Martín Caparrós, el hambre después del coronavirus

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El escritor y periodista Martín Caparrós, ganador del Premio Herralde de Novela y autor de “El Hambre”, habla sobre el panorama de este flagelo en América Latina después de la pandemia. ¿Tiene el hambre alguna solución?

Miles de personas están sufriendo más por el hambre que por el mismo virus ¿Cómo es y cómo será el panorama del hambre en América Latina después de que esto pase? ¿Disminuirá o crecerá el hambre en el mundo después de la pandemia?

Para empezar lo lamentablemente lógico es que aumente, de hecho, ya está aumentando. Hay cifras muy elocuentes, por ejemplo, en Argentina ya hace varias semanas que los comedores populares no dan abasto porque tienen un 50% más de gente que va a buscar comida que no puede conseguir de otra manera. En América Latina el trabajo informal, en general, representa alrededor del 50% de todos los trabajos y mucho de ese trabajo informal se suspende cuando hay confinamiento, cuando hay todas estas medidas que se han tenido que tomar a propósito del virus. Fue inmediato que la capacidad de alimentar a millones de personas se vio muy afectada por la COVID-19.

De todas maneras hay varios frentes, a mí me sorprende mucho cierto nivel de alarma que se puede sintetizar en lo que está diciendo el Programa Mundial de Alimentos –PMA- y la FAO que es que la cantidad de hambrientos en el mundo podría aumentar en alrededor de 60 o 70 millones de personas, mucha gente se aterra porque va a ver 60 o 70 millones de desnutridos o hambrientos más que hace tres meses, cuando ya habían, según estos mismos organismos, alrededor de 130 o 140 millones de desnutridos agudos en el mundo. ¿Estos 130 millones que no consiguen qué comer mañana no les parece ya suficiente crisis? ¿Tenían que esperar a que se agregaran 60 o 70 millones más para preocuparse?

En América Latina pasa algo muy parecido, la pobreza y el hambre empezaron a aumentar desde el año 2014 y 2015, no a velocidades enormes, pero siguieron aumentando estos 4 o 5 cinco años, y efectivamente esto puede provocar una crisis extrema. Pero eso no quita que ya antes de esta crisis había en América Latina decenas de millones de personas que no comían suficiente. Insisto, eso a mí ya me parece una crisis extraordinaria.

Evitar que las personas más vulnerables tengan que sufrir una hambruna por la pandemia es fundamental ¿Hay alguna medida o solución a esto?

Las medidas que se están implementando para evitar la hambruna son de emergencia, tienen que ver con distribuir alimentos y dinero, específicamente para comprar comida, son formas que funcionan. Hay medidas para prevenir, pero son todos recursos de emergencia que son lógicos frente a una situación de emergencia.

Lo bueno sería que esta pandemia nos hiciera ver, lo que en general evitamos ver: que ya hay millones de personas que no comen lo suficiente no solo en las situaciones de emergencia si no desde hace siglos. Y lo que se tiene que encontrar son formas de que eso no suceda en la vida normal, el problema es que para que todos coman algunos tienen que aceptar distribuir un poco de su riqueza. En todos los países no es que no haya comida para todos, lo que pasa es que algunos concentran tanta riqueza que otros se quedan sin el dinero suficiente para pagarse el mínimo necesario para subsistir. Esa es la única razón por la que hay hambre en América Latina, no porque falte alimento, comida hay y de sobra, la mayoría de nuestros países son exportadores, lo que falta es dinero para comprarlo. El problema del hambre es la desigualdad, no la falta de alimento.

En estos días la gente repite y repite que el mundo cambió, se habla de una nueva normalidad ¿Cómo será esa supuesta nueva normalidad?

Por ahora, lo más evidente de la nueva normalidad es el poder del miedo, todo lo que hemos hecho en los últimos 3 o 4 meses ha tenido como gran motor y base prominente el miedo. Nos encerramos porque tenemos miedo de morirnos; por lo tanto, nos dicen que la forma de evitarlo es encerrarnos y lo hemos hecho y hemos aceptado que cada uno de los gobiernos nos obligue a hacer una cantidad de cosas que normalmente no aceptaríamos. Y yo creo que parte de ese miedo va a quedar, ya quedó.

En España, donde ya es legal salir a la calle yo veo estos días con bastante impresión cómo la gente se mira con desconfianza, con temor, tratan de apartarse, toda persona ha pasado a ser un peligro posible, porque uno no sabe quién puede ser portador del virus. Lo más evidente de esta nueva normalidad es esa paranoia de Estado, porque es la paranoia elevada a política de Estado y que, por supuesto, se derrama sobre cada uno de los ciudadanos. La belleza de este truco consiste en que todos podemos ser peligrosos, ya no es solamente la figura del terrorista, del leproso, del inadaptado. Peligroso puede ser hasta tu tío porque cómo saber si no está infectado.

”Contagiarse o morir de hambre” este es el dilema que enfrentan miles de trabajadores que hacen parte del sector informal y que dadas las medidas de contención para enfrentar la crisis sanitaria son los más afectados por el confinamiento y desempleo. ¿Qué va a pasar con este sector informal después de la pandemia?

Para empezar, no creo que sea una disyuntiva individual. En la mayoría de los países de América Latina los gobiernos han decidido que no se pueden hacer una cantidad de cosas, salir a la calle, tomar ciertos transportes o asistir a ciertos trabajos y, por lo tanto, cada cual tiene que buscarse la vida en estas condiciones que los gobiernos imponen.

Las decisiones en este tema no son individuales, que alguien salga a la calle a buscarse la vida porque decide que eso es más importante que prevenir un contagio no lo involucra solamente a él, involucra a toda una cantidad de otros que pueden contagiarse y sufrir por su decisión. Este es uno de esos escasos momentos en la historia que está muy claro que todos dependemos de todos.

No hay decisiones individuales en este momento son todas colectivas. Hay gobiernos en América Latina que lo tienen un poco más claro que otros y que están tratando de ayudar a los sectores informales, que se han quedo sin la posibilidad de ganarse el pan, justamente para que no actúen en perjuicio de toda la sociedad. Por otro lado, hay gobiernos que dicen que se arreglen como puedan. Eso es por ahora, después estamos todos a la expectativa, si la situación sigue siendo lo grave que parece, en muchos lugares existirán reacciones que no se pueden controlar.

En muchos países los gobiernos pensaron en dos tipos de conducta frente a los efectos de la pandemia en los más pobres; por un lado, las medidas asistenciales, tratar de llevar algún tipo de comida o darles algún tipo de subsidio; pero por otro lado, la mayoría de gobiernos han pensado en la represiva, están preparando sus fuerzas policiales para una intervención, porque nadie cree que millones de personas vayan a soportar pacíficamente la alternativa de no tener qué comer durante muchos días.

Al comienzo de las cuarentenas se hablaba de solidaridad, pero hoy la gente aparentemente solo quiere volver a salir a la calle como antes. ¿Cambiará el mundo en algo?

No necesariamente. Creo que en algunos países pueden existir ciertos rasgos distintos de los que venían viendo. Uno de los efectos probables de la pandemia a mediano plazo es que se fortalezca el papel de los Estados y mucha gente que se llenaba la boca con las virtudes del mercado tenga que empezar a aceptar que a veces no alcanza. Un ejemplo muy claro en estas últimas semanas han sido las editoriales del Financial Times, que están diciendo que hay que tomar ciertas medidas, que en algún otro momento pudieron parecer extravagantes o exóticas, como por ejemplo: una renta mínima universal para todos los ciudadanos de ciertos países, están diciendo cosas que hace 6 meses hubieran sido propias de un partido de izquierda y ahora lo dice el gran órgano de la economía de mercados. El tema es que es muy pronto para dar una opinión al respecto.

¿Cuál es su reflexión frente a la posible pandemia del hambre o pandemia invisible- como algunos la llaman- que al parecer se avecina?

Yo no creo que grandes cantidades de personas se queden esperando pasivamente si no tienen qué comer. En ese sentido me pareció muy curioso la iniciativa colombiana de poner un trapo rojo en las puertas o ventanas de las casas para decir que no tienen comida. Me pareció curioso porque el trapo rojo fue el símbolo del comunismo. Y me resultó llamativo, interesante y hasta en un punto sospechoso, tratar de imaginar a quién se le ocurrió resucitar la tela roja poniéndola como símbolo de los hambrientos.

No habría símbolo más elocuente. Los revolucionarios franceses de 1.789 le agregaron a la bandera el color rojo, al blanco y al azul que tenían las banderas monárquicas, porque era su forma de decir que el pueblo, aunque tuviera que pelear, quería participar en la república, en las decisiones públicas. Es interesante que el rojo reaparezca 200 años después en esta situación de emergencia, de falta de alimento, que de por sí es lo primero que alguien necesita y debe tener. Me parece que, en cada país de América Latina, van a empezar a aparecer o ya han aparecido, distintas formas de hacerse escuchar para que la pandemia del hambre no sea invisible. Y, por lo tanto, para que el hambre no se extienda como algunos temen.

Ayuda en Acción ha realizado campañas de sensibilización para prevenir la propagación del virus y ha entregado 1.265 mercados a las familias más vulnerables de Nariño, Cúcuta y Montes de María, con la intención de aliviar la difícil situación en hogares colombianos. Conozca más de la fundación en https://ayudaenaccion.org.co/.

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