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¿De dónde nace la idea de escribir sobre la cárcel y la vida después de ella?
Todo comenzó cuando volví a la cárcel, no como recluso, sino invitado por un misionero de la Confraternidad Carcelaria de Colombia para que fuera a hablar sobre mi experiencia como preso y de cómo sí era posible salir de ahí y tener una vida sana y alejada del delito. Empecé a hacerlo en 1983, aunque al comienzo no quería, pues uno, al recuperar la libertad, lo último que quiere hacer es recordar la prisión. Sin embargo, lo hice durante muchos años y en un viaje de descanso me di cuenta de que yo tenía que registrar todo lo que había vivido, desde mi paso por la cárcel hasta los proyectos y trabajos que logramos desarrollar en las cárceles de casi todo el país. Pero, sobre todo, mostrarle al mundo que sí es posible tener otra vida. En ese proceso, Ana Cecilia Quiroz de Marín Bernal fue la que aportó las primeras ideas en 1994 para lo que hoy es una realidad.
¿Por qué terminó en la cárcel?
Por la adicción a la droga. Era adicto a la cocaína y me llamaban el “hombre Manhattan”, porque era muy elegante y tenía plata. Pero hubo un problema económico en mi familia y para mantener mi estatus de adicto de cuello blanco empecé a hacer hurtos y extorsiones. La primera vez que me cogió la Policía fue por estar robando para poder comprar mi dosis. Yo debía tener 17 años y me metieron al pabellón de menores de la Modelo. Fue una de las experiencias más aterradoras de mi vida, porque yo era un hijo de papá y mamá y me tocó enfrentarme a un mundo desconocido. Esa fue la primera vez, y cuando cumplí 22 años ya había entrado cuatro veces a la cárcel.
¿Qué pasó después?
La última vez que me metieron a la cárcel toqué un punto muy bajo. No merecía la vida que estaba viviendo y tomé la decisión de que no volvería a ser un prisionero. El problema es que no sabía cómo hacerlo. Invoqué el nombre de Dios y a los pocos días apareció mi hermana Patricia y me dijo: “Vengo por última vez a ayudarte”. Me sacó y me mandó a un programa de rehabilitación muy bueno. Conocí a la Confraternidad Carcelaria de Colombia y comencé a trabajar con ellos. Después de trabajar años con ellos, me nombraron director en 1985 y ahí fue cuando conocimos al ministro Rodrigo Lara Bonilla.
En el libro usted habla de la reunión que tuvo el día en que mataron al ministro de Justicia Lara Bonilla. ¿De qué hablaron?
Fue una reunión que se organizó, pues Charles Colson, asesor del expresidente de Estados Unidos Richard Nixon, estaba en Colombia. Colson, que había estado preso siete meses luego del escándalo de Watergate, se enteró del trabajo que estábamos haciendo con la Confraternidad, nos visitó en Bogotá y aprovechamos su visita para hablar con el ministro de Justicia. Esa noche fuimos a su despacho y hablamos sobre la importancia de tener mejores programas de educación y prevención en las cárceles. Le propusimos la urgencia de eliminar los cobros a las celdas. El ministro cogió el teléfono y dio la orden de acabar de inmediato con esa práctica que tenían los guardias de las cárceles.
¿Y lograron quitar ese cobro?
En teoría sí. Como todo en Colombia, la regla está en el papel, pero no en la realidad. Cada cárcel tiene sus propios códigos. Pero lo que nos demostró el ministro esa noche, dos horas antes de morir, era su compromiso con mejorar la situación de los presos. Para nosotros fue un golpe durísimo escuchar en la radio la noticia de que le habían disparado. Murió con el libro que Colson le había regalado: Cadena perpetua.
¿Cuál cree que es el problema más grande que afecta al sistema carcelario de Colombia?
Hace falta una política clara de rehabilitación, tratamiento y resocialización para los presos. Las autoridades no le han puesto atención a la importancia de estos programas porque están más concentrados en temas de seguridad y en cómo aislar a los delincuentes. Pero no están pensando en que de nada sirve apartarlos de la sociedad si nadie les enseña a no seguir delinquiendo y a que pueden tener otra vida.
¿Cuál podría ser la solución?
Privatizar las prisiones.
¿Qué es lo peor de la cárcel?
Separarse de la familia.
Una anécdota de su paso por la cárcel.
Recuerdo que en mi primera entrada a la Modelo, el director del pabellón de menores me pidió que le ayudara a alfabetizar. En ese momento yo estaba en décimo grado, en un buen colegio. No era como todos los muchachos que vivían conmigo. Entonces me puse a enseñarles a leer, escribir y un poco de matemáticas. Lo curioso fue que hasta el mismo director me pidió ayuda con sus tareas, pues estaba validando el bachillerato.