Las danzas de Colombia en un solo pueblo

Sucedió en Cucaita, municipio boyacense distante pocos kilómetros de la capital del departamento y tal vez atávico como pocos, colonizado durante un fin de semana por al menos doscientos bailarines procedentes de lugares vecinos.

El domingo las campanadas del templo doctrinal alertaron a cada rato sobre las misas y el baile; y llegado el ocaso, los danzantes dejaban el último aliento en sus coreografías. César Muñoz Vargas

Y bailar y bailar, no importa el dónde, no importa el lugar, no importan las horas ni las distancias que hay que cruzar, ni las fronteras qué atravesar, ni razas ni credos, ni sexo ni edad. Había un premio, tal vez simbólico, tal vez fortuna, no es en vano la danza, no en vano la música, si al marcar el paso hubo aplausos iluminados de luna, que regalaron alegres gentes en las tribunas. Todos llegaron, todos bailaron, y hasta la piedra de la leyenda parió otra vez. El pueblo vivió.

Sucedió en Cucaita, municipio boyacense distante pocos kilómetros de la capital del departamento y tal vez atávico como pocos, colonizado durante un fin de semana por al menos doscientos bailarines procedentes de lugares vecinos como Tunja, Duitama y Nemocón; y de lejanos: Barranquilla y Leticia, allá se propagó la ilusión y hasta allá llegaron los rumores del XIV Concurso Nacional de Danzas Folclóricas. Un mestizaje que año a año va cobrando prestigio en medio de la variada oferta cultural de agosto en Colombia.

Salvo rajaleñas, vallenatos, paseboles o una guaneña, en esa craza para fusión de alegrías en que se convirtieron las calles, sonaron pasillos, joropos, torbellinos, sanjuanitos, currulaos, abozaos, porros chocoanos, plegarias amazonenses, carrangas, parrandas y la reina cumbia. Fue el país pluriétnico resumido en dos días de concurso, los dos últimos después de muchos de ensayos y de una intensa brega para conseguir los recursos y los atuendos.

 

En el coliseo Daniela Carolina Munevar ―nombrado así en homenaje a la actual campeona mundial paralímpica de ciclismo en la prueba contrarreloj―, cuando todas las delegaciones se congregaron, el cura párroco confesó que en las vísperas allí estaban yertos por causa del clima predominante en el altiplano; «pero ustedes hacen milagros. Hoy salió el sol». Lo dijo el sábado al mediodía y luego de una mañana calurosa que dio la bienvenida a los artistas en el punto de partida de la revista: la primera entrada que encuentran los viajeros yendo hacia Villa de Leyva.

Al paso de la comitiva del alcalde y de la coreografía patriótica de los niños de Sotaquirá, siguió el de la pequeña pero muy alegre delegación invitada del Carnaval de Barranquilla que encabezaba la maestra Marleny Cortés, ochenta y pico de edad y cincuenta y tantos dedicados a la preparación de danzantes. ¿Qué cuál es su secreto para mantenerse vigorosa?, bailar, es la respuesta, y la renovación sanadora que produce el arte, dice esta gurú de las carnestolendas, huilense de nacimiento y más barranquillera que piropo en el Paseo Bolívar (cortesía de Alberto Salcedo Ramos).

Se advirtieron entonces las notas de chandé que despachaba el primer car audio de la caravana musical y dos parejas en danza de Garabato escoltaron a la maestra entre la impavidez de los cucaitenses que más tarde habrían de unirse al alborozo que supone su propia fiesta, pues los mismos advenedizos terminaron contagiándolos con la puesta en escena de sus danzas tradicionales.

 

Y seguía el desfile inaugural con diecisiete jóvenes llegados en las horas previas desde el último municipio del sur. Renacer Amazónico es el nombre de esta agrupación que logró estar tras casi veinticuatro horas de viaje. Salieron de Leticia a las cuatro de la mañana del viernes, aterrizaron en el aeropuerto de Rionegro a las seis, buscaron transporte al terminal de Medellín, para montarse en flota hacia Bogotá y después en otra hacia Tunja, hasta que allí, a la una de la mañana del sábado, fue a recogerlos un carro enviado por la Alcaldía de Cucaita. «Todo valió la pena», afirmaría luego Raúl Sandy López, director del grupo.

Detrás de los ecos de la Plegaria amazonense, pasaron los zapateos de la Corporación Cultural Luna Roja (Acacías- Meta) y la Agrupación Folclórica Chambakú (Arauca); el bambuco patiano de Renacer Folclórico (Santa Rosa de Cabal – Risaralda); el histrionismo de la Escuela Nemequene (Nemocón- Cundinamarca) y de la Fundación Haskalá (Tunja); las comparsas de los grupos bogotanos Ikúmbaya Danza y Son de mi Tierra.

Venían más. Las parejas de la Fundación Nubale (Duitama- Boyacá), a ritmo de torbellino, y del grupo La Mano Minera (Yalí- Antioquia), en tiempo de sanjuanito colombiano. Mientras que un sonar de tambores y marimbas de chonta, como prestado por unas horas del Petronio Álvarez, ambientó el baile de la Asociación Folclórica Yoruba (Villarrica – Cauca) y de la Fundación Artística Afrocolombiana Oro y Caña (Guacarí – Valle del Cauca). La diversidad cultural se había tomado el pueblo con ese desfile inaugural del concurso, que como tal empezó al caer la tarde y el frío en el centro de la plaza principal, con el templo doctrinero de fondo.

Al compás de muchas músicas y al calor de aguapanela ―fino detalle ofrecido por el comité organizador a los asistentes― transcurría la primera jornada. El locutor oficial presentaba a cada una de las delegaciones, algunas de las cuales complementaban el libreto con datos del porqué de bailes como Pa’ cantarle al campesino, Adoración a San Antonio y Manteca de iguana.

 

De pronto, se encendieron dos atados de velas y el presentador anunciaba la presencia de los representantes barranquilleros. «A continuación Elena Molano Muñoz, natural de este municipio, se dispone a cumplir su sueño de representar el Carnaval de Barranquilla, donde ha bailado durante veinticinco años». Camilo Meza, uno de los cumbiamberos, se aventó con una décima propia en honor a Boyacá, inspirado en la pista melódica de El santo parrandero de Pedro Ramayá Beltrán; y Elena y Camilo bailaron cumbia, también Gianna y Ezio, con el beneplácito de la maestra Marleny en los tablados y los rumores de tres parroquianos en el público.

«Un momento, ¿ella no es la nieta de la señora Helena y don Miguel?», preguntó el médico Héctor Hugo Otálora a su pariente lejano Abel Otálora ―primer alcalde de Cucaita elegido por voto popular― y su esposa Lucila, que lucía muy entusiasta por el desfile de comparsas y por la que sería la feliz coincidencia con la hija pródiga que regresaba después de muchos tiempo, con pasos caribeños a andar los muiscas de sus ancestros. Más que una presentación, era el culmen onírico de Elena.

Al tiempo que transcurría el baile y sonaban la cumbia La rebuscona y luego el fandango Veinte de enero, se percibían las conversaciones del público. «Que los hijos de don Alfonso no vinieron, que tampoco Indalecio, el periodista, que “¿aquel no es Carlos Julio el que de niño se cogía las mogollas en la tienda de José Laureano con un anzuelo de palo de escoba y puntilla?”, que “¡qué casualidad!, hoy en día el doctor Hugo es el dueño de la casona que fuera de los abuelos de Elena, y el pariente Abel, el exalcalde, el de la casa contigua». Era, en una noche clara de luna grande, la tranquilidad y la inocencia del pueblo que cada año alberga a los más diversos visitantes con el noble pretexto de este variopinto Concurso Nacional de Danzas Folclóricas.

De esa imagen se prendaron también los participantes, los jóvenes del Pacífico que con tamboras, saxofón y platillos sorprendieron en los desfiles a los desprevenidos campesinos con enormes palanganas repletas de colosales mangos, pescados, limones y patillas. La misma tranquilidad que describió Raúl Sandy López en el segundo día del concurso, cuando sus pupilos se preparaban para presentar la danza La cosecha del asaí, un fruto propio de las chagras amazónicas.

El domingo las campanadas del templo doctrinal alertaron a cada rato sobre las misas y el baile; y llegado el ocaso, los danzantes dejaban el último aliento en sus coreografías. Todos lo hacían: negros y mestizos; y hombres recios y preciosas mujeres descendientes de ticunas y huitotos, vestidos con taparrabos, tal cual y aún la costumbre de comunidades ancestrales de Leticia o San Juan del Soco, a orillas del río Loretoyacu.

No importando el frío intenso y la lluvia que iba y volvía, aguardaban el veredicto del jurado. Al final todos se fundieron en el mismo baile por invitación del locutor y con la complacencia del alcalde Carlos Eduardo Luis y Diana Molina, gestora cultural de la población. Se había logrado el objetivo de catorce grupos seleccionados de entre cincuenta y cuatro que atendieron la convocatoria. Uno de esos grupos el de los jóvenes del Amazonas que tocaron todas las puertas y se inventaron cualquier actividad para hacer real la ilusión: volar, viajar por primera vez, bailar. Y volver a bailar. Así la travesía fuera una aventura y una grandiosa locura; en la ida como en el regreso. Sucedió en Cucaita, el pueblo custodiado por una peña parida.

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César Muñoz Vargas

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Las danzas de Colombia en un solo pueblo

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