¿Cómo eligió el nombre de su más reciente publicación, ‘Limpieza de oficio’?
El libro habla sobre un asesino en serie de payasos y los primeros cinco crímenes tienen como factor común que son payasos callejeros, de los que publicitan almuerzos. Los payasos profesionales odian a estos otros personajes, porque consideran que les quitan brillo a una noble profesión. La primera teoría que arma Paco (protagonista) es si no serían los payasos formales los que están matando a los callejeros para limpiar el oficio. A lo largo de la novela se verá que Limpieza de oficio vendrá por otro lado, incluso podría ser la del oficio de hacer periodismo.
¿Por qué un asesino de payasos?
Éstos son íconos de la cultura. A todos nos evocan buenos momentos de la niñez, esa capacidad para reírnos y de alegría, pero al mismo tiempo no hay nada más siniestro que un payaso maquillado. Pretendo que el final sea inesperado y al leerlo entenderán que hay unas razones por las que estén muriendo.
¿Cómo fue el proceso de formación de los personajes?
Prefiero, más bien, hablar del proceso de formación de la novela misma que sale de mi libro anterior, El hombre que murió en la víspera, en el que uno de los personajes teje una hipótesis de que el asesino de los payasos sea un obsesionado con El nombre de la rosa, emulando a Jorge de Burgos. No quería hacer la novela negra tradicional y por eso utilicé a un periodista. Le puse ese matiz de que más que investigar, las ficcionalizara, porque él se considera un artista que está por encima de las reglas del oficio y más bien venera la posibilidad de una buena historia.
¿Qué tan difícil ha sido liberarse de los vicios narrativos del periodismo a la hora de hacer literatura?
El hecho de escribir bien en periodismo no quiere decir escribir bien para literatura. Hice la transición a mi manera con un libro de cuentos que se llama A Larissa no le gustaban los escargots, que se publicó en 2009. Sentí que para pasar de un mundo a otro mi camino natural era el cuento. Ahora me arriesgué con una novela y en esta última siento que el fantasma del periodismo no queda por ningún lado.
¿Hubo alguna intención por reflexionar sobre periodismo?
Mi libro no es un cuestionamiento al periodismo. Puede serlo desde algunas lecturas, pero también puede ser un elogio a personas como Paco, que tienen gran capacidad de imaginación.
En esa búsqueda por encontrar buenas historias Paco termina modificando la escena de los crímenes. ¿Está justificando su personaje?
Para ser periodista se necesita un ego enorme, como para ser escritor. Muchos periodistas que conozco sacrifican todo ese ego. Paco no. Él tiene sus dudas, sus temores, sueña con el premio Pulitzer, con ser recordado, pero también se plantea debates de tipo ético que finalmente resuelve con el bien supremo de una buena historia.
¿Qué buscaba con este libro?
Cuando uno hace literatura no está buscando decir verdades, o por lo menos no es mi intención. Incluso las cosas que me gustan de haber pasado del periodismo a la literatura es que ya no estoy atado a la verdad, puedo fabular, puedo construir mundos y personajes, y hacer lo que se me dé la gana con ellos, dentro de un marco de referencia lógico o con unas reglas que uno se impone desde el principio. Me cuestiono más sobre la estética, la historia misma, la fuerza de la historia sería una búsqueda más que alguna verdad, la verosimilitud y el carácter de los personajes son más importantes que la verdad. La búsqueda fundamental es contar historias y contarlas bien.
¿Cuál es el libro que más se ha demorado en leer?
Me retiré de El Tiempo en 2005, decidido a que iba a ser escritor. Luego de un tiempo me ofrecieron ser el editor general de El Heraldo de Barranquilla. Entonces acepté porque estaba cerca del mar y me gusta la cultura caribeña. Al final fui al mar como tres veces en dos años, descansaba solamente los domingos. De los libros que llevé había empezado Nieve, de Orhan Pamuk, y lo terminé cuando llegué a Bogotá, casi dos años después.