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Medio siglo de dulces pecados

‘La Dolce Vita’, la polémica película dirigida por el italiano Federico Fellini, está en vísperas de cumplir 50 años y de haber sentado un precedente en la historia de la cinematografía.

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Liliana López Sorzano
13 de diciembre de 2009 - 02:00 a. m.
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1960. L’Osservatore Romano, el diario del Vaticano, publica varios artículos virulentos sobre la película La Dolce Vita, de Federico Fellini. La Iglesia lo censura con dureza y los católicos son  amenazados de excomunión si veían la película. Sorprendentemente, no es sino hasta 1994, algunos meses después de la muerte del director italiano, que la Iglesia levanta la interdicción.

Mientras que unos condenaban a Fellini, otros celebraban su genio, como lo demuestra La Palma de Oro del Festival de Cine de Cannes otorgada a La Dolce Vita como Mejor Película en 1960.

Fellini, un hombre que no seguía ninguna corriente, fue un punto de inflexión en la historia de la cinematografía por su manera de quebrar la narración y por  romper las reglas de lo establecido, con lo cual obtuvo como resultado una innovadora manera de pensar el cine, nuevos interrogantes sobre la creación y una mirada que se debatía entre los límites de lo real y lo imaginario. Esta disyuntiva entre la realidad y la percepción de la realidad se pasearía por su lente como intermediario y lo haría afirmar: “Estas imágenes son más verdaderas que la realidad”.

Durante tres horas, La Dolce Vita cuenta la historia del  periodista Marcello Rubini (Marcello Mastroianni) de farándula atrapado en una existencia llena de contrastes. Sueña con escribir algo importante, pero se deja seducir por el prestigio que le da su trabajo superficial; busca el amor verdadero, pero nunca llega a profundizar una relación. A través de sus ojos se revela la burguesía romana decadente, inmoralmente sofisticada y el gusto fastuoso de sus integrantes que él comparte. Pasa de estar con su prometida (Yvonne Fourneaux) a pernoctar en el cuarto de una prostituta  con  una aristócrata (Anouk Aimée) y luego bañarse en la Fontana di Trevi con una estrella del cine americano (Anita Ekberg) a quien le llega a confesar “Eres todo, la madre, la hermana, la amante, la amiga, el ángel, los demonios, la casa, la tierra. Eres la primera mujer del primera día de la creación”.

Esta cita en los labios de Marcello no podría definir mejor el imaginario de la mujer en el cine de Fellini. El universo femenino toma todas las formas, la fantasía polimorfa se traduce en prostitutas, en madres, en ninfómanas, en estrellas, en la mujer fatal. Basta perderse en las curvas y en la cabellera rubia de una bomba llamada Anita Ekberg, quien encarna a Sylvia en La Dolce Vita, o en los pasos de baile de la gorda y grotesca Saraghina de 8 1/2.

El carnaval de escenas de la Dolce Vita sigue su curso por la Via Veneto, la famosa avenida romana (que recreó en un estudio,) entre cafés y clubs nocturnos donde la fiesta pareciera ser la única manera de vivir. Y entre tanto desborde, el amigo de Marcello, Steiner, un intelectual de alta alcurnia que parece tener la familia perfecta, se suicida y mata a sus hijos habiéndole confesado días antes de su muerte: “Hasta la vida más miserable es mejor que una existencia bajo techo seguro en una sociedad organizada donde todo está calculado y donde  todo es perfecto”.

Sin embargo, para Marcello la vida continúa y cierra la película con una orgía donde de manera lúcida y sombría orquesta una sinfonía de la perdición, del desespero, dejando puntos de interrogación para todos.

El Museo Jeu de Paume en París expone hasta mediados de enero Fellini, La Grande Parade  (Fellini, el gran desfile), una exposición en la que hace dialogar la imagen fija y la animada, curada por Sam Stourdzé, en homenaje al director. Meter el cine en un museo es una práctica no evidente. Más que un recuento filmográfico o cronológico, el curador pretende mostrar las obsesiones de Fellini y contribuir a renovar la lectura de su obra por medio de este laboratorio visual que contiene 30 extractos de películas y más de 400 obras, dentro de las cuales se cuentan fotografías y dibujos de Fellini. No hay que olvidar que sus comienzos profesionales fueron en la caricatura y que el director contaba con el talento del trazo. De hecho, cuando Fellini conoció la doctrina de la psiquiatría de Jung, quien fue uno de los pioneros en el análisis de los sueños, empezó a plasmar su universo onírico en el papel. También era frecuente que Fellini le pasara bosquejos del vestuario al director artístico, Piero Gherardi, hechos de su puño y letra. Justamente, La Dolce Vita, además de haber sido nominada en los Oscar como Mejor Película Extranjera, ganó el del Mejor Vestuario en 1961.

No hay duda de que el largometraje sentó un hito en el mundo de las imágenes en la gran pantalla y que aún guarda vigencia porque retrata al siglo de la imagen. El crítico del New York Times Bosley  Crowther sentenció en 1961: “Es una gran película, licenciosa en su contenido pero moral y muy sofisticada en su actitud y en lo que dice”.

Luis Ospina

‘La Dolce Vita’ en palabras colombianas

Cineasta y director artístico del Festival Internacional de Cine de Cali

La Dolce Vita, de Federico Fellini, se estrenó en 1961 en Colombia. Yo tenía 12 años y me encontraba de vacaciones con mis padres en Bogotá. Recuerdo que un buen día llegó el diario El Tiempo a la casa donde estábamos y en su última página, la que tradicionalmente era exclusiva para la cartelera de cine, había un aviso de página entera de la escandalosa, para la época, película del realizador italiano. Lo curioso es que sólo la daban en el Teatro Roma, un cine de mala muerte, puesto que todos los de primera se negaron a estrenar la película debido a que la Iglesia católica la incluyó dentro de la clasificación “Malas”, es decir, “prohibida para todo católico”; católico que la fuera a ver quedaba automáticamente excomulgado. Fue tal el escándalo que se armó alrededor de la película, que el obispo de Buga, la ciudad señora y cuna de mi señora madre, maldijo desde el pulpito de la iglesia del Milagroso al teatro Montúfar por presentar la cinta, con tan mala suerte que el fuego eterno envolvió al cine en llamas. Yo, naturalmente, no la pude ver en ese momento, porque la Junta de Censura la clasificó para mayores de 21 años. Sólo la pude ver años después en Boston, cuna del puritanismo norteamericano. Un escándalo similar se había armado dos años antes con el estreno de Baby Doll (Muñeca de carne), de Elia Kazan, basada en un guión de Tennessee Williams. La curia expidió un comunicado suscrito por el arzobispo Luis Concha Córdoba, en que pedía a los católicos abstenerse de asistir a la película. Como si fuese cosa del diablo, el estreno de la película se programó en la fecha en que la cristiandad celebra el Día de la Inmaculada Concepción y se recuerda la pureza incomparable de la Madre de Dios. Según el texto del comunicado eclesiástico: “No se puede exhibir una serie de execrables suciedades que constituyen la antítesis de aquella diamantina pureza, menos en vísperas de la Navidad”.

Hugo Chaparro Valderrama

Escritor y crítico de cine

Fellini: pecador público.

Desde Rimini, donde nació, hasta Roma, donde vivió, paseando por las pantallas del mundo, Fellini hizo del cine una fiesta interminable, un sueño extravagante, un escenario posible para situaciones imposibles, festejando en los ojos del público sus visiones hechas alucinaciones, felizmente reales en una filmografía que nutre el movimiento de sus imágenes y que logró con La Dolce Vita despertar la admiración, el escándalo y el rencor del público por el delirio con el que Fellini registró “la dulzura de vivir” de manera decadente; por su atrevimiento cuando le tomó “la temperatura a una sociedad enferma”; por mostrar, entre el asombro, la vergüenza y el asco, los placeres de una aristocracia inútil, sorprendida cuando alguien confiesa que trabaja para ganarse la vida; una película que desató la ira de los jesuitas clamando para que encerraran en la cárcel a Fellini y que llevó al sacerdote anónimo de una iglesia a fijar un cartel en la puerta del templo donde se leía: “Roguemos por la salvación del alma de Federico Fellini, pecador público”. Mientras oramos por la salvación del alma del sacerdote anónimo que amenazó al director, podemos celebrar de nuevo a Marcello Mastroianni como el periodista dividido entre el amor de Yvonne Fourneaux, Anita Ekberg y las pasiones mundanas de su dolce vita; en una historia donde el buen Marcello hace que su vida arda en el infierno terrenal, acaso más plácido para él que el sueño imaginario de un paraíso posible sólo después de la muerte.

Por Liliana López Sorzano

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