había puertas laterales llamadas puertas falsas cuyo fin era evitar que los feligreses se agolparan en una sola entrada. Muchos de ellos, al salir de misa, optaban por reunirse en el restaurante que quedaba a pocos metros de la iglesia, donde vendían platos típicos bogotanos, como tamal con chocolate y agua de panela con queso, menú que hoy, 190 años después, aún se conserva.
Elvy, como le dicen sus allegados, ha trabajado en La Puerta Falsa desde los ocho años, atendiendo mesas, destapando gaseosas, sacando los cubiertos, ayudando en la cocina y escuchando las historias que su abuela, Lucía de Sabogal, antigua dueña, solía contarle. Ella la llevaba para que la acompañara y aprendiera un oficio que años más tarde se convertiría en su único sueño: preservar una pequeña parte de la historia familiar. “Me hacía feliz venir de niña y estar con ella por el afecto que le tenía. Muchas veces jugaba con los cubiertos, trataba de hacer malabarismos con ellos; mi abuela me regañaba, pero después se le olvidaba”. Comía todo lo que se encontraba, “a veces a escondidas”. En esa época tenía que abrirse campo en el restaurante debido a la cantidad de gente, pero gracias a su pequeña estatura y a su delgadez lograba entrar fácilmente. “Las filas llegaban hasta la calle. Entrar era imposible, pero terminaba convirtiéndose en un juego en el que empujar a la gente era la esencia”.
A los 14 años conoció a Esteban, un cliente que la visitaba de manera discreta sólo para observarla, ya que su timidez le impedía acercarse a ella. “Él siempre llegaba al restaurante, pedía algo de tomar y se marchaba, pero el 24 de diciembre de 1974 me sorprendió con un regalo: me entregó un disco dedicándome varias de sus canciones y evidenciándome lo que sentía por mí”, recuerda, evocando también que, después de muchos años, mientras atendía el local, un señor se le acercó a su hijo Mauricio y le dijo: “Esa señora que está ahí me encantaba, yo le hubiera dicho algo más en esa época, pero mi timidez me lo impidió”. Años más tarde conoció a Rafael Morales, su esposo y el padre de sus cuatro hijos.
Hablando de amores, recuerda que su abuela no permitía que las parejas se besaran en el local: “Muchos de ellos se escondían en el segundo piso, pero ella los descubría y para evitar los besos tomaba un palo de madera y golpeaba el techo varias veces para interrumpirlos”.
A los 20 años, Lucila de Sabogal heredó el restaurante como regalo de bodas de parte de su madre, Antonia, y para continuar con la tradición, la abuela Lucila, pocos días después de la muerte de doña Antonia, se lo heredó a sus dos hijos. Su petición fue que cada cuatro meses su hija Carmen (madre de Aurora) y su hijo Carlos, junto con los hijos de estas dos familias, se rotaran el local para alejar los problemas que el dinero suele traer. Esta petición la conoció Aura hace 40 años, cuando su abuela la llevó a conocer La Puerta Falsa, un lugar que sirve de sustento a 15 personas, incluyendo dos empleados, y desde el cual los Sabogal han sido partícipes de sucesos imborrables de la historia de Colombia.
Por ejemplo, el 9 de abril de 1948 doña Lucila y su esposo tuvieron que refugiarse en la Catedral Primada porque varias de las casas habían sido incendiadas y lo único que les quedó fue rezar para que el fuego no llegara hasta el negocio. “Mis abuelos —rememora Aura Sabogal— sacaron a sus hijos y llevaron varios termos con agua de panela para darle de beber a la gente... y pasaban camiones por la calle del local con cientos de cuerpos sin vida”.
A centímetros de la foto de su abuela se encuentran las de sus cuatro hijos: Jenny, de 33 años, Giovanni, de 25, Mauricio, de 23, y Ana María, de 18, a quienes desde pequeños su madre decidió llevar al restaurante. “Mi mamá tiene un carácter muy fuerte —dice Jenny—, pero siempre ha respetado nuestras decisiones y nos deja invertir nuestro tiempo como mejor nos parezca, siempre y cuando sea de una forma sana”. Aura la mira mientras habla y la interrumpe para decir: “Si yo tuve libertad, por qué ellos no”.
Aura Sabogal es una mujer muy exigente en su trabajo. Mariana, ayudante de cocina, dice: “La señora trabaja tanto como yo, es muy servicial con el personal, pero se altera cuando las cosas no salen bien”. Rocío, una de sus clientas, recuerda que estuvo cerca de ausentarse del restaurante: “Ella me preguntaba todo el tiempo: ¿está bien?, ¿qué tal el servicio? Hasta que un día tuve que decirle: a mí me gusta venir a su local, pero, por favor, no me pregunte nada. Era obsesiva con el servicio de sus clientes. ¿Pero a quién no le gusta que lo atiendan bien? Ella siempre ha sabido hacerlo sentir a uno como en casa”.
Todos los días, cuando llega al local, Aura Sabogal mira la imagen de Jesucristo que tiene colgada en la pared, cerca de la cocina, y dice varias veces: “Que entre la gracia de Dios y la de la Santísima Virgen”. Esta petición, según ella, es la que les ha dado los pesos al restaurante y a su familia, a pesar de tener hace seis meses como competencia el restaurante italiano Mauro, que en ese tiempo nunca ha estado tan concurrido como La Puerta Falsa, pues éste sigue conservando los platos tradicionales de la ciudad, al igual que la rapidez a la hora de servir, como lo asegura otro de sus clientes, Alfonso López: “La gente es muy amable, siempre atienden con una sonrisa, y la comida te llega en minutos”.
Aura tiene pocas horas de descanso y sólo en las noches ve a sus hijos, pues el trabajo a veces no se lo permite, pero jamás se ha arrepentido de estar en La Puerta Falsa, porque ahí también aprendió a ser más unida con sus hermanos y a tener más amistades. “Cuando llegan mis clientes converso con ellos. A muchos los conozco desde que era niña, con algunos tengo gran amistad”.
Elvy me dice, con los ojos algo brillosos, que si el local hubiera pasado por la vida de otra Aura y no por la suya “estaría viajando y estudiando idiomas. Pero siempre hay tiempo para hacer cosas: si no es en esta vida será en otra, porque este es el negocio que he conocido toda mi vida: lamentaría no continuar aquí. Esta es mi segunda casa y espero que lo sea para el resto de las generaciones venideras”.