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La sociedad de los telegrafistas

Hoy se cumplen 150 años de la llegada del telégrafo a Colombia. Un experto en el tema evoca esa época de las comunicaciones, apenas recordada en los museos.

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Mario Méndez *
01 de noviembre de 2015 - 02:00 a. m.
La sociedad de los telegrafistas
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El primer mensaje transmitido por línea física se lo envió el 1º de noviembre de 1865 el constructor de las primeras instalaciones, el ingeniero inglés William Lee Stiles, al presidente Manuel Murillo Toro desde la localidad de Cuatro Esquinas (hoy Mosquera, Cundinamarca). Muy pronto, todo el país estaría comunicado mediante el recurso que se vale del alfabeto creado por el estadounidense Samuel Morse: A, punto-raya; B, raya-tres puntos; C, raya-punto-raya-punto…, y así hasta la Z, los números y los signos. El sistema descansa en un manipulador (transmisor) y un sonante (receptor, más tarde audífonos), aparatito metálico que reproduce los golpes que envía el operador transmisor y registra su colega receptor en una máquina de escribir.

De esos primeros tiempos del telégrafo vienen muchas anécdotas. En la etapa de instalación del cableado, la gente no acaba de comprender cómo se podrá “decir” algo sin hablar. A falta de una explicación al alcance de la gente, el asunto puede ser “cosa del diablo”, y entonces no es extraño que aparezca destruida la línea que va de poste a poste hasta llegar a su destino de contacto. En el terreno del cuento, se dice que en una cafetería de pueblo dos telegrafistas se comunican con golpes de cucharitas que marcan puntos y rayas para burlarse del desconocido de la mesa siguiente, ignorando que es el telegrafista inspector que viene a efectuar una visita. ¡Qué chasco! También se habla del telegrama en que se ordena vender unas vacas porque tienen aftosa, mientras en otro alguien dice que es urgente enterrar pronto a papá porque se apicha.

En el telegrama aparece un antecedente del mail o el Whatsapp de lenguaje recortado, propio de la telemática, como en “abracaribes”, para indicar “abrazos, caricias, besos”, y así pagar una sola palabra y no tres, según la modalidad de tarifa.

Parece que, a comienzos de este servicio en Colombia, sólo el hombre se hace telegrafista, posición social que emula en importancia con la del alcalde y el cura. Poco a poco la mujer ingresa, y, en lo que tiene que ver con mi trayectoria personal, a ella está ligado mi aprendizaje del código. Celmira Garavito, que atiende la oficina de Muzú en Bogotá, y Aydé Polanco, operadora de Usaquén, entonces municipio, en mis turnos libres de una labor más modesta me dedican tiempo para que practique, con toda la paciencia del mundo, hasta cuando logro dominar la técnica y ser nombrado operador. Estas dos colegas, que aún viven, son acreedoras de mi gratitud, porque de allí parten no sólo mis sucesivos ascensos sino, asimismo, la ocasión de hacerme profesional.

Paso a paso

Iniciado el siglo XX ya se han desarrollado equipos más ágiles. Aparecen el hugues y el bregué, que no conocí, pero de los cuales sé por los más veteranos compañeros, en especial uno a quien aprecié mucho por su señorío, hasta el punto de hacerlo uno de mis padrinos de matrimonio. Es Heliodoro Suárez Orozco, de Sativanorte (Boyacá, 1882-1978), conocido como Peter, desde entonces su marca indeleble, por su parecido físico con el payaso de un circo francés que llega a Bogotá en 1902.

Después se conoce el Creed, por su marca inglesa, sistema que pasa de los puntos y rayas a su perforación mediante teclado. Un aparato transmisor envía la señal, que se recibe en tira escrita y engomada para ser pegada sobre papel mediante su deslizamiento previo por un rodillo de madera o metálico, llamado gomero, que gira dentro de un pequeño recipiente con agua. Es el precursor de los teleprínteres, especie de máquinas de escribir eléctricas que funcionan entre puntos fijos y cuyos mensajes cruzados aparecen ya escritos sobre el papel de un rollo recortable. Luego aparecen los télex, integrables en red y conocidos más tarde también en el ámbito empresarial, lo cual les quitaba mercado a los Telégrafos Nacionales, dependientes del Ministerio de Comunicaciones.

Volviendo al Creed, este medio está en mi memoria con ribetes cuasirrománticos, pues fui su operador más joven y lo manejé hasta que problemas de repuestos fueron haciendo obsoleto un sistema que ofrecía gran rapidez. El Creed se utiliza por última vez a raíz de la explosión del 7 de agosto de 1956 en Cali, cuando estallan tres camiones del Ejército en la capital del Valle, causando miles de muertes. Por entonces, el Creed ya sólo funcionaba en Bucaramanga y Cali, conectados independientemente con Bogotá.

Hoy no tengo noticia de la vida de algunos de los pocos operadores que hacían funcionar tales equipos, pero la mayoría ha muerto. Eran ellos Carlos Hinestroza, Roberto Cortés Valbuena, Efraím Velasco, Solón Guerrero, Joaquín Vila y otros pocos, incluido mi primo Jaime Méndez, quienes me enseñaron su manejo. Tengo la certidumbre de que soy el único sobreviviente, pues ellos eran operadores veteranos. Esto ocurría en la Central de Telégrafos de Bogotá.

La presencia en el Telégrafo, y luego en Telecom, de Peter, el compañero que me hablaba de los medios utilizados en las primeras décadas del siglo XX, se prolonga más o menos de 1901 a 1972. Con frecuencia, los compañeros me preguntaban cuál era el nombre de Peter, remoquete cariñoso que tomé para bautizarlo como “Petercántropus sativanortensis”, por su longevidad y el nombre de su pueblo. El fósil, como yo lo llamaba, ya era pensionado cuando lo conocí, pero en Telégrafos se admitía que un pensionado siguiera trabajando y devengando mesada y sueldo juntos, renunciando a lo que superara los 500 pesos mensuales, aunque dicho tope se incrementaba con los años.

Después de 70 años frente a un manipulador, un sonante y la máquina de escribir hicieron que Peter fuera incapaz de vivir sin su gran familia de telegrafistas cuando Telecom decidió pensionarlo en forma definitiva. Para Peter esto fue un golpe terrible, pues, ya con 90 años de edad pero lúcido y eficiente como operador, no entendía la vida metido en la casa, y entonces aparecía en la oficina, buscando a su “tío”, como me llamaba, mientras yo le decía “sobrino”, en el entorno de una amistad que sólo se quebró con su muerte a los 96 años. ¿Por qué hablo de su salida de Telecom y no de Telégrafos? Porque el Gobierno Nacional, en 1964, ordenó la fusión de las dos entidades, fortaleciendo a la Empresa Nacional de Telecomunicaciones, nombre de Telecom, que disparó el desarrollo del sector en forma vertiginosa, hasta cuando en 2013, en una decisión muy controvertida, el gobierno de Álvaro Uribe vendió la empresa, entidad insignia del país y emblema de su soberanía, cuya operación económica se puede considerar el mayor atentado contra el patrimonio público de nuestro país.

* Columnista de El Espectador.

Por Mario Méndez *

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